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Santiago y los desafíos de la nueva ciudad vertical

Santiago y los desafíos de la nueva ciudad vertical Santiago y los desafíos de la nueva ciudad vertical

Y es que el Santiago de hoy no es el de 20 años atrás, cuando casi un 70% de la demanda por viviendas nuevas era por casas. La situación se invirtió y hoy más de un 70% prefiere vivir en un departamento bien ubicado -ojalá cerca del Metro- y no en una casa suburbana.

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Psicólogo de la Pontificia Universidad Católica de Chile y máster en sociología por la Universidad de Columbia. Se ha especializado en investigación en el ámbito de la sociología urbana y las dinámicas del habitar. Actualmente es gerente de desarrollo de Socovesa, unidad especializada en planificación y desarrollo territorial.

En el imaginario colectivo de los chilenos, Santiago se expande aceleradamente hacia la periferia, como una mancha de aceite, conformando una ciudad extensa, fragmentada y dispersa. Pero la última evidencia refleja todo lo contrario: en los últimos años, el área metropolitana inició un ciclo de crecimiento caracterizado por la densificación. Este fenómeno, al que denominamos Infilling, se traduce en una creciente demanda por vivir dentro del anillo de Américo Vespucio, borrando esa imagen noventera de la casa con un gran patio en los suburbios de Santiago, que se multiplicaba una y otra vez.

Y es que el Santiago de hoy no es el de 20 años atrás, cuando casi un 70% de la demanda por viviendas nuevas era por casas. La situación se invirtió y hoy más de un 70% prefiere vivir en un departamento bien ubicado -ojalá cerca del Metro- y no en una casa suburbana.

¿En qué minutó pasó esto? El infilling surge por la combinación de cinco grandes cambios que denominamos las 5T. La primera es la transición demográfica, o sea, el cambio de estructura de los hogares, ahora cada vez más pequeños y con segmentos como los divorciados, adultos mayores, madres solteras o estudiantes que viven solos, que prefieren la practicidad de un departamento. La segunda “T” son los tiempos de viaje, cada vez más largos y que incentivan a las personas a preferir ubicaciones cercanas a las oportunidades laborales y el equipamiento de la ciudad. Le sigue el temor y específicamente al temor a vivir en una casa, versus la sensación de seguridad y protección que da un departamento. Las dos últimas T son los terrenos -cada vez más escasos para desarrollar casas- y la transformación de políticas públicas, que incentivaron un regreso al centro de la ciudad.

Estos cambios naturalmente impactaron también nuestra forma de vivir la ciudad. En Santiago ahora se vive en altura, en comunidades verticales y en espacios más reducidos. Muchos barrios se reciclaron para recibir a estos nuevos habitantes. A los clásicos almacenes se les sumaron otras alternativas como grandes centros comerciales o strip centers. También se rentabilizó el tiempo inútil durante los viajes y muchos se subieron a la bicicleta u optaron por moverse caminando. Se suman los nuevos íconos de la ciudad densificada como el ascensor o el conserje -quien puede llegar a administrar la vida de 400 familias- enfrentando el desafío de gobernar esa vida en comunidad.

Como casi todo en la vida, hay beneficios y perjuicios de una ciudad que se ha ido compactando. La cara amable de este “nuevo Santiago” permite ahorrar tiempo y costos de transporte o ampliar las posibilidades de acceso a viviendas en barrios con equipamiento y buena infraestructura. Sin embargo esta densificación también ha desatado varias controversias como la construcción de edificios en barrios residenciales, el deterioro de zonas patrimoniales, conflictos de convivencia con vecinos, colapso de barrios por hiperdensidad y viviendas con metrajes mínimos.

Hacerle frente a estos problemas de forma equilibrada es el gran desafío que enfrenta Santiago y para lograrlo es fundamental un actuar coordinado entre el sector público, el sector privado y la sociedad civil. ¿La misión? Propiciar un desarrollo balanceado de nuestra ciudad, pensando en diseños armónicos, teniendo particular consideración por el entorno y por las comunidades. En otras palabras, hacer convivir el bien particular con el bien común. Santiago cambió y los santiaguinos también. El fenómeno del Infilling es el nuevo retrato de una capital que vuelve a reunir a todos en su centro, pero que deja una larga lista de desafíos para seguir avanzando hacia la ciudad que todos queremos.

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