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Opinión

Tomorrowland

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La película dura más de dos horas, pero no se sienten. Con muchos efectos especiales y secuencias al estilo de los videogames, los abuelos tenemos que acostumbrarnos a tecnologías que nuestros nietos manejan perfectamente, porque ya existían cuando ellos nacieron.

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Profesor de Estado (Universidad de Chile), Doctor en Filosofía y Doctor en Materias Literarias (Universidad de Florencia, Italia). Se ha dedicado a la filología medioeval y humanista, dando especial importancia a Dante, Petrarca y Boccaccio sobre los que ha escrito numerosos libros y ensayos. Ha traducido al castellano textos de cronistas florentinos que vivieron en América en los siglos XVI y XVII. También ha publicado libros de historietas de dibujantes chilenos.

Como he señalado repetidas veces, hace tiempo que estamos siendo bombardeados por películas distópicas en serie: Los juegos del hambre, Divergente, Maze Runner, El dador de recuerdos. Han quedado atrás las adaptaciones 1984, de Un mundo feliz o de Soylent Green (Cuando el destino nos alcance). Ahora no cabe duda que el destino del planeta Tierra está escrito y que la actual civilización resultará destruida, con la supervivencia de un grupo privilegiado que tendrá todo el poder y que programará genéricamente a las futuras generaciones.

Por ello resulta gratificante que esta película – que tiene un corte familiar y originalmente tenía como título 1952 – presente una visión optimista, basándose en la creatividad y la iniciativa de los niños. Porque Frank Walker (George Clooney) fue niño (interpretado por Thomas Robinson) y – como inventor – llevó un aparato propulsor a la Feria Mundial de 1964, pero éste no fue aceptado por el misterioso seleccionador de los inventos (Hugh Laurie). Sin embargo, conoció a Athena (Raffey Cassidy), una niñita que le regaló un “pin” que habría de cambiar para siempre su vida.

Para los que ahora tienen más de 60 años, Disneyland era un lugar maravilloso e inalcanzable, ubicado en California, y dividido en varios sectores, cuyos principales eran: Adventureland, Frontierland, Fantasyland y Tomorrowland. Un programa de televisión mostraba a Walt Disney cada semana presentando cada una de ellas. Recuerdo perfectamente cuando mostró (en blanco y negro) el montaje animatrónico (otra novedad Disney) que llevaba por título “Es un pequeño mundo” y que había sido montado para la New York World’s Fair. Ahora está en Disneyworld de Miami, pero el pequeño Frank, en la película, lo ve recién instalado.

La otra protagonista es Casey Newton (Britt Robertson), una adolescente capacitada en tecnología y que trata de evitar que su padre pierda su trabajo en Cabo Cañaveral. Por un intento de sabotaje termina en prisión y, entre las cosas que le devuelven, está un “pin” que – al tocarlo – la traslada a otro mundo: precisamente Tomorrowland (como la imaginaria creación de Disney).

Se reunirá con un Frank envejecido de 50 años (no sólo en su aspecto físico, sino también en sus ilusiones) para empezar una aventura que no voy a relatar aquí.

La película dura más de dos horas, pero no se sienten. Con muchos efectos especiales y secuencias al estilo de los videogames, los abuelos tenemos que acostumbrarnos a tecnologías que nuestros nietos manejan perfectamente, porque ya existían cuando ellos nacieron.

Valga la ya repetida reflexión: ¿Qué mundo estamos dejando a las futuras generaciones? Si seguimos así, ¿habrá futuras generaciones? Y la respuesta, tal vez, podría ser paradojal: es el hombre el que quiere que así sea.
(Tomorrowland. USA, 2015)

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