Sábado, 25 de mayo de 2013

Presidenciales 2013, un pasado Imprevisible

bandera

Por primera vez, pueden ser rentables candidaturas más frontales y claras, basadas en la refundación y denuncia. De todas formas el factor personal y biográfico sigue teniendo mucho que decir y en eso ciertamente las cartas de Golborne y Bachelet siguen siendo las más aventajadas, veremos quién logra escribir mejor el pasado.

Qué duda cabe, la temporada de presidenciables comenzó hace un tiempo y hemos visto cómo los potenciales candidatos han intentado desplegar en sus plumas la mayor cantidad de colores y abarcar la mayor parte del espectro político. Cuando se abre la temporada las estrategias de los actores políticos se ajustan a los incentivos presentes en el marco de los sistemas electorales vigentes.

El caso de las presidenciales que se avecinan en el horizonte próximo no es la excepción. Los candidatos se esfuerzan por mostrarse más cercanos a lo que el electorado requerido para el éxito electoral demanda, en estos casos alcanzar mayoría absoluta.

El tornasol más convincente será el que logre la mayor cantidad de preferencias, logrando identificar a más electores en su reflejo, aunque será necesario transmitir algún sentido nítido, una causa, una quilla que movilice a los electores a votar y a encantarse con un proyecto que dé luces y se diferencie de las fórmulas ya practicadas y agotadas de Eficiencia y Oportunidades y de paso a una con claridad en relación al sentido de Justicia sobre el que se entiende lo público. Para esto hay diversas estrategias y en pocos meses hemos presenciado la subida y bajada de candidatos, el silencio de los más relevantes y la irrupción de las más variadas estrategias.

Algunos están en la pelea por estar dentro del mapa de  los electores y aparecer en las encuestas, otros ya buscan posicionarse dentro del espacio y diferenciarse de posibles competidores o marcar un lugar dentro del espectro ideológico.

En la primera línea, la de aparecer y mantenerse en el mapa, están algunos candidatos que hacen de todo para mantenerse sin definirse, jugando magistralmente a la ambigüedad, inaugurando y participando de cuanta actividad relacionada a su cartera o lugar en el parlamento les permita, recorriendo Chile y buscando la mayor figuración en proyectos de ley.

En el segundo grupo, recién hemos comenzado a ver definiciones, las primeras banderas y estacas en el mapa político ideológico. Pareciera que en este nivel, hay dos candidatos comenzando a trazar un mapa.

Por una parte persiste la imagen Marco Enríquez/Ominami Gumucio con su quinto de los votos a recapturar y un discurso aggiornado pero que todavía requiere más definiciones y por otra aparece un candidato que ha tomado la delantera, aplicando una adelantada  capacidad de lectura y despliegue, mucho más agresivo y claro en su definición sobre el lugar que quiere ocupar en el espectro de las preferencias electorales.

La jugada es arriesgada, pero puede resultar ventajosa. Andrés Velasco, durante los últimos días ha hecho claros esfuerzos por ubicarse con nitidez en el mapa ideológico político en relación a ciertas figuras y prácticas, dimensiones que finalmente dicen mucho a la hora de definir el voto. Muchos lo señalan como el “derechista” otros como la frontera de la concertación hacia la Izquierda.

Lo indiscutible es que el ejercicio no ha dejado indiferentes a sus compañeros y competidores, dejando varios heridos en el camino y señalando claramente cuál es el lugar que quiere ocupar, un amplio espacio que limita a la izquierda con un acantilado que es Chávez y a la derecha a unos cientos de kilómetros con la UDI.

El ex ministro de Bachelet está buscando fuertemente el apoyo de la dimensión de preferencias que concentra la definición en estas elecciones, la opción por el cambio en oposición al Statu Quo, no en el discurso sino en los actos, como hemos podido ver en su decidida estrategia nacional y regional. Sin embargo su estilo y biografía pueden no ser las mejores armas a la hora de las definiciones.

Los candidatos que logren atraer al electorado que claramente se ubica en la dimensión cambio, podrán optar a más de un tercio de los electores que a pesar de tener el mayor interés en la cosa pública están completamente desilusionados de la clase política dirigente y ansían un cambio. Según cifras de la última encuesta CEP, este grupo representaría más de un 34% de los electores.

Por otra parte, las elecciones municipales de este año nos permitirán descifrar en parte el perfil y orientación que deba tener el candidato, ya que tendremos más claridad sobre quiénes son los electores activos y de esta manera podremos aventurar un diagnóstico de temas y agenda prioritaria. No queda claro si este diagnóstico será concordante con la agenda instalada por los grupos sociales organizados, pero sin duda cualquier candidato que busque algún grado de éxito deberá  pronunciarse al respecto.

En el caso de Bachelet, Velasco y los ministros candidatos, habrá un factor determinante, que está relacionado con el rendimiento en sus cargos pero más que nada con la construcción del Pasado. Aunque suene contra intuitivo, el pasado es Imprevisible. Tal como el que se ha transformado en un refrán popular en Rusia,  el pasado puede ser mucho más imprevisible que el futuro y veremos dónde se pone el acento en las próximas elecciones.

Por ahora Velasco ha mirado al futuro y construido una visión favorable del pasado, en el sentido que no está dispuesto a transar con las malas prácticas y a repetir errores del pasado, pero en el caso de las candidaturas del oficialismo, vemos una artillería centrada en el ataque al pasado, que hasta ahora no ha tenido éxito y ha mantenido incólume las preferencias de los electores en relación a sus principal amenaza, la Presidenta e Bachelet.

Por primera vez,  pueden ser rentables candidaturas más frontales y claras, basadas en la refundación y denuncia. De todas formas el factor personal y biográfico sigue teniendo mucho que decir y en eso ciertamente las cartas de Golborne y Bachelet siguen siendo las más aventajadas, veremos quién logra escribir mejor el pasado.

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