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Opinión

¿Se acabó el holocausto?

¿Se acabó el holocausto? ¿Se acabó el holocausto?

"Pensé en los inmigrantes de mi país. Los judíos también lo fueron y también les dijeron lo mismo que a mis hermanos haitianos, colombianos, peruanos: vienen a quitarnos el trabajo a nosotros, los jaguares de América".

Janet Noseda

Por


Psicóloga. Magister en psicología clínica. Especialista en género y diversidad sexual.

El pasado abril estuve de viaje por Europa y visité Alemania y Polonia, donde se encuentra el campo de concentración nazi Auschwitz. En Alemania, el guía turístico nos contó que no sólo se asesinaron judíos, sino que uno de los mayores pueblos con más tasas de exterminio fue el pueblo gitano, donde casi se exterminó por completo, más del 90% fue exterminado. La causa de que judíos, gitanos, homosexuales, latinos y otros fueron asesinados fue debido a los prejuicios hacia estos pueblos. Yo siempre pensé que el holocausto no tenía nada que ver conmigo. ¿Cómo tendría algo que ver conmigo si yo vivía tan lejos y además, condenaba esta terrible historia? Sin embargo, en Berlín, cuando preguntaron cuántos de nosotros cruzábamos la calle cuando veíamos a una gitana, me sentí pésimo. Sentada en un monumento hacia las víctimas del holocausto, me di cuenta que yo también actuaba como los nazis. Yo también tenía prejuicios contra ciertos grupos. Yo también arrancaba de las gitanas porque pensaba que me iban a robar y eso me afligió muchísimo. No fue por Hitler que se cometieron esos horribles crímenes. Fue por los prejuicios hacia quienes consideramos diferentes a nosotros y lo que más me angustió, fue darme cuenta que siglos después, el mundo sigue con estas ideas. Pensé en mi país, Chile, donde muchas personas creen que lo “natural” es el amor entre un hombre y una mujer, tildando de anti naturales a los homosexuales. Esa es una idea absolutamente nazi, ya que ellos sustentaban sus discursos en la selección natural y en general, en ideas de “la naturaleza”. Sentí vergüenza y dolor.

Cuando visité Auschwitz, mi corazón se contrajo. Es una especie de fundo, donde se entra por unos portones que en alemán dicen: “El trabajo los hará libres”. Esto, ya que se les decía a judíos, homosexuales y gitanos que iban a un lugar a “trabajar”, donde recibirían salarios y comida. Al llegar con sus valijas, se las arrebataban, al igual que joyas y objetos de valor y vestían uniformes a rayas grises. Hay pequeños edificios donde los prisioneros dormían en literas pequeñísimas. Durante el día trabajan horas y horas cultivando y cosechando comida para los alemanes y recibían como comida una sopa de verduras podridas, por lo que no era raro que por las paredes de las literas corriera diarrea por las noches. Todo se les arrebataba, incluso el cabello. Vi una sala con una verdadera montaña de cabellos humanos, que eran usados para tejer frazadas para los nazis. Lo único que podían traer consigo era una cuchara, la cual si la perdían, debían comer con sus manos. Por eso, llevaban colgando su cuchara como collar en el cuello. Quienes vivían en el campo de concentración, era quienes podían trabajar. Mujeres y niños entonces, eran enviados de inmediato a las cámaras de gas, un método de exterminio que era barato pues podía matar a cientos con sólo un producto. Sus cuerpos, eran incinerados, sin antes arrancarles los dientes de oro o cualquier cosa del cuerpo que se pudiera utilizar.

Mientras caminaba por Auschwitz, con las lágrimas corriendo por mis mejillas en una tarde fría con mucho viento, pensaba con vergüenza acerca de la raza humana y de cómo nadie nos puede asegurar que esto no se pueda repetir. Pensé en mi país, en las frases homofóbicas, en las leyes que nos dicen “lo mejor es ser heterosexual”, en donde sólo se pueden casar hombres con mujeres, a pesar de que homosexuales pagan iguales impuestos y tienen los mismos deberes. Pensé en cuantas veces crucé la calle arrancando de gitanas y de cuantos prejuicios había en mi. Yo, la que creía era tan humana… pensé en los inmigrantes de mi país. Los judíos también lo fueron y también les dijeron lo mismo que a mis hermanos haitianos, colombianos, peruanos: vienen a quitarnos el trabajo a nosotros, los jaguares de América. Vienen a contagiarnos sus enfermedades y sus malas costumbres. Entonces me senté y lloré amargamente. El holocausto no había terminado y yo también tenía la culpa, porque era parte de una sociedad homofóbica, racista, xenófoba. Recordé las veces en que dije en las redes sociales algo en contra del holocausto y no faltaba el que me respondía “¿y lo que le hacen los judíos a los palestinos?”. ¿Qué me estaban diciendo?, ¿qué se merecen haber pasado por ese infierno?. ¿Cómo es posible que no hayamos aprendido nada?

Cuando volví a Chile, me encontré con que había un brote de lepra y que le estaban echando la culpa a los haitianos. Misma historia que en la Alemania nazi, donde se culpaba a los judíos de enfermedades, de quitar el trabajo a los alemanes, etc. En Europa me pegué un virus muy raro, en donde se me infectó la mitad de la nariz durante dos días y después desapareció. Pero claro, quien iba a pensar en culpar a los grandiosos europeos de haberme contagiado su virus.

Creo que haber visitado Auschwitz cambió mi vida. Entró una persona por esos portones y salió otra. No es necesario que todos viajen a Auschwitz para ser mejores seres humanos. Basta con leer de historia y conocer las creencias nazis de aquel tiempo y reflexionar llevándolo a nuestras propias vidas, ¿cuánto de estas ideas tengo yo?

A través de este escrito abrazo a los gitanos de mi país, a mis hermanos haitianos, colombianos, peruanos, bolivianos y judíos y les pido de todo corazón… disculpas.

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