Jueves, 23 de mayo de 2013

Pinochet murió en 2006. El pinochetismo, en 2012

/ Agencia Uno/ Agencia Uno

Lo sorprendente para el mundo, aunque ellos no lo notasen, fue siempre la existencia de ese numeroso y políticamente relevante grupo de fanáticos lo defendían sin condición.

Seré enfático desde el comienzo. Repudio toda forma de violencia, desde la que es ejercida por cualquier dictadura (con independencia de su signo político) hasta la que emplean los grupos fanáticos e intolerantes para imponer sus ideas, sean las que sean.

Mucho se dijo durante los últimos días acerca del homenaje al dictador Augusto Pinochet Ugarte desarrollado en el Teatro Caupolicán el 10 de junio. Argumentos que – legítimamente – ponían en el centro del debate la existencia de  eventuales límites de la libertad de expresión y nos hacían preguntarnos cuán abierta a ciertos discursos debía ser una sociedad plural y tolerante.

Sin entrar a terciar en aquel debate – y sin despreciar el legítimo derecho de las víctimas de la dictadura a discrepar o sentirse ofendidas por este acto – deseo analizar el asunto desde una óptica distinta.

En estas breves líneas quiero expresar que – a mi parecer – luego de ejecutado el pretendido homenaje al dictador la conclusión es lapidaria: Pinochet murió el 2006, pero el Pinochetismo dictó su propia sentencia de muerte en 2012.

Dos cosas pueden resultar desastrosas para un homenaje o acto reivindicatorio. La total indiferencia y el rechazo generalizado. Pero la primera es más llevadera que la segunda. Ante la indiferencia, la soberbia  -habitual amiga de los que se creen dueños de la verdad– puede sugerir a los organizadores del homenaje que la inacción del resto se debe a su falta de conciencia. Incluso puede reafirmar sus delirios de grandeza y hacerlos creer que su misión es justamente liderar a esas masas inertes e inmóviles, presas de la ignorancia.

En cambio el rechazo generalizado transmite un mensaje distinto, insoslayable y doloroso: la proximidad de la extinción.  Cuando en una sociedad en que las marchas a favor de la protección del medio ambiente, la igualdad o la procura de una educación de calidad son capaces de congregar a centenares de miles de personas en reiteradas ocasiones, que un acto de homenaje a un dictador (que usurpó el poder durante casi dos décadas) convoque apenas a mil nostálgicos y sea rechazado transversalmente es algo expresivo en sí mismo. Lo anterior se convierte en irremontable cuando, a propósito del mismo acto, los pretéritos seguidores y apóstoles del tirano, esos que se cobijaron bajo su sombra en sus tiempos de esplendor, reniegan de él.

El Pinochetismo siempre se nutrió de la idea de una supuesta conspiración en su contra. Reclamó por el repudio y supuesta persecución internacional en contra del llamado Capitán General. ¿Por qué ha sido tan mal visto por la comunidad internacional un gobierno que acabó con la amenaza marxista? se preguntaba. Todo, sin darse cuenta de que en realidad la reacción del mundo se debía no necesariamente a la existencia de un dictador sudamericano que comparado con otros no fue el más sanguinario, ni siquiera el más relevante. Lo sorprendente para el mundo, aunque ellos no lo notasen, fue siempre la existencia de ese numeroso y políticamente relevante grupo de fanáticos lo defendían sin condición. Los mismos que hoy casi no existen. Que comenzaron a desaparecer esos días en que se hizo famoso “Daniel López” y que se maquillaron al constatar que el reciclaje de principios y el olvido de las propias biografías traen dividendos electorales.

Pues bien, el 10 de junio de 2012, los últimos miembros de ese grupo –mientras añoraban reescribir la historia instalando a Pinochet como un padre de la patria – únicamente demostraron que se trata de una estirpe en extinción, que no supera a un puñado de fanáticos incapaces de movilizar siquiera a sus viejos apóstoles, pues ni los que antes lo adoraron están hoy dispuestos sacrificar un día domingo en actos de devoción a una figura que camina hacia el olvido.

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