Domingo, 19 de mayo de 2013

Redes Sociales “for dummies”

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Le doy más importancia a la presencia virtual de algún “follower” que a la física de un amigo. A veces (bastante) me preocupo más por el look de mi avatar que por mi presencia personal. Me enojo porque un periodista dice en TV que algún personaje “escribió un twitter” en lugar de “twitteó”. Lo sé. Mal. Muy mal.

Hola, mi nombre es Marcos y soy un adicto (Hola Marcos!). Soy un adicto a las redes sociales. A Twitter. A Facebook. A Foursquare. No conozco Google+ pero probablemente también sea adicto. Quizás no, porque además de una personalidad adictiva, también soy vengativo y receloso: Google+ no me mandó una de sus preciadas invitaciones a ser de los primeros en probar su interfaz, así que que se pudran. Tampoco les voy a andar rogando…

A pesar de nunca haber entendido profundamente la utilidad de LinkedIn también tengo una cuenta ahí. Me comentaron de Huntcha y, claro, me inscribí. Aunque en este ultimo caso debo culpar a Juanita Ringeling y Renata Ruiz. También tengo un problema ahí.

El primer paso para sobreponerse a una adicción es reconocerla como tal. Soy adicto: le doy más importancia a la presencia virtual de algún “follower” que a la física de un amigo. Tengo una relación de absoluta dependencia con el teléfono. Uso cada vez más seguido la frase “mándamelo por mail” cuando alguien me quiere decir algo. A veces (bastante) me preocupo más por el look de mi avatar que por mi presencia personal. Me enojo porque un periodista dice en TV que algún personaje “escribió un twitter” en lugar de “twitteó”. Lo sé. Mal. Muy mal.

Todo partió con Facebook, la red social de Zuckerberg que ya tiene hasta una película a su haber. Cree mi cuenta y empecé, como todos, a vitrinear. Primero a los amigos. Después a las amigas de los amigos. Luego a gente absolutamente al azar. Y agregar desaforadamente personas. Solicitudes iban, solicitudes venían. Aunque creo que jamás usé el “poke” (¿existe aun?), doy fe de haber probado todo lo demás.

Lo que partió como una choreza se convirtió en una presencia. Porque Facebook, con preguntas cargadas de inocencia (“¿Qué estas pensando?”), se adueña de ti… te abre la red y sucumbes a ella. Confiesas tu estado civil, si estas saliendo, comprometido o casado. O incluso si es más complicado que eso. Reconoces a tu familia. Te declaras hijo, padre o hermano. Subes fotos y te taggeas/etiquetas, y lo que es peor: miras las fotos del resto y taggeas a los amigos en común. Tus perversiones voyeristas empiezan a reflotar. Empiezas a publicar pensamientos. Luego links o videos y lo que se te ocurra que pueda ser interesante. “Viralizas”, porque ahora tu decides lo que es interesante para el resto. Tienes el poder de comunicar. Eres un medio. Pero te das cuenta que tu mensaje no está llegando a suficientes personas… entonces, abres tu cuenta en Twitter porque escuchaste que Soledad Onetto tiene más de 500.000 seguidores.

Te das cuenta que Twitter es otro mundo. Otros códigos. Aquí la consigna es ser breve, rápido y atingente. Tener la capacidad de expresarte en 140 caracteres. Caracteres, no letras: los espacios suman. Abres tu cuenta. Nadie te sigue. Empiezas a seguir. Buscas a tus amigos. A los famosos locales. A famosos internacionales. Sigues a Soledad Onetto y crees que eres su amigo, pero le escribes y no te contesta. Intentas escribir algo que sea una mezcla entre interesante y chistoso y te sale un “Hola twitterianos… akistoy po. Siganme los buenos”. Sigue sin seguirte nadie. Quizás tu mamá, que paradójicamente tenía cuenta antes que tú. Ves tu muro y como sigues a más de 500 personalidades no alcanzas a enterarte de nada. Te das cuenta que a muchos no valía la pena seguirlos. Les haces unfollow.

Un twittero influyente que te conoce, digamos Nicolás López, se apiada de ti y le comunica a su timeline que te sigan. Comienzan a seguirte 100 personas. Por algo es influyente. Te esfuerzas por decir algo inteligente pero cada vez más se parece a un diario de vida. Pierdes 15 la primera semana. Logras decir algo simpático. Te retwitean. Ganas 12. Empiezas a ver que cada vez más personas de tu timeline postean dónde andan y que están haciendo ahí. No te importa, pero quieres hacerlo también. Abres cuenta en Foursquare.

Lo primero que haces es crear tus lugares, porque es choro. Mi Casa. Mi oficina. Te das cuenta que otras personas tuvieron la misma brillante idea y con el mismo brillante título. Le pones otro nombre: la guarida de Maks. Ahora tu casa tiene 2 nombres. Haces check-in en ambas para sumar puntos. Decides que tu check-in es tan interesante que conviene publicarlo además en Facebook y Twitter. Te agregan amigos. Agregas amigos. Compites. Quieres tener más puntos que ellos. A donde vas lo primero que haces es hacer check-in. Te tenemos en tu oficina. Te tenemos en la Fuente Alemana. Te tenemos en la casa de los viejos. Incluso te tenemos en el semáforo de Vitacura con Padre Hurtado. Lo haces tan seguido que te transformas en el alcalde del semáforo.

Te sientes bien por esto, pero no lo suficiente. Quieres ser el alcalde de más lugares. De más semáforos. Cuando estas a punto de liderar el ranking, vuelve a cero. Descubres que son semanales. Pierdes tus puntos. Paralelamente Facebook desarrolla la misma aplicación; ahora debes decidir si hacer check-in en Foursquare o Facebook. Lo haces en ambos. Notas que cuando la gente se registra en el cine además le ponen nota a la película. Te gusta el cine, tienes que tener esa aplicación. Abres cuenta en Miso. Dices que estas viendo el tercer capitulo de la primera temporada de Breaking Bad. Le pones 4 estrellas. Lo lograste. Estás in. Pero no es suficiente, porque también lees. Libros. Navegas por si hay alguna aplicación que los incluya. Por alguna razón te parece de vital importancia comunicarle al mundo que estas leyendo HHhH de Laurent Binet. Encuentras GetGlue. Sumas puntos. Desbloqueas stickers. Eres mejor persona.

Por un video en Youtube de Juanita Ringeling atracando con un vidrio que un amigo publicó en Facebook, descubres que hay una nueva red social de la que no tenías idea: Huntcha. La buscas en Wikipedia. Nada. Abres tu cuenta. Te enteras que debes poner tus amores secretos y platónicos. Solo si ellos también te ponen a ti les llega un mensaje a ambos. Pones a Juanita Ringeling con la secreta esperanza que ella también lo haga. Te das cuenta que no te conoce. Agregas a otras que sí te conozcan. No tienen cuenta en Huntcha. Dejas Huntcha.

Te enteras por Twitter que se murió Chespirito. Lo retwiteas. Alguien te responde que es un hoax. Buscas hoax. Es una noticia falsa. No pides perdón ni corriges tu error: fue de otro primero, que él se haga cargo. Twitter no exige fe de erratas. Algunos, varios, se quedan con la impresión de que el Chavo descansa en paz. Ya se enterarán cuando se muera de verdad. Te preguntas si habría pasado lo mismo en los tiempos de Jesús y la resurrección. Decides no postearlo porque puede ser conflictivo. 5 segundos más tarde lo haces igual. No es conflictivo. O si. No lo sabes. Nadie responde. A nadie le importa.

Te das cuenta que vives en función de las aplicaciones. Nos sabes cómo parar. Tienes un deber ante tus seguidores. Aún no logras la masa critica para transformarte en un medio de comunicación. Escribes una columna en un medio digital.

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