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Opinión

Por qué la tercera noche de Viña 2016 fue una velada histórica

Por qué la tercera noche de Viña 2016 fue una velada histórica Por qué la tercera noche de Viña 2016 fue una velada histórica

Sanz estuvo a punto de morir y Javiera Mena desbancó a Barticciotto. Natalia Valdebenito dio un giro radical al humor en la Quinta. Y Luis Jara se autogalardonó como Napoleón Bonaparte.

La versión 2016 del Festival de Viña llegó a su clímax. Es difícil imaginar que alguna de las próximas noches tenga más emociones que las vividas en esta tercera jornada del certamen, con Alejandro Sanz, Natalia Valdebenito y Luis Jara. Porque si eso pasara, ahora sí que no podrían aguantar nuestros corazones.

Primero, estuvimos a punto de presenciar la muerte en cámara de Alejandro Sanz. Su entrada al escenario a través del público de la platea fue tan accidentada como la primera vez que Natalia Compagnon fue a la Fiscalía.

Tras ese incómodo momento, el español logró subir al escenario ileso y empezar uno de los shows más enérgicos de lo que va del Festival. El cantante demostró ser un artista de peso. Tanto física como musicalmente. Y dio una clase de cómo debería ser un show en Viña: una hora cargada de hits, uno tras otro, todo interpretado con una banda impecable.

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La Quinta era un karaoke. Y quizás eso llevó al segundo momento más extraño de la actuación. La invitación a la chilena Javiera Mena al escenario. Mena nunca se ha caracterizado por ser afinada ni por cantar con volumen. Y ella lo reconoce. Nunca se ha vendido como la Adele chilena. Lo suyo siempre han sido sus canciones y discos mega producidos por Cristián Heyne, y su significado cultural como ícono de la comunidad LGBT.

Con eso, que no es poco, le ha bastado para tener una legión de fans acérrimos y sonar en muchas radios. Pero no es suficiente como para hacer un dueto con Alejandro Sanz en la Quinta Vergara, menos de una de las canciones más populares, flamencas y difíciles del español: Corazón Partío.

Era evidente la cara de incomodidad de Sanz mientras Mena cantaba los versos de su hit, que le quedaban muy por debajo de su tono. Parecía como si para ella apuntarle a las notas fuera un trabajo tan complicado como lo es jugar al tiro al blanco en la oscuridad. Y más aún, en los coros, Mena parecía no saberse ni siquiera la letra. Como si el escenario de pronto se hubiese convertido en un karaoke de barrio en la madrugada.

Natalia Valdebenito

Salvo ese impasse que será largamente recordado, como aún es la actuación de Barticciotto con Keko Yungue, Sanz hizo un gran show que terminó de la manera más desafortunada, esquizofrénica y de mal gusto posible: con una versión techno de una de sus canciones, que sonó mientras él y su banda se escabulleron entre el público. Nadie entendió nada.

Pero como ha sido la tónica de esta edición del certamen, el componente histórico de la noche lo dio la actuación de la comediante Natalia Valdebenito. ¿Por qué histórica? Por varias razones.

Hasta el momento, el humor hecho por mujeres había tenido más fracasos que triunfos en la Quinta. Y este fracaso se atribuía –erradamente- a una cuestión de género: las mujeres no son tan divertidas como los hombres. Valdebenito cambió esto. Hizo reír a carcajadas con su histrionismo y su guión.

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Esto gracias a un pequeño cambio de switch. Antes, el personaje de la mujer en las rutinas de humoristas estaba relegado al rol de la suegra desagradable o a la señora que le dice al marido “¿Estas son horitas de estar llegando”, siempre interpretado con ese sonsonete patentado por Dino Gordillo y Coco Legrand. 

Valdebenito rompió con eso: primera vez que la rutina tuvo una perspectiva femenina, expresando sin tapujos los pensamientos y la sexualidad de la mujer, la visión de lo que es la soltería, de ser “putaza”, de tener celos, del higiene personal, de todo. A las más identificadas les faltó aire para seguir riendo con sus tips para ser infiel y su performance de cómo es discutir con un hombre. ¿Qué quieren que les diga?

La actuación también tuvo un componente político. Porque ni siquiera en el show más encendido de Paulina Rubio, alguien se había autodefinido como feminista en el escenario de la Quinta y había hecho un manifiesto tan directo como el siguiente:

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“El feminismo lo que quiere es la igualdad de derechos y deberes entre hombres y mujeres. Y lo que queremos, básicamente, es que nos dejen de pegar, agredir, faltar el respeto en la calle, subestimar, acosar, matar y violar”. Ovación total del público por esta declaración de principios, que según la artista, en otros lados había sido abucheada.

Y aunque Dávalos podía creer que al fin estaba pasando piola, la ex Club de la Comedia volvió a darle pero con una nueva perspectiva.

“Todo el mundo quiere que la mamá (Michelle Bachelet) se haga cargo, pero yo me pregunto, ¿dónde está el papá de Sebastián Dávalos?”, dijo la comediante. El equipo de comunicaciones de La Moneda por fin celebró. Y con champaña.

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Luego de rechazar una Gaviota de Oro para “ganársela”, en un rubro en el que hasta el momento los humoristas lloraban incluso en el escenario para poder conseguir el galardón, la comediante terminó su show, el más memorable hasta el momento en la comedia. Y finalmente se llevó todos los premios y el aplauso unánime de hombres y mujeres.

Para cerrar la jornada, otro hecho histórico. La celebración de los treinta años de trayectoria del cantante más insistente de Chile: Luis Jara. Desde 1986 que el multifacético artista, el también llamado “Jimmy Fallon” chileno, intenta ganarse el respeto del público como músico. Pero era resistido, sobre todo por los “más entendidos”. Y esta noche, al fin lo consiguió.

Jara es querible. Lo demuestra cada mañana en Mucho Gusto, con su humor de doble sentido y sus atuendos hípster que ya quisieran los músicos de Astro. Con su inglés rudimentario que provocó la ira de Robbie Williams, y del cual se río en su show al cantar en el idioma anglo los versos de una sus canciones. Con su puesta en escena con bailarinas al estilo Eurovisión. Su banda que a ratos lo convierte en un crooner a lo Michael Bublé. Sus coreografías que emulan a Tom Jones. Y su vestuario en escena sacado del clóset de Morrissey.

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El público se quedó a verlo y gritó “Luuucho, Luuucho” apenas comenzado el show. Y el intérprete de “Mañana” se vio durante todo el concierto emocionado al borde de las lágrimas. Pero no por eso soltó las riendas de su espectáculo. Se lució. Se notó que lo pasó increíble. Y sonó y cantó con un nivel internacional. Incluso, aumentando la leyenda de que su ego es más grande que el de Kanye West, se auto entregó una Gaviota de Oro.

Como dijo Karol Dance, ese sí que es uno de los hechos más históricos que ha sucedido en la Quinta Vergara. Karol recordó que algo así no pasaba desde 1804, cuando Napoleón Bonaparte, sin permitir que el Papa presente en la ceremonia lo declarara emperador de Francia, tomó la corona con sus manos y se la puso en la cabeza. Esta noche fue historia pura. Valdebenito impuso sus reglas. Y Luis Jara es nuestra versión artística de Napoleón.

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