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NO: tres ideas para destruir la alegría

(Esta columna describe escenas de la película. Si aún no la has visto, detente aquí).

La apuesta del director Pablo Larraín en su más reciente película fue explorar un asunto particular (la franja del plebiscito de 1988) y un dilema especial (cómo ‘vender’ la idea del NO).   La principal crítica esbozada por Arriagada, Politzer, Olea y otros, ha sido el desapego de esta propuesta respecto de la historia verdadera.

En efecto, si la película se disfrazó de documental, entonces debió mostrar más sobre el esfuerzo colectivo que muchos hicimos en pos de la recuperación democrática. Algunos desde los partidos, otros desde la cultura, desde las universidades, escuelas, poblaciones y la gran mayoría desde la calle.  Esta es una película que no se centra en la lucha, en lo colectivo, en lo épico. Es una historia que pone el foco en el egoísmo, en el ego, en lo individual.

Pero un director es libre de hacer lo que le venga en gana. Como nadie es dueño del pasado, desvirtuar y torcer una historia podría incluso considerarse un acto artístico.  Mi reflexión sobre la película en realidad no dice relación con la distorsión de aquel pasado—que resulta obvio, aunque no evidente. Más bien centraré mis comentarios en algunas de las ideas políticas que esta ficción trata de promover:

Primera: Véndete al mejor postor. El protagonista lo único que sabe hacer es vender productos y lo hace siempre de la misma forma. Da lo mismo si es una gaseosa, un spot político, o una teleserie, repite inequívocamente el mismo guión en cada presentación a sus clientes. Es un personaje sin pasiones, sin compromiso. Su única vocación es la publicidad y lo hace siempre por una remuneración.

En una escena de la película el jefe de la agencia de publicidad donde trabaja le pregunta si al menos le están pagando bien por “asesorar” la campaña del NO y el protagonista sin siquiera arrugarse le responde que no podía quejarse. Su mujer le pregunta si está pagando la colegiatura del hijo, y él responde sarcásticamente que “sí”, con los dineros de la franja pagados por la “Fundación Allende” (El libre mercado penetrando todos y cada uno de los rincones de la sociedad).

Segunda: Véndete incluso si amenazan lo más preciado que tienes. El protagonista no tiene principios. En un momento su mismo jefe—que colabora como publicista con la campaña del SI– lo amenaza diciéndole que mejor “cuide a su hijo”. Aquella amenaza no le importa al protagonista; tanto no le importa, que una vez obtenido el triunfo del NO, vuelve a la oficina a trabajar con ese mismo jefe como si nada hubiese ocurrido (La democracia de los acuerdos sentando juntos a Aylwin y Pinochet sin mayor aspavientos).

Tercera: tener ideales te condenará a los infiernos. La mujer del protagonista se la juega por sus ideales y no estuvo dispuesta a transar sus principios por la Constitución de Pinochet. La única que no renuncia a sus ideales en esta película es quien abandona su familia, a su hijo, a su marido y vive en una situación precaria y con un oscuro hombre (literalmente oscuro).  Metafóricamente ella es la que recibe los golpes de la dictadura (una mala madre con ideales que merece su castigo).

Cuarta: la historia contada no es del director, sino de aquellos que vivieron  el momento. La película termina mostrando una escena donde un grupo de personajes (algunos de los protagonistas verdaderos del NO) están de pie en un círculo cerrado. La cámara capta a estos hombres (todos hombres), contando anécdotas, distendidos, relajados, seguramente recordando los momentos álgidos de la epopeya de la construcción de aquella franja. Sutilmente, ellos se transforman en la firma de autenticidad para lo relatado en esta ficción.

La película se convierte así en una triste reconstrucción del más alegre pero breve instante del ocaso de la dictadura. Triunfó el libre mercado, se transaron ideales, se renunció a los principios. Y 20 años más tarde, esos mismos que hicieron todo aquello—tal vez cautivados por la necesidad de recordar—se reúnen a celebrar todo lo anterior. El fin.

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