Martes, 21 de mayo de 2013

Pero los dinosaurios van a desaparecer

/Felón./Felón.

Una vez les dije a mis padres, sin la intención de hacer un juicio personal, que su generación, la generación chilena que fue relativamente joven en los años sesenta y que hoy sigue ocupando la mayoría de las posiciones de poder en los más diversos campos y actividades, es la peor generación que ha visto la Historia de Chile.

Por Matías Camus

Patético. Era el único adjetivo que venía a mi mente mientras veía en las noticias las imágenes de los hechos que presenciamos el domingo 10 de junio, a través de la televisión, como consecuencia del acto de homenaje y/o presentación de un documental a favor del dictador Augusto Pinochet, y de su funa respectiva, representada por una sarta variopinta de forajidos y forajidas de las más diversas generaciones y proveniencias -por muy justificadas que se encontrasen sus posiciones y emociones-, cuya violencia, ella sí injustificada, nos remontó a los peores años y acontecimientos de nuestra Historia.

Y ahí, entremedio del caos y el griterío, mientras se sucedían las más deleznables escenas y los actos más soeces volvíamos a escuchar expresarse esas antiguas e improbables teorías y opiniones en relación al curso que siguió la Historia y la Nación tras los acontecimientos que todos, con el dolor de muchos, sabemos empañaron el alma de nuestro pueblo.

Resulta especialmente inquietante observar que toda esta gente, chilenos y chilenas, cualquiera sea su tendencia, aprovechen la oportunidad para exigir más y más reparaciones y reivindicaciones históricas, demandas sistémicas, o defender con ahínco aquello que para la mayoría resulta indefendible, intentando dar cabida a una discusión que, de ser necesaria, realmente no podría darse en esas condiciones, ni a través de estos verdaderos arrebatos.

Patético. La capacidad vociferante de las personas involucradas resultaba y resulta realmente desconcertante.

Es difícil dejar de pensar cómo es que pretenden representar posiciones de poder e influencia social, cuando su discurso carece de toda prudencia, reflexión pausada, sentido de la vergüenza, consulta académica, conciencia de las propias limitaciones y posibilidades de falencia, y tantos otros elementos del pensamiento lógico y razonable que tanta falta le hacen a Chile y al mundo en general.

Patético. De pronto nuestro país apareció enteramente desbordado por una horda de charlatanes.

¿Cómo se puede entender que tantos jóvenes aparezcan en estas manifestaciones sin otra intención –no puede haberla- que hacer todo tipo de destrozos, atacar a los contrarios y a todo lo que se cruce a su paso, cuando resulta completamente improbable que tengan una razón real y personal –pareciera que nadie podría tenerla- para estar ahí, en el homenaje a la violencia, en rechazo a la violencia, practicándola como leales sacristanes?

Para mí es un misterio. Pero presumo de dónde viene todo aquello.

Y quisiera aquí hacer un ajuste de cuentas: estas mismas personas que aprovechan la ocasión para defender sus parcelas y atacar las contrarias (más allá de la validez de la discusión en sí misma), para pregonar el futuro del hombre, para decirnos lo que ellos piensan de cómo debieran ser las cosas, son las mismas que se han encarnizado desde hace ya más de cuarenta años por controlar la verdad histórica del país y su futuro, con esa nostalgia añeja que dejó el sabor de haber dispuesto alguna vez del poder, y que todavía hoy están dispuestos a apostar por sus visiones sesgadas, y aplastar al eterno contrincante con tal de darnos el privilegio de reconocer la magnitud de su visión de país, de mundo y de humanidad.

Una vez les dije a mis padres, sin la intención de hacer un juicio personal, que su generación, la generación chilena que fue relativamente joven en los años sesenta y que hoy sigue ocupando la mayoría de las posiciones de poder en los más diversos campos y actividades, es la peor generación que ha visto la Historia de Chile.

Es la generación que produjo la crisis social más traumática de nuestra historia, la que ha gobernado el país desde hace ya cuarenta y tantos años y sólo ha intentado imponer la visión de los suyos, una generación sin carácter real, de una mediocridad e hipocresía sin límites, que ha transformado, como decía mi abuela, a Chile en un país que no era, un país que se avergüenza de ser quien es, de reconocerse latinoamericano, que admira el consumo como fin, que no lee ni piensa ni incentiva ni genera una cultura propia, que es incapaz de entretenerse y recrearse con simpleza. Que no quiere ser, sino parecer.

Nuestro país, un país cuya élite social -donde están todos los poderosos de esa generación- se esconde de la pobreza y de la injusticia social (curiosamente la mayoría en Cachagua, Maitencillo y Zapallar) y observa con indolencia los índices escandalosos de distribución del ingreso de nuestra sociedad; una generación que se pelea el poder, hasta el día de hoy, con una estrechez de mente insoportable, jugando con los destinos diarios de miles de ciudadanos con tal de conseguir deshonrosos dividendos que de algún modo ayuden a acceder o a conservar ese lugar que tanto desean ocupar para mostrarnos su amputada Verdad.

Mientras, millones de personas de carne y hueso, sin dios ni ley, sufren el rigor de la falta de sabiduría de sus líderes, políticos, jefes, empresarios, profesores; una generación que se niega a ver el daño que le ha hecho a nuestro país -porque este país ya no es ellos, sino de sus hijos- e insiste, siempre insiste, en sus conceptos obsoletos, sesgados y autoreferentes, en sus visiones grandilocuentes y totalizadoras del ser humano, de su naturaleza, de la historia y, por cierto, de la verdad.

Y ahora, para peor, se esfuerzan en arrastrar a las nuevas generaciones en su baile de palabras grandes, gestas añejas y violencia disfrazada de trasnochada poética.

Ojalá esta generación entienda que ya fue, que ya pasó, que su lugar en nuestra Historia probablemente será así: mediocre, hipócrita y pequeño. Quizás, si lo comprende, si lo reflexiona con cierta detención, comprenda también que su única y última oportunidad para hacer algo realmente bueno por nuestro país es dar una señal de madurez: dejar de hablar. Y escuchar.

TemasRelevantes
Comparte

Otras columnas de La Ventana de Volodia