Sábado, 25 de mayo de 2013

Todos quieren que vuelva Bachelet (II): La urgencia de una nueva alternativa

/ Agencia Uno/ Agencia Uno

Debemos evitar la cooptación para la clase dominante y privilegiada, desde la unidad y amplitud, teniendo la capacidad de representar el malestar social de las mayorías que piden transformación y chocan con una democracia antipopular y un mercado deshumanizante, mediante la construcción de camino propio, con una política no en esencia electoralista, pero para un año formalmente electoral.

(Lee Todos quieren que vuelva Bachelet (I) acá)

Como se señala en la primera parte de este documento, el 2013 tiende a ser adverso para los sectores y actores sociales y políticos en formación. Será un año de oportunidades y decisiones para los chilenos que han roto con el conformismo e inmovilismo de las últimas décadas, pero también podrá servir a la recomposición espuria de la política tradicional y sus cuestionadas legitimidades, haciendo muy difíciles las posibilidades de avance y ensanchamiento de la organización de carácter transformador.

La amenaza de que el 2013 silencie el 2011 y a sus fuerzas transformadoras que lograron fisurar los mecanismos convencionales de representación de la clase dominante, es fuerte. La posibilidad de que las expresiones políticas ya conocidas, que fueron insuficientes para representar e incluso contener el descontento acumulado en las distintas generaciones de chilenas y chilenos en 2011, vuelvan a ser las únicas alternativas es un escenario a transformar.

Lo que se ha propuesto por parte de la transición no ha generado los resultados esperados, el Chile actual es más desigual que antes, a pesar de que en términos absolutos seamos menos pobres y tengamos un producto interno bruto e ingreso per cápita mayor. La frustración ha minado la confianza de chilenas y chilenos hacia las instituciones orientadas a mediar las tensiones de la sociedad, y por lo mismo era de esperar que ésta no se canalizara por los medios habituales y terminara reventando por otro lado. La política tradicional, el Congreso, los medios de comunicación, la Iglesia, las Fuerzas Armadas, entre otras instituciones, no procesan de forma suficiente todas las frustraciones y malestares que han tocado techo en la mayoría de las familias chilenas.

El 2013, a diferencia de los anteriores, presenta una característica especial: es año de elecciones presidenciales. Esto implica que el escenario estará marcado por las ofensivas que desplieguen los principales conglomerados políticos en torno a las elecciones. Iniciativas que buscarán apropiar la representatividad de este malestar social marcando una fuerte separación entre lo social y lo político, atribuyéndose la facultad de procesar y resolver los conflictos, excluyendo de ello a cualquier otro actor o sector contrario que tenga vocación política. Su espíritu será “los movimientos sociales se han encargado de explicitar los problemas de Chile y ahora nos toca a nosotros resolverlos”. Este límite no sólo le interesa marcarlo a la Alianza sino que también, y especialmente, a la Concertación, que entiende que cerrar el debate presidencial conteniéndolos es cerrar la más importante coyuntura postdictadura sin sustantivos cuestionamientos al modelo.

Esto hace prever un 2013 en el que el movimiento social lejos de ensanchar sus espaldas tendrá como tarea fundamental no perder las trincheras cavadas durante estos dos años. Sí, mantener la autonomía política, la cohesión ideológica y el estado de movilización que fueron tareas complejas el 2012, y que este año serán cualitativamente más arduas. Sin embargo, en el peor momento de la política tradicional en años, cuando se hacen más evidentes las grietas del poder, los bloques políticos dominantes entienden que no pueden perder esta elección. Un eventual triunfo de la Alianza dejaría un amplio sector social que después de 2014 puede engrosar y transformarse en masivas movilizaciones sociales, que sin ese apoyo se reducen al universo de los “conscientes” y “convencidos”. Esa es la carta que está jugando Camilo Escalona: “Bachelet o el caos”, y le ha resultado.

Ante esto, las voces internas de la oposición que apuestan a disputar los contenidos del “programa” político (por ejemplo, la incorporación o no de la Asamblea Constituyente) o su “carácter” (más o menos democrática, con o sin primarias) no son capaces de imprimirle una conducción política diferente, por cuanto están obligados a moverse dentro de los marcos del “plan Bachelet”.

Asimismo, desde el terreno parlamentario han podido sumar a un conjunto importante de la izquierda y dirigentes sociales en la centralidad de “todos contra la derecha”, y a pesar de algunos de ellos, “un Congreso para Bachelet”. Ello les ha permitido prescindir de actores que pretenden redefinir el rayado de cancha impuesto, dejando las puertas abiertas a quienes cooperen con oxigenarla.

Qué hacer
Ahora bien, cómo avanzar bajo un escenario tan desfavorable para la mayoría de la sociedad abatida por las deudas, el abuso, las promesas incumplidas, la deshumanización del mercado y un Estado que no garantiza los derechos básicos; pero tan favorable para la élite, que se encuentra interpretada en la política tradicional actual, el empresariado, los grupos de poder, y que hoy con Michelle Bachelet ve la posibilidad de proteger sus intereses, tan bien representados en los “conflictos de interés”[1], y cerrar el escenario para impedir la emergencia de nuevos actores.

Primeramente, entendiendo que la lucha por otro Chile no se detiene sólo en la educación, sino que sigue avanzando y materializándose en contradicciones del día a día de la mayoría de Chile; y mientras esa mayoría no esté en las calles, mientras el statu quo no se sienta amenazado, esos conflictos de interés van a seguir presentes en los círculos de poder en los que habitan o transitan los conglomerados políticos.

Sobre esa base debemos enfrentar este escenario, ante el tensionamiento, intentos de cooptación e invisibilización a los que nos veremos sumidos en 2013. Esto se debe hacer visualizando aquellos conflictos de interés que demuestran la descomposición al interior del bloque dominante, posibilitando la emergencia en la política de nuevos sectores.

El desafío entonces para la Izquierda no pasa por robustecer una expresión progresista del neoliberalismo como es la Concertación. Al contrario, es necesario horadar y limitar sus amplios grados de determinación que tiene en el escenario político, a través de una táctica unitaria que contemple amplitud y que ponga en el centro del debate presidencial los conflictos sociales de los últimos años, especialmente el educativo.

En segundo lugar, comprendiendo que la legitimidad social con la que corre Michelle Bachelet tiene su explicación en diversos acontecimientos del último tiempo, entre ellos el descrédito del gobierno de Sebastián Piñera, la desvergonzada representación parlamentaria y por sobre todo el “piso” que le ha otorgado la élite empresarial; su figura aparece como una reedición de la historia chilena[2]. La mayoría organizada debe crear a su favor un margen de acción que no permita su absorción por la tendencia del bacheletismo, y que le escenario no se cierre sin fisuras, con el fin de proyectar su emergencia en el ciclo largo de la política.

En este orden de ideas, no puede haber un 2013 sin un 2011 tanto en sus demandas como en sus actores. Debemos evitar la cooptación para la clase dominante y privilegiada, desde la unidad y amplitud, teniendo la capacidad de representar el malestar social de las mayorías que piden transformación y chocan con una democracia antipopular y un mercado deshumanizante, mediante la construcción de camino propio, con una política no en esencia electoralista, pero para un año formalmente electoral, que busque avanzar en la crisis de la política tradicional, forjando una nueva alternativa, una nueva fuerza. No para rejuvenecer la gobernabilidad neoliberal de Pinochet, sino para que en este nuevo ciclo de luchas nazca una nueva alternativa con arraigo en las fuerzas sociales en organización.

Que la educación deje de ser un bien de consumo, que la salud esté en plan de concesión permanente para los privados, que las pensiones y la vivienda dependan del ingreso de cada chileno, así como el acceso y la producción del arte, la información, la cultura y el conocimiento, no es algo que recién se pueda hablar “en marzo”. Viene gestándose y deberá seguir produciéndose desde las fuerzas vivas que en este país no toleran más la forma de vivir que se nos ha impuesto desde el 1% hacia el 99% de la población.

Es este sentido la disputa en el campo electoral es otro escenario de lucha para las fuerzas emergentes o populares. Tan válido como la calle. Y nos permite, de cara al país, seguir construyendo un nuevo Chile.

 

 

 

 

 

Nataly Espinoza Salomón, Ex Presidenta Federación de Estudiantes de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, 2010-2011, militante de Izquierda Autónoma.

Daniela López Leiva, Ex Presidenta Federación de Estudiantes Universidad Central, 2011-2012, militante de Izquierda Autónoma.

[1] Desde la educación, el 2011 evidenció los serios conflictos de interés de quienes toman las decisiones del país -desde quienes deciden dentro de los partidos políticos actuales, por lo tanto desde el gobierno y la autodenominada oposición- siendo dueños de universidades, intentando blanquear el lucro para no prohibirlo. Ejemplo de ello, la UDI en la Universidad del Desarrollo y la Democracia Cristiana en la Universidad Miguel de Cervantes, entre otras. Nos parece relevante hacer esta apreciación para develar que hoy detrás de Bachelet y su discurso ciudadano todavía sigue existiendo la élite político/empresarial cerrada del periodo de la transición que quiere cerrar la puerta que el 2011 se abrió.

[2] Dejamos en evidencia que la mayor debilidad de Michelle Bachelet es la propia concertación, deslegitimada socialmente y “castigada” en las últimas elecciones presidenciales, donde la mayoría optó por un “cambio”. Sin embargo, esa misma mayoría -más los sectores que se involucraron en la política- dan cuenta que ese no era el cambio esperado, y por lo tanto, es necesario volver al punto cero para evaluar cual es la verdadera historia que se quiere escribir.

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