Uno de mis grandes miedos con respecto al matricidio es que una vez que llegas a ese estado civil pareciera que la sociedad entera se pusiera de acuerdo para preguntarte ¿y cuando se ponen en campaña? ¡Cómo si dejar de ser una mujer soltera no fuera suficiente tramite, para que más encima te presionen con ser madre! ¡Qué miedo, si soy una niña!
Bueno, es cierto mi carnet dice 31 pero mi psicóloga dice que con suerte son 23 y comprenderán que ser madre a los veintitantos, al menos a mi me parece muy precoz.
Pero, como ya se habrán dado cuento, soy una mujer muy confundida y contradictoria con mis asuntos, así que lo irónico del caso es que me encantan los cabros chicos y soy la primera en ofrecerme como baby sitter de los bebés de mis amigas y aunque me vomiten de lo lindo, soy sin lugar a dudas la tía-mamá más chocha.
Así fue como continuando con mi entrenamiento, experimentación y desafío personal que acepté cuidar el cachorro de mi parner María durante toda una semana (Ojo, que aquí cuando hablo de cachorro debo aclarar que hablo de un hijo de cuatro patas que no habla, sólo ladra).
El problema fue que no le pregunté a Rodrigo si él estaba listo para ser un padre adoptivo durante una semana y cuando llegue con el perrín a la casa casi se le cae el poco pelo que le queda y más como padre mío que como pareja me dijo: “Pero corazón ¿Qué vas a hacer tú con ese animal si apenas te sabes cuidar a ti misma?”
¡Qué falta de fe me tienes! ¡Ya verás que no resulto ser un desastre de mamá!
Por supuesto, los primeros días me tuve que comer mis palabras porque mi hijito se meo de lo lindo por todo el departamento e hizo de las suyas con el papel higiénico como si quisiera empapelar toda la casa. Lo tuve que educar y me dolió terriblemente tener que castigarlo cuando literalmente dejaba alguna cagada. Pero Rodrigo apañó e hicimos turnos para los paseítos y la comida de nuestro bebé. Y lo cierto es que el cachupín vino a agregar un nuevo lazo y pasatiempo de pareja, ya que durante toda esa semana la conversación terminó girando sobre lo que hacía o dejaba de hacer nuestro Max.
Qué duro fue regresárselo a María ¡No quería devolverlo, cuanto apego se creó entre ambos en unos días! ¡Por favor no se lleven a mi niño! Quedé desolada, pues como dicen por ahí, que corto es el amor y que largo el olvido.
Rodrigo prometió que en estas navidades le pediría a Santa que me trajera un perrín. Y yo tan feliz, porque definitivamente aún no estoy preparada para pedirle mi regalo a la cigüeña, una cosa es un bebé que ladra, se rasca sus propias pulgas y se entretiene solo….otra cosa, sin lugar a dudas, es uno que llora, mama como contratado y necesita de toda tu energía y atención durante las 24 hrs.
Ya se los digo, no es lo mismo ser una madre joven que una madre adolescente…Y mi espíritu de veinteañera se mofa del reloj biológico propio de mi treitena. Aceptémoslo, no sólo huyo del alter sino que también de la maternidad.


