15 minutos. Ese era el tiempo que, después de quince años de dictadura, tenía la oposición para convencer a los chilenos de que se atrevieran a votar y que lo hicieran por el NO. ¿Cómo hacerlo? Lo lógico habría sido basarse en la violación a los derechos humanos, los detenidos desaparecidos, la enorme represión, la inexistente libertad de expresión, el miedo reinante. Habría sido una campaña testimonial, llamada a generar conciencia. Eso es lo que la mayoría hubiese hecho. Es lo que sabíamos hacer.
La lógica decía que el plebiscito estaba arreglado y que Pinochet no se iba a exponer a perderlo. Bajo ese supuesto, participar en él era validarlo y, por lo tanto, había que hacerse a un lado. ¿Qué camino tomar? ¿Cómo sacar a Pinochet?
La definición de qué tipo de campaña hacer no debió ser fácil. Menos cuando un par de avezados propusieron hacer un tipo de campaña publicitaria, con logo y jingle incluido. Después de todos los horrores vividos en esos años, viene un “loco” y propone basar la campaña en el concepto de la alegría… lo único que se podía esperar de eso era resistencia, y por diversas razones, todas ellas muy legítimas. De hecho, la película cuenta cómo deben empezar a confluir en la campaña todos esos intereses y sensibilidades, que van representando en pantalla la historia de cada uno. Hay diálogos que reflejan muy bien las tensiones que se dieron en torno a la definición de lo que debía salir en pantalla, porque, sin lugar a dudas, no es lo mismo ser exiliado, que tener a un detenido desparecido en la familia, alguien que fue torturado o derechamente asesinado. Ahí estaba una de las mayores complejidades de la campaña. ¿Cómo hacer algo que satisfaga a todos? ¿Cómo compatibilizarlo con los intereses políticos?
Lo que salió en pantalla ese 5 de septiembre a las 11 de la noche sorprendió a todos porque las expectativas eran muy diferentes. No había quien no hablara de la campaña y quien no cantara su canción. El final todos lo conocemos.
Le he dado varias vueltas a la película. Lo primero que me pregunté es ¿qué es lo que me emocionó si yo tenía cerca de 10 años para el plebiscito? Y la verdad es que el momento en sí mismo emociona, porque hoy día tenemos mucho más arraigado que lo vivido en esos años no puede volver a pasar nunca más, que esos actos nunca son justificados… nunca más podemos volver a temer tener un auto de la Dina esperándote afuera o a uno de sus agentes metidos en tu casa, sólo por el hecho de pensar distinto.
Me emocionó también todos aquellos que participaron en la franja del No, que se atrevieron y se expusieron. Felicitaciones a Pablo Larraín porque verlos reviviendo ese momento emociona profundamente y da cuenta de la potencia que tenía el haber estado ahí.
Pero también se sale con un sabor amargo. No voy a decir que la alegría nunca llegó, creo que la mayoría de las veces somos muy poco agradecidos del país que hemos construido.
En 1988 un grupo de personas desafiaron el statu quo y los paradigmas dominantes. Lograron hacer posible un imposible.
Nosotros, 14 años después, enfrentamos el desafío de renovar nuestra política; esa que recuperó la democracia ya no responde al “actual contexto social”. Ha habido intentos por abrir nuevos caminos, pero sin éxito.
Definitivamente, hay algo que no estamos haciendo bien y tengo la sospecha que tiene que ver con abrir espacios a personas capaces de desafiarnos y estar disponibles para eso. A los que lo hicieron el 88’, sólo queda agradecerles por eso.

