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Ni más mercado ni más Estado: más tranquilidad

Ni más mercado ni más Estado: más tranquilidad Ni más mercado ni más Estado: más tranquilidad

"No necesitamos volver a tener empresas estatales por todas partes para creer que así no vamos a ser abusados. Los burócratas y operadores político-sindicales se encargarán de hacer que esas empresas finalmente terminen entregando un servicio caro y malo".

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Ingeniero comercial y presidente de Red Liberal.

Desde siempre el debate político, ya sea en el Congreso o en las redes sociales, ha usado el eje mercado-estado para clasificar políticamente a las personas. Son de derecha los que privilegian al mercado por sobre el Estado en las decisiones económicas, mientras que quedan en el ala izquierda los que consideran que el Estado debiera tener un rol preponderante en la economía. Asimismo,  como hemos vivido 25 años en clave binominal, nuestras mentes no admiten puntos intermedios: o se es de derecha y por ende neoliberal-capitalista-imperialista-sin alma, o bien se es de izquierda y por lo tanto comunista-bolchevique-comeguaguas-bolivariano.

La intención de esta columna es quitarle las etiquetas a la discusión, darle algunos toques de sentido común y finalmente proponer una línea de pensamiento menos dicotómica que la actual.

Partamos por un concepto básico. ¿Qué entendemos por mercado? Para el diccionario español el mercado es un “conjunto de actividades realizadas libremente por los agentes económicos, sin intervención del poder público”. En chileno, el chipe libre en términos económicos. Según una corriente del pensamiento liberal, mientras más libre de interferencias funciona el mercado, mejor es su desempeño asignando recursos y maximizando el bienestar social.

En tiempos de la dictadura, cuando se instauró el ordenamiento político económico en el que vivimos (el “modelo”), los tecnócratas de la época aprovecharon el poder absoluto que tenían los uniformados, para proponer la incorporación del sector privado y el “mercado” en ámbitos hasta ese momento desconocidos para la ciudadanía. Aparecieron las novedosas AFP de la época, como la forma privada y de mercado para abordar el complejo tema de las pensiones. Junto con ellas aparecieron también los colegios particulares subvencionados, las Isapres, las universidades privadas y otros ingenios.

En opinión de muchos, entre los que me incluyo, este experimento de ingeniería social tuvo resultados más que positivos, ya que efectivamente pasamos de ser un país pobre y gris a uno que aspira a integrarse al club de los países ricos en un par de años. Pero también ha tenido costos y no menores. Normalmente se menciona el aumento de la desigualdad o, por lo menos, la no mejora de este indicador, como el principal problema del “modelo” a la chilena. En lo personal, discrepo que ese sea su principal problema. Su principal problema es que nos tiene agotados.

Por definición, en una transacción de mercado hay un comprador y un vendedor que tratan de “ganar” en esa operación, sea en lo inmediato o a mediano o largo plazo, por lo que toda persona que se desenvuelva en el mercado debe mantenerse en estado de alerta para poder obtener una transacción beneficiosa o, por lo menos, no salir perjudicado. Es lo que llamaremos estar “con la guardia arriba”.

Estar “con la guardia arriba” es un estado mental al cual estamos acostumbrados cuando trabajamos, cuando vamos a la feria o al supermercado o incluso cuando salimos de vacaciones. El tema es que cuando irrumpió el mercado donde antes no había, no estábamos preparados para tener la guardia arriba al planificar nuestra futura jubilación, decidir la educación de nuestros hijos o ir al médico.

Como esto era nuevo y el país andaba bien, en los primeros años nos entregamos con fe ciega al modelo, asumiendo que los mercados funcionaban con competencia perfecta y que todos los participantes eran almas nobles y puras. Era época de jaguares. Ni sospecha de las asimetrías de información ni de los conflictos de interés que podían darse en una economía chica e insular como la nuestra. Pensábamos: la educación que pago y reciben mis hijos no puede ser otra cosa que buena, el precio de los pollos es el precio de los pollos y nada tengo que decir al respecto, si el doctor dice que me tengo que hacer tal o cual examen, es porque lo necesito y no porque le paguen una comisión por exámenes recetados.

Entonces, cuando vimos en las noticias los escándalos de la colusión de las farmacias, de La Polar, de la Universidad del Mar y un largo etcétera, el modelo se empezó a verse feo e indigno de confianza. La dura realidad se apareció como una roca en el camino: en adelante había que andar con la guardia arriba SIEMPRE, para no arriesgar ser pasado por las armas.

Esta mezcla de rabia por la constatación de lesiones y de cansancio por tener que estar permanentemente en estado de alerta, empezó a generar un creciente y comprensible descontento en las personas. La izquierda, que había visto con resignación que la economía (neo) liberal lo invadía todo, aprovechó el momento para ofrecer su interpretación de los hechos y su correspondiente receta: el problema es el exceso de mercado y se soluciona reemplazándolo con la participación directa del Estado. AFP estatal, educación estatal, salud estatal, fin al lucro y  regulación de precios. El país viró a la izquierda dijeron periodistas, opinólogos y políticos cortos de vista.

Pero esta interpretación no es correcta. Puede que un segmento nostálgico de los simpatizantes de izquierda añore una mayor provisión estatal de bienes y servicios, pero el grueso de la población, incluyendo eso que llamamos clase media emergente, quiere otra cosa. Lo que las personas quieren es vivir tranquilas: precios justos, mejor calidad de vida, salud y pensiones dignas, educación de calidad. Eventualmente también sea sano cambiar el marco legal de algunas industrias, para que con menos desgaste sepamos que nuestros intereses están mejor resguardados, como las licitaciones de afiliados en las AFP. Pero no necesitamos volver a tener empresas estatales por todas partes para creer que así no vamos a ser abusados. Los burócratas y operadores político-sindicales se encargarán de hacer que esas empresas finalmente terminen entregando un servicio caro y malo, lo que es peor que el abuso capitalista, porque además el país no crece.

En resumen, no necesitamos más mercado (ya no hay por dónde) ni más empresas estatales. Necesitamos mercados con más competencia, con más emprendimiento, más transparencia, menos conflictos de interés, menos lobby, mejor fiscalización. En definitiva, una mejor regulación y un estado eficiente que la haga respetar. Paremos la venta de humo.

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