Este año ha sido intenso en el debate sobre la necesidad de que el país mire su pasado respecto a las violaciones a los derechos humanos. Los más llamados a esto son quienes, no sólo fueron partidarios del régimen que las cometió, sino actores de él: la derecha.
Los ataques hacia la labor del Museo de la Memoria si bien provienen básicamente de sectores de extrema derecha con tribuna y de activos participantes de la Dictadura como Sergio Rillón, ciertas críticas muestran la permanencia en la derecha de cierta incomprensión hacia lo ocurrido, que se reflejan en intentos justificadores disfrazados retóricamente de una preocupación por la “objetividad histórica” y un “aprendizaje educacional más amplio”.
Me permitiré volver sobre ideas ya escritas en otras ocasiones sobre el tema y la necesidad de legislar sobre la apología a las violaciones a los derechos humanos.
Básicamente, es un tema de valores. ¿Cuáles? Una sociedad democrática se basa en la universalización de la individualidad bajo la categoría de “persona” y el reconocimiento mutuo de la pertenencia a una comunidad política como “ciudadanos”. La protección de ambas instituciones conlleva valores básicos compartidos.
Por eso no son pocas las sociedades que han normado esa protección.
Se podría discutir cuándo esa minimización o defensa de las violaciones a los derechos humanos constituye delito, por ejemplo por entrar en lo que en Estados Unidos se designa bajo la categoría de “imminent lawless action” (búsqueda de la promoción de acciones ilegales) que es un criterio de excepción a las garantías de libertad de expresión establecidas por la Primera Enmienda.
¿Qué buscan estas legislaciones? Lo que sanciona es la apología panfletaria sistemática sobre atropellos a los derechos humanos. Muchas de estas legislaciones existen como casos especiales de lo que se llama “discurso de odio” (hate speech). Por ejemplo: Alemania (Nazismo), Ucrania (Holodomor), la República Checa (Comunismo). Algunas incluyen la “simbología”. El uso del símbolo del “martillo y la hoz” es ilegal en Hungría, Letonia, Lituania y se estudia una nueva ley en Alemania, donde ya lo son los del nazismo. Legislaciones similares existen en más de 20 países.
Cabe hacer notar que la mayoría de los países que las poseen son democracias prósperas. Abrumadoramente son ejemplos de libertad de expresión.
¿Se ha empobrecido por la existencia de estas leyes la calidad y la libertad académica? No. Es más, muchas de estas naciones se encuentran entre las más sobresalientes a nivel internacional en producción científica y libertad de cátedra.
Basta pensar en Alemania: posee una de las legislaciones más estrictas y ha marcado importantemente la historiografía de post-guerra produciendo escuelas de tendencias tan diversas como la new leftist “Escuela de Bielefeld”, la tradicional “Historia Conceptual” de Koselleck, autores conservadores de la talla de Nolte, Stürmer o Hillgruber. Es más, la Historikerstreit (disputa de los historiadores) se cuenta entre los debates más relevantes de las últimas décadas despertando un interés general en las ciencias sociales.
Muchos detractores de estas leyes, así como del Museo de la Memoria, señalan la arbitrariedad de querer establecer una sola mirada como la “oficial”. Apelan, sorpresivamente, a la democracia, tolerancia y libertad de expresión. Curiosamente, mucho de ellos, son los mismos que dividen a los actores políticos bajo las categorías de “buenos-malos” y se han especializado en repartir “certificados de moralidad”.
¿Es sostenible que para que exista libertad de expresión toda promoción discursiva deba ser considerada como legítima e inocua? Si de valores se trata en una sociedad, necesariamente, se deben aplicar como principios a situaciones que naturalmente son contingentes. Lo otro sería anular el juicio en materia moral y jurídica. Por cierto, es una aplicación que no es a modo de “recetario” sino que implica un juicio prudencial.
Por su parte, museos como “el de la memoria” cumplen una función de reforzar simbólicamente los valores que se buscan promover en la sociedad. Eso puede ser vía una memoria positiva (se destaca algo como laudable) o negativa (se desea recordar un acontecimiento para que no vuelva ocurrir).
Como indica Kant, una comunidad de hombres libres supone igual libertad para todos, lo cual no niega la necesaria defensa frente a quienes buscan constantemente negar y justificar el atentado contra la persona y los derechos ciudadanos.
