Hace poco más de un año, expuso en el programa de Museum Studies de la Universidad de Columbia una de las curadoras del futuro Museo 9/11, que recordará a las víctimas del atentado a las Torres Gemelas en Nueva York. En ese tiempo el museo estaba siendo diseñado y la colección de objetos a mostrar siendo seleccionada.
La curadora nos mostró el proyecto y luego se abrió a preguntas, comentarios y sugerencias. La mayoría de quienes estábamos ahí trabajaban en algún museo de la ciudad o participábamos de algún proyecto de estudio sobre exposiciones. La primera pregunta nos tomó toda la hora de discusión.
Una alumna quería saber si el museo iba a presentar las circunstancias que llevaron a quienes secuestraron los aviones a atentar contra las Torres Gemelas, quería saber si se exhibiría algo sobre las intervenciones de Estados Unidos en el Medio Oriente, o el significado que tenía esta acción para quienes la ejecutaron. Antes que la curadora pudiese contestar, otra alumna intervino. Por qué no, decía ella, mejor explicamos cómo el Islam enseña la guerra santa y la supremacía del hombre sobre la mujer y la extinción de Occidente (según ella).
Y así la discusión siguió por un buen rato. Cuando por fin la curadora nos dio su respuesta, fue clara en señalar que el equipo se había hecho todas esas preguntas, y que había habido incluso preguntas más básicas, como si poner los nombres de los secuestradores del avión en la lista de víctimas. Finalmente, la decisión fue no. La razón, nos explicó, es que el museo debe mostrar que no existe ningún contexto en que un acto así pueda ser justificable. Que no importan las razones que ellos tenían, o si podemos incluso sentir empatía con esas razones. Como sociedad estimamos que un acto así está mal, y punto.
Los memoriales son museos sumamente complicados. Comprenden una serie de subgrupos, los primeros fueron los museos del holocausto judío, que hoy encontramos en ciudades tan disimiles como Israel, Berlín, Washington D.C. o México D.F. Existen varios “museos del genocidio” en Armenia, Lituania, Ruanda, e incluso en Estados Unidos, un museo sobre los campos de concentración que hicieron para sus ciudadanos con ascendencia japonesa durante la 2da guerra mundial (el Topaz Museum). Todos estos museos se enfrentan a similares desafíos.
Sus colecciones no son tanto los objetos que exhiben sino las historias y testimonios de las víctimas. No son museos históricos propiamente tales ya que no fueron hechos para discutir procesos, para analizar épocas. Están ahí para recordar a quienes han sido víctima de una injusticia, usualmente de parte del Estado. Son un mea culpa absoluto. Sin contexto, sin justificaciones, sin explicaciones.
Son llamados museos de la memoria, o de frentón memoriales, pero su función es doble; por un lado recordar lo ocurrido pero también permitir a las víctimas, a los familiares de las víctimas y a la sociedad en general descansar en la tarea de recordar. Una vez que el museo recolecta esas historias, podemos estar tranquilos de que no pasarán al olvido.
Es por eso que se equivoca rotundamente Magdalena Krebs, directora de la DIBAM, cuando – en una polémica empezada en otro medio- expresa su interés en que el Museo de la Memoria exponga “los factores que contribuyeron a la destrucción de la democracia” y “que el museo convocase a un grupo de historiadores de todas las tendencias a participar de una investigación que recogiese un ciclo histórico mayor.” Una tarea de este tipo podría quizás dársele al Museo Histórico Nacional, que está dentro de los museos a cargo de la DIBAM. Ese es el museo que tiene como función exhibir nuestra historia nacional, los procesos que nos han llevado hasta aquí, “recogiendo un ciclo mayor”.
El Museo de la Memoria, en cambio, debe seguir evitando cualquier tipo de ambigüedad en condenar los crímenes cometidos. Nuestro Museo de la Memoria es un muy buen ejemplo de memorial ya que evita glorificar las razones por las cuales las víctimas fueron perseguidas. Está lejos de ser una oda a la Unidad Popular o a las convicciones del comunismo. El museo se abstiene de sobrepasar su objetivo que es la crítica a la tortura, a que el estado se deshaga de alguien sin juicio previo, a los chilenos desaparecidos sin rastro.
Recuerda a las víctimas no porque fueran buenas, ni porque estuvieran en lo correcto, ni porque sus ideas fueran mejores, sino por su condición de víctimas. El Museo nos recuerda esa máxima de la virtud griega por la que tanto nos cuesta vivir, que siempre es más digno ser víctima de una injusticia que cometerla. Y así debe seguir siendo.
