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Opinión

No los/as dejemos fuera: desafíos de la nueva Ley de Inclusión Laboral

No los/as dejemos fuera: desafíos de la nueva Ley de Inclusión Laboral No los/as dejemos fuera: desafíos de la nueva Ley de Inclusión Laboral

"También es necesario que las empresas desarrollen espacios propicios donde TODOS/AS podamos trabajar, y no esperar que las personas en situación de discapacidad se adecuen a los espacios de trabajo".

Tomás Contreras

Por


Coordinador de Alianzas Colaborativas América Solidaria Chile

“Mi Familia, mi auto, mi casa” responde Sabrina -participante de la Fundación Cerro Navia Joven- muy convencida, cuando le preguntan qué espera de un trabajo, y sobre qué le gustaría ella dice “lo que venga”. Como Sabrina, hay muchas otras personas esperando el cambio estructural que propone la nueva Ley de Inclusión Laboral para Personas en situación de Discapacidad. La cual es un avance hacia la construcción de una sociedad más justa, consciente e inclusiva, pero ¿Cuánto sabemos de esta ley? ¿Qué implicancias tiene y qué desafíos nos trae como sociedad?

En Chile, una de cada cinco personas mayores de 18 años se encuentra en situación de discapacidad (II Estudio de Discapacidad, 2015). De éstas el 60% no tiene empleo, dejándolas fuera del mundo laboral y, por tanto, excluidas no solo de un espacio de producción, sino de una forma de comunicarse y representarse en el mundo. Es por eso, que la Ley de Inclusión Laboral abre las puertas, exigiéndole a las empresas – con más de 100 trabajadores/as, privadas o estatales- reservar el 1% de su cupo a personas en situación de discapacidad.

Además, prohíbe todo tipo de distinción -incluyendo la salarial-, ya que antes de esta ley estaba permitido que las personas en situación de discapacidad recibieran menos del salario mínimo. Esto es un gran avance en legislación e igualdad, sin embargo, implica ciertos desafíos en el proceso de empleabilidad y por eso cabe preguntarnos ¿Cuál es el rol de los distintos actores sociales en la implementación de esta ley?

En cuanto a la sociedad civil, debiese ser tanto técnico como relacional, a través de la generación de talleres pre-laborales para personas en situación de discapacidad, donde se potencien sus habilidades sociales, de higiene, motoras, etc., y también por medio de talleres laborales protegidos, en los cuales se desarrolle la rigurosidad, puntualidad y habilidades propias del trabajo en un ambiente controlado. Así mismo, su misión es engrasar y unir el mundo laboral con el mundo familiar de las personas en situación de discapacidad, sensibilizando y apoyándolos en el proceso.

Respecto al rol de las personas en situación de discapacidad y sus familias se remite a un desafío más interno, sobre todo quienes tienen discapacidad cognitiva. Los problemas del luto no resuelto, la sobreprotección y la visión del “niño/a eterno” son los principales desafíos que viven algunas de estas familias. ¿Cómo se resuelve? mediante el trabajo mancomunado, potenciando las herramientas de independencia -laborales y sociales-, y demostrando a las familias el crecimiento que tienen sus hijos/as. Éstas deben desarrollar confianza en sus hijos/as y potenciar su proyecto de vida. Un proceso nada fácil para cualquier familia, dicho sea de paso.

También es necesario que las empresas desarrollen espacios propicios donde TODOS/AS podamos trabajar, y no esperar que las personas en situación de discapacidad se adecuen a los espacios de trabajo, es decir, lograr una inclusión verdadera y no una integración, la cual sigue segregando y excluyendo. Además, dentro del sistema de selección tal como aconseja Laborum, es necesario adecuar el lenguaje, adaptar las pruebas, y centrarse en las habilidades y aptitudes del cargo. De la misma forma, se deben eliminar prácticas discriminatorias -tanto negativas como positivas- relacionadas con el aspecto físico y de género.

Finalmente, esta ley acentúa la complejidad que tenemos como sociedad de tomar los temas que más duelen y que no nos hemos hecho cargo, pero se plantea como un desafío constante a cambiar las lógicas laborales que hasta hoy nos rigen a todos/as. Con esto me refiero a dejar de lado la lógica competitiva que provoca exclusión, y abrazar una lógica de inclusión real, de ponernos en el lugar de la persona que postula a los trabajos, de sus familias y contexto. Este terminaría por generar un pensamiento que aplica a todos/as y, en el extremo, derribaríamos la diferencia entre las personas en situación de discapacidad y las que no.

En este sentido la discusión no debería estar en ¿por qué la ley no exige más que el 1%? O ¿por qué hay países que llegan a un 5% y nosotros tenemos un 1%?, sino en gestionar los procesos de transito cultural que tensionen y desafíen al mundo laboral para lograr la inclusión real de las personas más excluidas de nuestro país. Ese es el mayor desafío, el cual no se logra solo por una ley, sino por cambiar las expectativas y decisiones que hemos tomado como sociedad y que nos convierten en uno de los países más desiguales del mundo.

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