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¿Qué le pasa a Chile?

¿Qué le pasa a Chile? ¿Qué le pasa a Chile?

Da la impresión que Chile estuviera despertando. Que esta suerte de “olla a presión” ciudadana estuviera llegando a su clímax tras contener, durante años, infinidad de situaciones deleznables que poco y nada se solucionan con la aceptación de las culpas y responsabilidades por parte de quienes han incurrido en actos que afectan a las chilenas y chilenos.

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Magíster Internacional en Comunicación y Periodista.

Don Francisco (o Mario Kreutzberger si lo prefiere) regresó a la pantalla abierta nacional con un espacio de entrevistas donde el animador interpela cara a cara a ex mandatarios (Lagos y Piñera) y a la actual presidenta Bachelet. Todo con el fin de descubrir o determinar ¿Qué le pasa a Chile? Da la impresión que Chile estuviera despertando. Que esta suerte de “olla a presión” ciudadana estuviera llegando a su clímax tras contener, durante años, infinidad de situaciones deleznables.

Y es que en el último tiempo a nuestro país le han pasado varias cosas. Bueno en realidad desde hace años que vienen ocurriendo, pero la diferencia es que antes muchas de éstas quedaban en la impunidad de las sombras, en el ejercicio privado del poder, en el resguardo de intereses particulares.

Hoy, y en gran medida gracias al desarrollo de las tecnologías de la información y plataformas comunicacionales, esa brecha entre lo público y lo privado poco a poco se ha ido derribando contribuyendo no sólo a democratizar los contenidos sino también a construir una incipiente opinión pública que se informa, que se atreve al ejercicio de la reflexión, que es capaz de cuestionar, que critica, que aporta, que exige justicia, transparencia y probidad, entre otros.

En la actualidad nuestro país cuenta con ciudadanos más protagonistas, más activos y que buscan un equilibrio entre derechos y deberes que les permitan otorgar sentido a las cosas que ocurren a su alrededor. Por eso, situaciones como la investigación denominada fraude al FUT, que abrió toda una arista insospechada a través de Penta y SQM, terminó por develar una serie de cuestiones ocultas, con una data añeja y reiterada, de hechos que se encontraban en la más absoluta impunidad y que, tras los esfuerzos de algunos por dilatar los procesos a la espera de la prescripción de algunas causas investigativas, pareciera que poco o nada cambiará. Porque una cosa es que las informaciones se den a conocer y otra muy distinta son, definitivamente, sanciones que le duelan al poder, especialmente al político y económico, para que no les queden ganas de incurrir nuevamente en actos o conductas que atenten a la probidad y sentido ético.

SQM

Da la impresión que Chile estuviera despertando. Que esta suerte de “olla a presión” ciudadana estuviera llegando a su clímax tras contener, durante años, infinidad de situaciones deleznables que poco y nada se solucionan con la aceptación de las culpas y responsabilidades por parte de quienes han incurrido en actos que afectan a las chilenas y chilenos.

Cierto, es un paso importante pero ¿Se imaginan nos pasáramos la vida ofreciendo disculpas o asumiendo nuestras equivocaciones sin tener el menor ápice de hacer las cosas bien hechas favoreciendo a toda la población y no sólo a nuestros stakeholders o segmentos de interés? Porque las acciones, especialmente en materia de políticas públicas y ejercicio del liderazgo, no se solucionan simplemente con frases de buena crianza como “disculpas por la embarrada que dejamos” o “asumimos nuestra responsabilidad”.

¿Cómo esperan, por ejemplo, que los usuarios del Transantiago acepten dichas excusas si cada día deben enfrentar el caos y complicaciones que exhibe el transporte público en la capital? ¿Cómo le explicamos a la gente en regiones la postergación de un transporte público de calidad y que cubra sus necesidades por solventar y utilizar los fondos en el financiamiento del Transantiago? ¿Cómo le explicamos a la ciudadanía, que por ejemplo gana el sueldo mínimo, la tramitación express de aumentos en la dieta parlamentaria o las cifras millonarias, correspondientes a boletas o facturas ideológicamente falsas (pagar por trabajos que nunca fueron realizados) y que de paso nos recuerdan un hecho similar ocurrido en el caso MOP – Gate?

¿Cómo le explicamos a la gente que los recientes anuncios hechos por la presidenta Bachelet, en materia de transparencia y probidad, ya habían tenido su génesis en noviembre de 2006 con un anuncio muy similar al realizado y que, como hemos constatado, terminó quedando en nada? ¿Cómo le explicamos a nuestros compatriotas, que solicitan algún tipo de crédito a un banco y la entidad se lo niega, un préstamo por 6 mil 500 millones a la empresa (Caval) de la nuera de la presidenta? ¿Cómo le explicamos a las chilenas y chilenos el acuerdo tácito del mundo político, donde vimos cómo desde la UDI se cuadraron con los anuncios presidenciales, en torno a la investigación del ministerio público sobre la arista Soquimich? Y así podríamos estar mencionando innumerables hechos o situaciones, pero la pregunta de fondo surge espontáneamente y es cosa de tomarle el pulso a la calle: ¿Hasta cuándo?

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Para encontrar evidencia de lo anterior basta con observar sondeos de opinión pública los cuales, independiente del sector, reflejan una baja considerable en cuanto a la confianza y aprobación de nuestros líderes por parte de la ciudadanía de forma transversal. Sin ir más lejos, la prueba contundente de este desencanto, radica en el proceso eleccionario del año 2013 donde sólo un 41,98 % de los electores participó en la instancia registrando una abstención histórica que podría verse acrecentada en comicios venideros o, incluso y a la luz de los acontecimientos, ser el gatillante para incentivar la participación cívica, buscando sacudir al establishment, generando cambios que favorezcan a nuestro país durante los años venideros.

Lo que le pasa a Chile es que su gente, esa que no proviene de castas y que valora el mérito como motor de oportunidades y ascenso social, ha ido perdiendo el temor de cuestionar, a ser protagonista de los cambios sociales que nuestro país merece y a dejar atrás el legado de la dictadura que aún mantiene guetos que sustentan su hegemonía en base a las lógicas del SÍ y el NO, las cuales cada cierto tiempo afloran como banderas de luchas ideológicas que poco o nada tienen relación con avanzar y convocar a todos los actores a trabajar, mancomunadamente y con sentido país, hacia una nación moderna y desarrollada construida en base a principios tales como la ética, equidad, libertad y justicia social. Porque a Chile no sólo le están pasando cosas sino que está ocurriendo, en paralelo, un fenómeno de mayor envergadura: Chile está comenzando a despertar.

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