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Opinión

Para leer al Conejo Hefner

Para leer al Conejo Hefner Para leer al Conejo Hefner

"En la época en que Playboy surge, con un montón de demandas de grupos desplazados, entre ellos el movimiento feminista en construcción, la visión de Hefner logró recoger esa variedad de voces para darles espacio"

Daniel Zegers

Por


Periodista

Ese viejo en bata con la mandíbula deformada por la placa, rodeado de rubias que intentan disimular el asco, no es Hugh Hefner y la plataforma de porno multicanal de las últimas décadas no es Playboy. Lo que derivó desde finales de los ochenta hasta nuestros días no es más que el triste efecto residual de la revolución cultural de alcance mundial que llevó a cabo el verdadero Hugh Hefner y la verdadera plataforma editorial llamada Playboy.

Una rapsodia de final triste que repite una vez más el mito del Rey Midas, plasmado en la patética imagen de este monarca con el castillo hipotecado, esa mueca que lo tenía cada día más igual a Popeye, el pelo a medio teñir, viendo oro en las rubias cabelleras de unas verdaderas “muñecas” humanas.

Otro triste final para un “muchacho del siglo XX” que, en reacción al pacato entorno de la posguerra norteamericana que le tocó vivir, hizo que el mundo redefiniera junto con él su manera de entender la sexualidad, las libertades personales y públicas durante el final de una importante época de la historia reciente, instalando un modelo económico- editorial que es la base de gran parte la industria hasta nuestros días, mucho más allá, por cierto, que el mero rubro de las revistas de desnudos. Esto último es quizá su más perdurable y peligroso legado y que ante la estridencia de la explotación sexual a la que terminó asociada su marca, pasa desapercibido. Tan desapercibido que a muchos les podrá parecer una herejía leer que una revista como Paula le deba mucho a una como Playboy.

La idea de un medio para una nueva mujer que surge en los 60, abierta a conversar temas como la píldora y su propia sexualidad, enterada de lo que pasa en el mundo, que quiere leer mucho más que recetas para complacer al marido y los hijos, que quiere verse bien y vivir mejor, plasmada en una revista que usa mujeres bellas y jóvenes (vestidas por cierto) en portada y páginas interiores, que tiene a las mejores plumas, lentes y pinceles del país, que instala temas y hace denuncias, que presenta estilos de vida novedosos y le da cabida y respeto a distintas realidades sociales, que se transforma en una franquicia que hace un montón de otros negocios asociados. ¿Les suena?

En la época en que Playboy surge como proyecto editorial, con un montón de demandas de grupos desplazados alzando la voz y chocando con el establishment, entre ellos el movimiento feminista en construcción, la visión de Hefner como jefe de redacción logró recoger esa variedad de voces para darles espacio y tiraje en sus páginas de contenido.

Karina Felitti describe muy bien esta propuesta en su ensayo “Para porno la vida”, publicado por Anfibia a propósito de la medida que en 2016 hizo que la revista no publicara más desnudos. “No fueron los desnudos lo que hizo de Playboy un artefacto cultural de peso sino su propuesta editorial más amplia, que buscaba construir una identidad masculina basada en el consumo de buen gusto y el placer sexual. Vestimenta de moda, comida gourmet, autos deportivos, vacaciones en destinos exóticos, equipamiento de alta fidelidad, eran productos para el hedonismo y la satisfacción personal de solteros, que a veces podían compartir sus adquisiciones con chicas también solteras, trabajadoras, dispuestas al sexo y sin miras de matrimonio”.

En 1963, diez años después de la aparición de la revista, Betty Friedan en su libro “La mística de la feminidad”, ponía en palabras, según Felitti, el “problema que no tiene nombre”, refiriéndose a las mujeres de la clase media blanca estadounidense que carecían de un proyecto personal más allá del hogar y la maternidad. “Playboy cuestionaba su contraparte modélica: el esposo y padre proveedor. Buscar el placer se hizo un propósito nacional y el consumo una respuesta necesaria a la economía de producción masiva”.

La muerte de este anciano, entonces no es más que el triste y apagado epílogo de la muerte económica y política de ese proyecto a finales de los 80, cuando, confundido por los vientos de cambio mundial que comenzaban a soplar desde Europa Oriental y consumido en los límites de su propio modelo, decide ponerse al nivel del resto de productoras de porno y creer que ese en realidad era su negocio.

No podemos echarle la culpa a la globalización, ya que cuando ésta llegó, el Imperio Playboy ya estaba quebrado económicamente y la revista había perdido toda influencia política y cultural. Esa batalla ya la había perdido lidiando con las infinitas versiones de su misma propuesta esparcidas por todo el mundo, como Penthouse, Hustler, Interview, LUI en Europa y hasta en Chile, una humilde publicación vendida en quioscos a finales de los 70 y principios de los 80 llamada “Bravo” trató de emular su espíritu.

La cabeza sigloveintina de Hefner jamás imaginó lo que vendría después, ni le interesaron más los niveles de libertades que las comunidades del mundo podrían llegar a alcanzar en esta nueva era, ni sus discusiones. Encerrado en su mansión hipotecada, preocupado de retener mujeres a la fuerza y que lo vean rodeado de ellas, jamás pudo enterarse del mundo millennial que comenzaba a crecer a su alrededor.

Ellos están ya bastante lejos de su alcance y jamás podrán entender lo que le pasa a alguien como Juan Guillermo Tejeda, cuando postea “Playboy es parte de la identidad de muchos de mi generación: el placer, la inteligencia, la cultura y el saber vivir pueden ir juntos. Sobre el tema de la mujer, eran otros años, hoy un desnudo femenino no es frontera, pero es que yo me crié en un mundo moralista donde el esplendor corporal era delito, o pecado, o bochorno. Ya no. Y por cierto la famosa Playmate de cada mes con su foto plegable era entrevistada como una persona con nombre y apellido, opiniones, valores, estilo de vida, caligrafía… etc., o sea, no un objeto de deseo, que también, sino a human being. Poco sé de Hefner, allá él, esa cultura de clubs, no sé, no es la mía… su revista no podemos ignorarla.”

Pero para mi generación, que podríamos decir que es la “X, con una infancia al calor de la guerra fría y una juventud al ritmo de la globalización, el modelo de Hefner ya queda al debe. Para nuestros padres la influencia de Playboy pudo constituir un salto en la idea de la masculinidad adulta, asumir una sexualidad desprejuiciada, “refinarse” en los gustos y aspirar a algo más que mantener una familia, rompiendo con nuestros abuelos de camiseta bajo la camisa y pantalón abrochado por arriba del ombligo.

Mi generación tuvo que enfrentarse a eso que llamaron posmodernidad, un nuevo mundo multicultural, diverso y complejo, con las herramientas del viejo mundo, análogo y profundamente machista, en el que nos tocó crecer. En el caso de los hombres, presenciando la parodia de si mismo que terminó representando Hefner como un ejemplo de cómo no queremos terminar, afloran nuevas maneras de ejercer la masculinidad que distan bastante de este prospecto de “zorrón de la posguerra” que logró identificar a muchos lectores como el soltero frívolo que vive para buscar sexo ocasional, preocupado por los aparatos de alta fidelidad y los autos, incapaz de establecer relaciones afectivas duraderas, menos aún de salir del clóset.

En el caso de las mujeres de mi generación, sin pretender hablar por ellas, la distancia a estas alturas del milenio es interplanetaria. Volviendo a Karina Felti y su ensayo en Anfibia “Una buena parte del feminismo criticó los desnudos que volvían a las mujeres objetos y la falsedad de las chicas “liberadas” que aparecían en sus páginas, ya que ellas seguían a merced del dominio masculino, con bajos salarios y empleos de peor jerarquía (imágenes similares promocionaba el cine de Hollywood con pilotos mujeriegos y azafatas
“liberadas”)”.

Sin embargo, el movimiento de mujeres de los sesenta y setenta recibió apoyo editorial en causas como la libertad reproductiva, lo que generó profundas discusiones sobre el significado del apoyo de una revista como ésta a algunas de sus causas, discusión se zanjó a corto andar al constatar que la liberación de Playboy era sólo una vuelta de tuerca más del patriarcado, que ahora se vestía a la moda y sonreía.

Al optar por encarnar y probar en si mismo su modelo, Hefner fue el primero en demostrarnos lo mal que puede terminar todo. Con la muerte del anciano en esta historia de final triste, se termina de sepultar un modelo que no pudo con la libertad que el mundo espera en el Siglo XXI. Revisar ahora las colecciones y números de Playboy que seguirán apareciendo en disimuladas cajas en las bodegas y entretechos puede ser un buen ejercicio para entender cómo era el mundo antes de que empezara a cambiar.

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