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Opinión

Nuestras grandes murallas

Nuestras grandes murallas Nuestras grandes murallas

Una sociedad que anhela el desarrollo derriba nuestras grandes murallas para trabajar en conjunto, desde distintos ámbitos, para llevar adelante proyectos que nos hagan más grandes desde la riqueza de lo inclusivo, lo multicultural y lo diverso. Quizás este proceso sea más lento, pero de todos modos más sólido: hagámonos cargo de romper nuestras grandes murallas.

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Directora de Comunicaciones América Solidaria Internacional

Hasta la Gran Muralla China llegó Alessandro Baricco para escribir el epílogo de “Los bárbaros”, ensayo que reúne treinta publicaciones del escritor italiano en el diario La Repúbblica en 2006. Este ensayo sobre “civilización” y “barbarie”, o sobre el choque entre cultura burguesa occidental frente a Hollywood, o la divergencia entre generaciones baby boomers, XY y millenials; retrata desde aspectos como el vino, el fútbol, los libros y Google, las mutaciones de nuestras sociedades.

Si bien el libro es genial, el epílogo es brillante. Desde la Gran Muralla Baricco explica cómo las distintas dinastías se plantearon estrategias para proteger a la civilización china de los bárbaros de la estepa: tribus nómadas que venían de Mongolia y Manchuria y que practicaban la guerra (y el saqueo) para subsistir. Además de la muralla existían otras alternativas: invadir a los bárbaros y someterlos; o comerciar con ellos. El asunto no era sólo una estrategia militar y económica, era la defensa de una civilización, de una cultura. Había que proteger una forma de ver y entender el mundo.

El resultado es sabido: de las tres opciones, ganó la muralla del infinito. Y hoy uno de los grandes atractivos turísticos de China y patrimonio de nuestra humanidad nos hablan del fracaso de esta idea. Desde el punto de vista militar, dice Baricco, la muralla de poco sirvió, además de los altos costes de custodia y mantenimiento por sus 21.000 kilómetros, los nómadas rompían parte de la muralla o, acostumbrados al movimiento, cabalgaban hasta donde se acababa e ingresaban. Lo interesante entonces, más allá de la piedra, es lo que el autor llama la “invención de una frontera”. La idea detrás de esta muralla es eso, por un lado hay una civilización, por el otro hay barbarie, y esta frontera nos protege de la barbarie, inventa y define la barbarie.

A siglos del fracaso de la Gran Muralla en mano de disputas dinásticas y de la llegada de mongoles y manchúes, vemos a muchos caer y volver a caer con la misma piedra. Como a quienes prometen que una Gran Muralla protegerá a su población de los “bárbaros” que vienen de México y Guatemala y del terror de medio oriente. O aquellos que prometen que grandes murallas les protegerán de las millones de personas buscando asilo y refugio en el mundo.

Hoy, al mismo tiempo que rompemos fronteras con tratados de libre comercio entre nuestros países, con internet, con medios de comunicación que trabajan en redes internacionales, con actos de justicia y solidaridad que traspasan límites, erigimos también otras fronteras. Se trata de otras murallas menos elocuentes que la Gran Muralla China y los discursos del candidato Trump pero igualmente corrosivas, como las que separan a las personas de las estructuras de oportunidades que existen en nuestras sociedades.

Una sociedad que busque su desarrollo sostenible no erige fronteras, no se las imagina, no crea “bárbaros”. Aunque las crisis de confianza nos empujen a levantar muros que protejan nuestro espacio de interés y el individualismo.

Una sociedad que anhela el desarrollo derriba nuestras grandes murallas para trabajar en conjunto, desde distintos ámbitos, para llevar adelante proyectos que nos hagan más grandes desde la riqueza de lo inclusivo, lo multicultural y lo diverso. Quizás este proceso sea más lento, pero de todos modos más sólido: hagámonos cargo de romper nuestras grandes murallas.

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