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Opinión

Proyecto de ley de Hasbún: a Allende lo quiso matar la Concertación

Proyecto de ley de Hasbún: a Allende lo quiso matar la Concertación Proyecto de ley de Hasbún: a Allende lo quiso matar la Concertación

"Si hubiéramos construido un Chile más consciente de lo sucedido, tal vez hubiéramos edificado un progresismo de verdad. Uno que hubiera podido enfrentarse ante el poderoso oficialismo mental de la derecha".

Francisco Méndez

Por


Periodista, columnista.

Resulta que Gustavo Hasbún en compañía de su camarada de partido, Ignacio Urrutia, presentaron un proyecto de ley que sancionara a quienes osen negar, minimizar o enaltecer el gobierno de Salvador Allende. Todo esto, bajo una extraña lógica dictatorial que muchos habíamos creído ya olvidada, pero que los diputados nos recuerdan que está más viva que nunca con esta despreciable y antidemocrática iniciativa.

Porque hagamos un poco de historia. ¿Cuándo fue la última vez que se negó hablar de Allende? Sí, está en lo cierto: en la dictadura militar que el partido que sustenta a estos dos personajes aún apoya en silencio y con un orgullo bastante poco digno para quien osa llamarse demócrata, o por lo menos intenta que así lo llamen. Pero no solamente en esa oscura época, sino también una vez que ésta terminó. Porque ¿es culpa de la derecha solamente la actitud de Hasbún y de su poco respeto hacia el ejercicio de de la libre expresión? A mi parecer no. Porque si analizamos un poquito nuestro pasado reciente, concluiremos que acá estamos sufriendo una vez más el resultado de una democracia mal formulada y poco sincera. Un régimen que aún  tiene tabúes circulando por sus pasillos mentales, y que debido al silencio de quienes alguna vez apoyaron al ex presidente no se han podido aclarar.

Gustavo Hasbun

Allende no ha sido condenado solamente por el sector golpista que lo derrocó y persiguió a sus partidarios. El mandatario también fue ninguneado debido a la poca valentía de quienes escondieron las pancartas con su nombre para así sentarse a negociar con los milicos y volver a un Chile pactado sobre la base de sus miedos y su conveniente y frágil memoria. Porque si  el ala de izquierda de la entonces Concertación hubiera entregado menos y guardado aunque fuera un poco del orgullo de un proyecto como la Unidad Popular con sus defectos y virtudes, entonces tal vez el primer mandamás socialista de nuestra historia habría sido menos vilipendiado por los detractores. Y habría tenido el lugar que recién hoy viene recobrando gracias a los chilenos que no tienen pánico a resaltar su legado. A quienes entendemos la importancia del proyecto que intentó poner en marcha.

Pero ellos, los que se decían llamar -y lo hacen hasta el día de hoy- allendistas, no hicieron nada. Una vez Pinochet fuera del poder, quienes enarbolaron banderas de la causa popular en los 70, hoy veían con la boca cerrada como la nueva “pluralidad demócrata cristiana”- gracias a los apretones de manos con el dictador- arrasaba con don Salvador. En su lugar pusieron a un envidioso Frei Montalva como un símbolo de la recuperación del estado de derecho, olvidando que la pérdida de éste se debía en gran parte a los eternos celos de don Eduardo.

Salvador Allende

Lo que hace hoy Gustavo Hasbún no habría tenido espacio si es que el progresismo real hubiera ganado la batalla cultural y hecho respetar sus grandes referentes. Pero hizo todo lo contrario: se conformó con la Constitución del militar rastrero y hasta le hizo un funeral de Estado haciéndonos creer que no lo era. Inventándonos que odiaban con toda la herencia dictatorial mientras la institucionalizaban lentamente. Mientras la iban convirtiendo en lo “real”, sobre los escombros de sus antiguos sueños de sociedad.

A Allende lo mató, en parte,  el Partido Socialista. Lo negaron como Pedro negó a Cristo, pero lo hicieron más de tres veces. Lo hicieron repetidamente durante estas dos últimas décadas para así salvarse el pellejo. Para así olvidarse de lo que fueron y esconderse bajo las sábanas del poder. Bajo las mantas del terror a preguntarse quiénes son hoy. Porque el excesivo cuidado para relacionarse con los poderes fácticos, los terminó convirtiendo en sus mejores empleados. En sus mejores voceros y en los mayores herederos del relato cívico militar.

Si hubiéramos construido un Chile más consciente de lo sucedido, tal vez hubiéramos edificado un progresismo de verdad. Uno que hubiera podido enfrentarse ante el poderoso oficialismo mental de la derecha. Pero, en cambio, solamente tuvimos a un grupo de ex jóvenes que creyeron que hacerse mayores era poner a la venta los valores morales. Y confundieron el derecho de toda persona a cambiar de ideas, con quemarlas sin hacer la más mínima resistencia.

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