Jueves, 23 de mayo de 2013

Que pierda el NO

NO 1

No tiene sentido que la ciudadanía forme líderes en el grupo local y luego los exporte a las instituciones para que sean autoridades. La única forma de ganar es manteniendo poder en los ciudadanos y desde ahí hacer política, aunque eso se demore varios años, cueste mucho y a veces parezca que no son más que medallas para nuestras derrotas.

Esta columna no es sobre una película, es sobre lo que unos carteles hacen en una ciudad. No importa lo que dice la película, no importa si su guión ensalza o humilla a la concertación, el guión no importa, no importan las explicaciones de su director, no importa si él no es concertacionista o si lo es, no importa la película. Lo patente es que el NO está por todo Santiago, con eso basta. Esos carteles los ven todos los chilenos, la película no.

El NO es mucho más una campaña conservacionista que una película. Todas las calles de Santiago tienen un cartel del NO y eso ya es una reivindicación por si misma a la concertación. El poder de la imagen encima de la ciudad es ostensible. Y hacer eso, en el Chile de hoy, es una crueldad contra el presente que nos desborda.

Vivimos días de un silencio perplejo. Ya sabemos que 2012 no fue como 2011. Las puertas que se abrieron hace un año hoy están blindadas por la abulia del gobierno. Los movimientos sociales se sienten tibios. El más importante, el estudiantil, está descorazonado y no puede ser de otro modo. No es su culpa, nadie está obligado a lo imposible.

Titelman, Jackson y Camila Vallejo son invisibles, Boric está solo. Ballesteros se fue demasiado temprano a acurrucarse en las faldas de Bachelet. Mientras tanto Beyer parece el David de Fassbender, incólume, campante y silente. Tiene la rara habilidad de aparecer como un hombre sin adversarios, aunque los tiene y se los merece. Muy a pesar del empeño de los estudiantes, Beyer rige el presente.

Estamos cansados, añorando lo que fue, y la campaña del NO usa precisamente eso, la ausencia que cubre la nostalgia, para obtener poder. Aventura la idea de que hay una entrañable concertación y que tiene algo en común con el movimiento social, cuando en realidad no tiene nada. Trata de instalar la idea de que el NO de ayer sirve hoy, para paliar el hastío de sabernos de memoria los noticiarios que veremos la noche del día de la marcha, las repeticiones de los destrozos como repeticiones de goles, y el ímpetu transformado en sospecha.

Pero el NO no sirve para eso. El NO trae la melancolía de la imagen para acabar con la melancolía de la política concertacionista. Y los estudiantes han caído en ese juego. Están tan desesperados por cristalizar su empeño que se olvidan que esto está recién empezando. Les falta paciencia y sin ella están condenados a transformarse en el presagio de Osvaldo Andrade: el comando juvenil de Bachelet. Ballesteros ya se inscribió ahí y Camila Vallejo también. No tiene sentido que el resto haga lo mismo.

Si le entregan el imaginario a la concertación, los ciudadanos vamos a perder el poder. El riesgo es real. Un solo ejemplo: ayer Giorgio Jackson, durante la marcha, escribió en twitter “NO a la violencia!! Hoy ha sido absolutamente unilateral… ¿honor y patria?” junto a una foto de los carabineros que impedían la marcha. Luego escribió: “¿1988?” junto a una foto de un carro que se dirigía a la masa. Ambas fotos con el afiche del no atrás, como el signo regidor.

Sería absurdo pensar que Jackson y el resto están conspirando con la concertación. Estoy seguro que no es eso lo que pasa. Por más de 1 año han sido los únicos que se le han opuesto de verdad. Pero si creo que pueden equivocarse y que en este caso se están equivocando. El NO legitimado a través de los líderes estudiantiles es un arma suficiente para que la concertación empiece a recuperar el poder de la imagen.

Tengámoslo claro: el movimiento social no va a solucionar el problema este año ni el próximo año, ni su poder se reduce la incidencia en una u otra elección. Si eso fuera todo, el movimiento sería nada más que un accesorio de la política representativa, y estoy seguro que no es eso.

El movimiento social es el único capaz de comprender el problema de la representación que muy pocos han comprendido. Ese problema que no se soluciona arreglando el binominal o sacando a Labbé. Ese problema de representación que no puede ser resuelto por los representantes porque no se reduce a un asunto electoral, sino que el problema son los representantes mismos.

Ese problema lo tenemos que resolver los ciudadanos porque lo que está en crisis no es una elección sino la idea misma de que los ciudadanos deben ser representados en la política en vez de participar directamente en la política. Como lo hicieron los estudiantes el año pasado, como lo hicieron los ayseninos a principio de año. Enfrentaron al poder representativo desde la participación directa.

Quisiera repetir lo que dije para que quede claro que no es una frase hecha: enfrentaron al poder representativo desde la participación directa. Fueron parte de una decisión del estado no a través de un mero voto. Participaron precisamente haciendo eso, participando. Sin interfaz, sin tercerización. Se apoderaron del presente.

Ese es el camino y la historia no se puede acabar acá en un pacto rasca y superficial, porque Chile todavía no ha cambiado. Lo dijo Claudio Fuentes en una columna el martes pasado: “este año el panorama político parace aún más dramático dado que observamos un aumento en el número de partidos en competencia (de 12 pasamos a 15), y un consecuente mayor número de pactos electrorales (de 6 pasamos a 9).

En otros términos, la denominada “crisis de representación” ha estimulado la fragmentación aunque no necesariamente la emergencia de una oferta política novedosa. De hecho, los partidos humanista, ecologista y Fuerza del Norte ya forman parte de la geografía política nacional.

En tanto el PRI, Chileprimero, el MAS y el PRO, representan escisiones de partidos existentes (…) Entonces, lo que se expresará con nitidez en las próximas municipales es la fragmentación (…) Así, constatamos un escenario peculiar y paradójico. Por una parte se hace evidente la emergencia de nuevas fuerzas que buscan establecerse como referentes de poder, pero al mismo tiempo, la marcada fragmentación que acompaña aquel proceso político hace imposible que algo cambie”.

En las próximas elecciones vamos a perder. En las municipales de este año y las parlamentarias y presidenciales del próximo, el movimiento social no va a ganar todavía. No importa si pacta o no. Si se hace parte del “NO” concertacionista va a perder en el instante mismo del pacto, y si no lo hace, va a perder en la elección, porque el poder sigue concentrado.

No tiene sentido que la ciudadanía forme líderes en el grupo local y luego los exporte a las instituciones para que sean autoridades. La única forma de ganar es manteniendo poder en los ciudadanos y desde ahí hacer política, aunque eso se demore varios años, cueste mucho y a veces parezca que no son más que medallas para nuestras derrotas.

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