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Oculus: el reflejo del mal

Oculus: el reflejo del mal Oculus: el reflejo del mal

Un objeto que siempre despierta inquietud es el espejo. No sólo porque pocos se atreven a decir “Candyman” frente a uno de ellos, sino porque a veces no reconocemos al que se está reflejando ahí y nos produce pavor la sola idea de ver nuestra espalda o, simplemente, no aparecer.

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Profesor de Estado (Universidad de Chile), Doctor en Filosofía y Doctor en Materias Literarias (Universidad de Florencia, Italia). Se ha dedicado a la filología medioeval y humanista, dando especial importancia a Dante, Petrarca y Boccaccio sobre los que ha escrito numerosos libros y ensayos. Ha traducido al castellano textos de cronistas florentinos que vivieron en América en los siglos XVI y XVII. También ha publicado libros de historietas de dibujantes chilenos.

Son los objetos de todos los días los que provocan más terror que las apariciones fantasmagóricas. En efecto, una cosa es la actividad paranormal y otra la que tiene su origen en un desequilibrio violento de nuestra realidad cotidiana. Y un objeto que siempre despierta inquietud es el espejo.

No sólo porque pocos se atreven a decir “Candyman” frente a uno de ellos, sino porque a veces no reconocemos al que se está reflejando ahí y nos produce pavor la sola idea de ver nuestra espalda o, simplemente, no aparecer.

El espejo de esta película es diabólico y Kalye (Karen Gillan) lo demuestra a través de un estudio cuidadosamente científico. Su hermano Tim (Brenton Thwaites) viene saliendo de un psiquiátrico acusado de haber asesinado a su padre (Rory Cochrane) y su madre (Katee Sackhoff). En realidad, fue la víctima de esa luna maldita, de la que se materializan sus anteriores víctimas y que hace estragos en el comportamiento de personas normales.

La diferencia entre esta película y otras similares (por ejemplo, Reflejos, de Alexandre Aja, con Kiefer Sutherland) es que los protagonistas no son atrapados por un destino sorpresivo, sino que se enfrentan a él con la esperanza de resultar vencedores y de transformar al depredador en presa.

El director Mike Flanagan demuestra que es un excelente montajista, presentando dos relatos paralelos, con los hechos que están ocurriendo y con los que ocurrieron hace más de una década (muy bien los niños actores Annalise Basso y Garrett Ryan). Es así como una frase empieza en una imagen y termina en otra, confundiendo el flashback con lo imaginado por los protagonistas.

El perno en torno al cual gira la acción es Kalye, que no es la tradicional muchachita temerosa de lo ineluctable (como las protagonistas de los Martes 13 y los Halloween, o de los Rings o los Grudges), sino la exponente de una lúcida seguridad en sí misma, lejana de todo tipo de obsesión. Sea lo que sea ese espejo maldito, quiere un enfrentamiento físico con lo que no es físico.

Del thriller se pasa al horror y Flanagan (que ya había realizado un cortometraje sobre esta temática) crea un pequeño mundo con reglas y preceptos que hay que respetar, jugando con el tiempo y el espacio, pero sin confundir al espectador.

Si quiere asustarse, ¡véala!

(Oculus. USA, 2013)

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