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Tiempo de cerrar

Se acerca a paso rápido el aniversario de la accidente del Casa 212 en Juan Fernández. Una fecha en la que no hay nada que celebrar, porque, con el paso de los meses, no dejo de pensar todos perdimos algo irremplazable ese 2 de septiembre de 2011. Y que todavía hacemos equilibrio para rearmar el espíritu después de ese día.

Millones de chilenos perdieron a esa figura con la que comenzaban el día. Cientos de afectados en el terremoto, vieron partir al hombre que les devolvió las esperanzas y a parte de su equipo. Y en la intimidad de sus casas, cada familia de las víctimas todavía llora la pena de no tener cerca a sus seres queridos.

Desde ese momento, como en todo duelo, hemos sido espectadores de un proceso doloroso y largo. La búsqueda de razones y de culpables. La aparición de fallas y de fenómenos del clima que dieron un revés a un viaje común y corriente. Las querellas, las acusaciones, una larga investigación para explicar algo tan inexplicable como la muerte.

Todos perdimos algo ese 2 de septiembre de 2011.

Pero sin duda los más cercanos a los 21 pasajeros del fueron quienes más perdieron y todavía hoy tratan de armar las piezas de este eterno rompecabezas para dar consuelo a su alma.

La tradición judía dice que cuando alguien cercano muere, es importante hablar de esta persona, recordarla, tenerla presente cada día para que pueda partir en paz. Es curioso que sin seguir ninguna regla, este año que ha pasado ha sido un constante recordar de los que partieron.

Los homenajes han sido desde los más sencillos y simbólicos hasta aquellos que han reunido a localidades completas. Por supuesto que los quioscos siguen con sus afiches de Felipe Camiroaga a la venta, y que estos días, próximos a este triste aniversario, a todos se nos encoge un poco el corazón de recordar que gente buena, gente que viajaba con un objetivo noble, perdiera la vida.

Nunca habrá suficientes explicaciones, y a pesar de que la justicia dictamine alguna culpa, eso tampoco sanará las heridas abiertas. Es cosa de tiempo, es cosa de fe, es voluntad de cerrar los procesos para dar espacio a otros nuevos.

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