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Opinión

Que todos los pacos vean Serpico

Que todos los pacos vean Serpico Que todos los pacos vean Serpico

El honesto policía Frank Serpico (Al Pacino), le explican cómo sus colegas se organizan para obtener ganancias de dinero en efectivo, a propósito de procedimientos que contemplan sobornos.

Pato Cuevas

Por


Periodista autónomo, profesor malhablado.

Hay una escena de la película Serpico (Sidney Lumet, 1972) en la que al protagonista, el honesto policía Frank Serpico (Al Pacino), le explican cómo sus colegas se organizan para obtener ganancias de dinero en efectivo, a propósito de procedimientos que contemplan sobornos. Y no se trata de ver en pantalla a policías moralmente retorcidos que frente a una oportunidad dorada se lleven plata de la gente que meten al calabozo. Es, más bien, un sistema con una estructura jerarquizada, con un sistema probado de funcionamiento que lleva mucho tiempo.

Entonces, el policía que llega debe adaptarse, servir a la recaudación y así se lleva su parte. Funciona, es así. Se hace así. Es un salario en paralelo.

Con amabilidad, los colegas le explican a Serpico de qué se trata todo.

Serpico es tajante respecto de formar parte de esta asociación ilícita: “yo no tomo dinero, simplemente no lo tomo”. Reunidos todos los policías junto a él en un parque de la ciudad, le sugieren amablemente cosas como “llévate la plata y todos tendrán una mejor opinión de ti, Frank”, o también, “si no te gusta puedes donarlo a una fundación de caridad”. La idea es no alterar al sistema. Que todo siga igual.

Serpico se niega. Los otros policías piensan que es un imbécil.

La presión que el policía honesto recibe es enorme y va horadando sus nervios. Es el punto más delicado de la película en sí. El momento en que podría ceder. Y no lo hace. Simplemente dirá, medio en broma: “Es increíble, pero me siento un criminal porque no me quedo con la plata”.

Por eso todos los pacos deberían ver Serpico.

Porque en el caso del desfalco de Carabineros operan estructuras más complejas que la sola oportunidad de quedarse con el dinero. Una estructura institucional, la de los oficiales, que tiende a la endogamia, y que busca complicidades de relaciones íntimas, amistades y parentescos que se confunden con la ambición y la moral más baja de una institución que debe combatir estos delitos. Una estructura que funciona a espaldas del carabinero de tropa, del sub-oficial mal pagado.

Cuando el testimonio de un coronel en retiro que se llevó mil millones de pesos a su cuenta a lo largo de varios años, se explica porque alguna vez recibió presiones de otros que lo hacían y de pronto se vio en medio de esto sin poder salir, constatamos que hay algo más que personas deshonestas.

Y si a partir de los testimonios de este caso nos percatamos que el Ministerio Público ofició también al Servicio de Impuestos Internos, ¿no es acaso porque la situación de un aparato público enfermo de algo es cada vez más evidente?

El Frank Serpico de la vida real fue entrevistado por el New York Times hace unos años. Convertido en una especie de monje octogenario, recibe en su casa en el campo a policías con muchas preguntas. Revisando la película en la que se basó su vida, confiesa que la corrupción de los años 70 empeoró, que hoy es mucho más difícil de erradicar.

Por simplista que parezca, me permito imaginar el día uno de los aspirantes, en un teatro oscuro, para ver esa clásica película de los años 70, para preguntarse al salir de ella: ¿por qué quiero ser carabinero?

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