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Opinión

¿Todos “fachos”…?

¿Todos “fachos”…? ¿Todos “fachos”…?

"Extraño profundamente a la democracia progresista, a la social democracia que pretendía el capitalismo social, el que sólo es posible desde la integración de las ideas y desde la capacidad para ponerlas en acción".

Guillermo Bilancio

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Licenciado en Administración de la Universidad de Buenos Aires. Doctorando en Ciencias Económicas, Universidad de Buenos Aires. Ha realizado el curso de Postgrado en Estrategia y Dirección General en la Universidad de Buenos Aires.

Hace pocos días conversaba con un entrañable amigo de la infancia, profesional destacadísimo, con el que tenemos algunas diferencias ideológicas pero que podemos conversar gracias al afecto de nuestra sincera amistad.

Comentábamos acerca de las opiniones vertidas por Noam Chomsky al periódico El Economista (México) acerca de la situación deplorable de Venezuela y mi amigo me remarca que el periódico, tendenciosamente, enfatizaba en que Chomsky es “izquierdista”. Asimismo, y en la misma conversación, manifiesta haber escuchado al “facho” Jaime Bayly, que proponía a la sociedad venezolana continuar con la lucha en las calles.

¿Qué es ser “facho”?
El término, utilizado en esta parte del mundo, es un apócope de fascista que tuvo su apogeo en tres momentos en los últimos 50 años. En los años 70 con los primeros vestigios de la revolución latinoamericana, en los comienzos de los 80 con el retorno a la democracia después de las terribles dictaduras militares. Recuerdo en La Argentina a Raúl Alfonsín como paladín en este tema. Y vuelve con fuerza en esta revolución bolivariana, algo así como la revolución 2.0, que retomó el concepto como parte de un relato alucinante que intentaba separar a quienes eran revolucionarios y progresistas de los que representaban al conservadurismo de derecha.

Esos líderes revolucionarios 2.0, muy diferentes a los sententistas desde la posibilidad de hablar de la revolución desde un Audi, con carteras Louis Vuitton ó relojes importantes, pasando por negocios con Odebrecht y otros, son los que intentaron desde la fábula marcar la diferencia con lo que llamaron “derecha recalcitrante” y, lógicamente, “Fachos golpistas”.

Está claro que el conservadurismo de derecha no es progresista. A las barbarie de las dictaduras y a la corrupción de los gobiernos latinoamericanos (Menem, Collor de Melo, Carlos Andrés Pérez, entre otros), hay que considerar sus ideas discriminatorias frente a temas como la diversidad social, sexual, la educación y la salud para todos, la equidad y otras tantas banderas que exige esta modernidad y que definen a la derecha como un espacio que da de comer pero que no invita a su mesa.

Pero eso no significa que del otro lado de la grieta, la supuesta izquierda revolucionaria no tenga un sesgo fascista.

El desconocer la diversidad de opinión, el cercenar a la prensa en algunos países (Venezuela) y el de elegir a que prensa hablar y a que prensa denostar (Argentina, Ecuador, Brasil, Uruguay), tildar a la oposición de reclamar desde el golpismo, son también indicadores de un estilo poco democrático.

Claro, para la izquierda revolucionaria 2.0 hay una sola democracia (Cuba es el ejemplo aglutinante) que supuestamente está basada en su ideología supuestamente progresista.

Porque la izquierda revolucionaria 2.0 dice trabajar para el pueblo, pero sabemos que sólo trabaja para sus propios intereses alrededor de una única ideología en un mundo que necesita integrar ideologías. Y esos intereses tienen que ver con el fanatismo, y con la recreación de una fábula que distrae mientras desde el poder la riqueza se distribuye para unos pocos iluminados.

Pero es curioso. Aún así, la sociedad busca en este espacio de izquierda todo lo que le falta para logra bienestar económico y social. Y cuando eso no sucede, surge algún representante de la derecha recalcitrante pero pragmática que es elegido por pragmatismo y que, según los ideólogos de la izquierda derrotada, surge como el “menos peor”. Le sucedió y le sucederá a Piñera, a Macri, a PPK en Perú. Y en parte puede ser cierto, ya que tanto pragmatismo exige resultados de corto plazo y eso no se logra facilmente por estos lados. Por eso los gobiernos “de derecha” son transitorios.

Para la izquierda revolucionaria 2.0 el relato es la realidad, y son “tontos” ó ignorantes los que no coinciden con ese relato.

Eso también los pone en un lugar de fascismo. Querer la homogeneidad sin permitir la diversidad, porque la diversidad la controlan desde la posición de poder.

Extraño profundamente a la democracia progresista, a la social democracia que pretendía el capitalismo social, el que sólo es posible desde la integración de las ideas y desde la capacidad para ponerlas en acción.

Sólo necesitamos una revolución que nos lleve a compartir y no a discriminar al otro.

De lo contrario, seremos eternamente “fachos” de un lado y del otro.

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