La acalorada discusión sobre el reajuste del salario mínimo (SM) ha derivado esta vez en que incluso parlamentarios del mismo partido del Presidente no quieran aprobar el reajuste propuesto por el Ejecutivo. Esto no debiese sorprendernos, toda vez que es natural que los parlamentarios quieran “quedar bien” con la ciudadanía, demostrando su generosidad frente a las cámaras.
El problema de fondo es qué pueden hacer los gobiernos –y en particular los Ministerios del Trabajo y Hacienda- para estimular una discusión de calidad, basada en evidencia y menos en ideología, a la hora de decidir sobre instrumentos tan delicados, que tienen pros y contras, como el SM.
Lo primero, es manejar las expectativas sobre lo que el SM es realmente capaz de lograr. ¿No será mucho pedirle al SM que arregle de manera rápida los problemas de pobreza y desigualdad que no hemos sido capaces de atacar más decididamente en sus causas?.
Se entiende que exista cierta ansiedad por avanzar más rápido, pero los bajos salarios no se pueden eliminar de la noche a la mañana con una ley, siendo que más bien son un síntoma de una educación y productividad deficientes. No podemos caer en la tentación de querer bajar la pobreza por decreto.
Hay muchas cosas que no sabemos respecto de los efectos del SM. Ni la teoría ni la evidencia empírica es concluyente sobre los efectos que provoca subirlo. Pero sí sabemos, por ejemplo, que afecta proporcionalmente más a los trabajadores de más baja calificación, que sus alzas son restrictivas dependiendo de en qué fase del ciclo económico estemos, y que provoca efectos de “señal” en los otros salarios mediante la percepción de lo que es un salario “justo”.
Como no sabemos el efecto real que puede tener el SM en el desempleo, parte de la discusión se basa en discursos grandilocuentes asustando a la gente con que viene el lobo. Eso puede resultar una vez, pero no como una política permanente. Se nos ha dicho en el pasado que se viene una debacle si se toca el Código Laboral o si se aumentan los impuestos y el gasto fiscal. Y sabemos que eso no ha ocurrido.
Esta defensa “a ciegas” del status quo termina por mermar la credibilidad de quienes argumentan en contra del SM. No son pocos los empresarios que critican los aumentos del SM por sus efectos en el desempleo, cuando en realidad su genuina preocupación es muchas veces su propio bolsillo.
Asimismo, hay economistas que critican el SM en base a argumentos que son más ideológicos que técnicos, usando teorías y evidencia parcial y sesgada. Generalmente son los mismos que no les gusta cualquier tipo de intervención del Estado en mercados que para ellos son intocables, porque asumen que funcionan perfectamente. Lamentablemente los mercados no son necesariamente como en los cursos de primer año de economía, con competencia e información perfecta y agentes perfectamente racionales.
Lo paradójico del asunto es que muchos de los que defienden alzas desmedidas del SM caen en lo mismo que sus detractores. Defensas apasionadas pero generalmente irreales, ya que no toman en cuenta que una cosa es obligar a los empresarios a hacer cumplir la ley, pero una muy distinta es obligarlos a no despedir a sus empleados en momentos de crisis.
Todo esto nos debe llevar a ser cautos y balanceados a la hora de discutir sobre alzas en el monto del SM y cambios en la cobertura de la población afectada.
Para ello es indispensable avanzar decididamente hacia una institucionalidad independiente del gobierno de turno que fije el salario mínimo de acuerdo a parámetros objetivos, incorporando ajustes contingentes a la evolución esperada de la economía y/o el desempleo. Hemos avanzado una enormidad en esta línea en otros ámbitos de política pública, por ejemplo, en lo que se refiere a la política fiscal de Balance Estructural del Gobierno Central.
Temas relacionados con el mercado laboral son sensibles y generan pasiones fácilmente. Pero más todavía cuando la información existente es insuficiente para orientar la toma de decisiones. Es ahí donde el gobierno debiese poner sus fichas para la discusión sobre el SM el año próximo.
