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Opinión

Presidencialismo hipócrita y reforma constitucional

Presidencialismo hipócrita y reforma constitucional Presidencialismo hipócrita y reforma constitucional

"Modernizar el Estado y reducir los cargos de designación del Presidente. Y avanzar hacia un sistema semipresidencial".

Sebastián Sichel

Por


Abogado, magister en derecho público, académico de derecho USS. Presidente comité editorial El Dínamo.

Una de las falacias del presidencialismo es que conduce a Gobiernos fuertes y efectivos. Lo cierto es que en general terminan generando parálisis e inmovilismo. Salvo el sistema norteamericano y el de Costa Rica, no hay democracias presidenciales que no hayan terminado alguna vez en rupturas institucionales. Sólo funciona en un supuesto: sistemas bipartidarios naturales o forzados por sistemas electorales que fijan una agenda de “falso” consenso en que sólo se avanza en lo que hay unanimidad o mayorías permanentes.

Pero ese hecho -que vivió Chile en la primera época de la transición- rápidamente es desbordado por la inercia del sistema y la alineación incorrecta de los incentivos electorales: rápidamente las mayorías se transforman en transitorias en el Congreso.

La existencia de dos grandes mayorías con privilegios y un Ejecutivo que no “comparte” el poder sino que lo negocia atomizado, lleva al fraccionamiento y a un sistema de partidos sin ideología, débiles e indisciplinados y con parlamentarios clientelistas. Y forja un nuevo tipo de Presidentes de la República: encerrados en su trono, gobernando por decreto y tratando de dar señales para la posteridad, pero ineficaces para hacer buenas reformas.

Parlamentarios débiles y un Ejecutivo poderoso pero aislado produce un círculo vicioso: los incentivos para los parlamentarios de gobierno se concentran en repartirse el poder del Ejecutivo y los de oposición de hacer fracasar el gobierno y esperar la próxima elección para intentar ganar la presidencia. Los Gobiernos de Sebastián Piñera y Michelle Bachelet ya han dado cuenta de ese agotamiento. Sus mayorías electorales, nunca redundaron en mayorías políticas. Y vivieron el trauma del discolaje y coaliciones frágiles que inmovilizaron su gestión. Y ambos han heredado un parlamento de peor calidad que el anterior.

Quién gane la próxima elección se transformará rápidamente en un gobierno de minoría bajo la ilusión de una falsa mayoría. El Presidente deberá lidiar con un congreso de caudillos que piden cargos en el Ejecutivo y financiamiento para sus regiones. Y el nuevo proporcional dará sustancia a la naturaleza multipartidaria de Chile: terminaremos con más de 10 partidos con parlamentarios en el Congreso. Claro, sin haber tocado un pelo del sistema presidencial y bajo el ilusionismo de un gobierno de falsa mayoría ganado en segunda vuelta y sin motivaciones políticas para construir coaliciones después de la elección.

La promesa de un Poder Ejecutivo fuerte y eficaz del presidencialismo terminará siendo hipócrita: creará gobiernos de mayorías transitorias en las urnas, pero frágiles e ineficaces. Es decir, gobiernos débiles para implementar agendas programáticas dedicados a administrar su precariedad. Más allá de sus buenas intenciones vamos a camino a tener malos congresos con gobiernos llenos de operadores políticos.

¿Qué hacer? asumir que tenemos un sistema multipartidario y que se debe equilibrar las fuerzas entre los poderes ejecutivo/legislativo. Esto requiere cambios institucionales urgentes: partir por terminar con la preeminencia del ejecutivo en materia legislativa (veto, iniciativa y manejo de urgencias como colegislador) y tener un congreso bicameral con cámaras con distintos roles y sistemas de elección. Modernizar el Estado y reducir los cargos de designación del Presidente. Y avanzar hacia un sistema semipresidencial. Más que el largo e imposible camino de una nueva constitución, parece sensato el camino rápido y urgente de hacer cambios para tener una mejor constitución. La estatura del próximo gobierno se medirá por su capacidad de renunciar a poder para garantizar gobernabilidad.

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