Miércoles, 16 de abril de 2014

Tufo a represión

Incidentes

Da rabia. Y mucha. Porque más allá de que pareciera haber autoridades con altos niveles de saudade por los tiempos de dictadura, resulta que el control social tiene consecuencias sumamente negativas: es enemigo de la creatividad, del arte, del emprendimiento, de esa pequeña locura que lleva a inventar, a hacer, a mejorar la ciudad y el mundo en que vivimos. Otro punto en contra, de tantos, que nos mantienen muy lejos de convertirnos en un país desarrollado.

Algo raro huele en el aire. Puede ser que la suma de algunas anécdotas lamentables y un par de leyes extremistas se hayan juntado en un breve lapso de tiempo y todo sea, en realidad, fruto del azar. Pero somos varios los que tenemos la impresión de que no es así. De que el aroma que se siente en Santiago y en otras partes de Chile tiene marcada con negrillas la erre de represión.

No me refiero a la imposición de la fuerza que han tenido los organismos del Estado para enfrentar las manifestaciones de los estudiantes y de pueblos completos, como Aysén. Eso es evidente y no es necesaria una columna para señalarlo con el dedo. Me refiero a una represión mucho más sutil, que no ocupa gases lacrimógenos ni lumas, pero que paulatinamente se ha ido tomado las áreas públicas y la legislación.

Vamos a los argumentos. Si usted pensaba que la nueva Ley de Alcoholes era parte de “un peligroso aire puritano que recorre nuestro país estos días”, como escribió Andrés Benítez en su columna de La Tercera, la fiscalización que entrará en vigencia en algunos meses más lo terminará de sacar de quicio: se conoce como el “Narcotest”, o sea, la medición del consumo de drogas en conductores.

Un examen que, al evaluar la saliva a través de una lengüeta, permitirá identificar si hay presencia de marihuana, cocaína, pasta base, metanfetaminas y éxtasis. ¿Lo peor? Si usted se fumó un pito el martes y lo controlan el viernes, es posible que no haya terminado de metabolizar el THC y tenga que pagar las penas del infierno por algo que hizo varios días atrás en la más absoluta privacidad de su hogar. O sea, ya no se puede fumar cigarrillos en ningún lado, ni se le ocurra manejar si tomó más de una cerveza y olvídese de tomar el volante si estuvo escuchando a Pink Floyd en la semana.

¿Algo más? Mucho. Tomemos el caso del contrabajista que tocaba piezas de Bach en las calles de Viña del Mar para financiar sus estudios en el Conservatorio. A mediados de febrero, cuatro carabineros le sacaron un parte por ruidos molestos. Tal como lo lee. ¿Caso aislado? Para nada. Le pasó lo mismo a un organillero que, en cincuenta años, jamás había tenido un problema de este tipo.

Hasta el 19 de febrero, cuando una pareja de carabineros lo multó en el Barrio Lastarria por carecer de permiso para el comercio ambulante y haber sido denunciado por ruidos molestos. Y eso que el Ministerio de Cultura considera a los organilleros “patrimonio vivo”. Para seguir con la cosecha de represiones veraniegas, está el caso de Grito Bikes, una tienda de bicicletas ubicada en Condell con Marín.

En enero recibieron una multa de dos millones de pesos por pintar un precioso mural en su fachada. Aunque se trata de una evidente contribución a la estética de la capital (googléelo si no me cree) y a pesar de que el nombre de la tienda está en una esquina del dibujo, la Municipalidad de Providencia no encontró nada mejor que castigarlos por “hacer propaganda y publicidad” con esa altísima suma de dinero y con la obligación de borrar todo lo pintado.

Conversando con David Assael, cofundador de Plataforma Urbana, Plataforma Arquitectura y uno de los hombres que más saben de la mayor urbe de Chile, me enteré de otro caso que también sucedió este verano recién pasado. Dos artistas que habían decorado un árbol del Parque Forestal con cientos de elegantes y lindísimas grullas (origamis con forma de pájaro), tuvieron que soportar la presión de carabineros que intentaron disuadirlas de su acción de arte.

Son las mismas que la semana pasada decoraron el Puente Peatonal Condell con varias miles de grullas, logrando un espectáculo visual de antología, y que en todo momento estuvieron esperando que alguien, ya sea carabineros, guardias municipales o inspectores, vinieran a molestarlas, multarlas o amenazarlas.

Da rabia. Y mucha. Porque más allá de que pareciera haber autoridades con altos niveles de saudade por los tiempos de dictadura, resulta que el control social tiene consecuencias sumamente negativas: es enemigo de la creatividad, del arte, del emprendimiento, de esa pequeña locura que lleva a inventar, a hacer, a mejorar la ciudad y el mundo en que vivimos. Otro punto en contra, de tantos, que nos mantienen muy lejos de convertirnos en un país desarrollado.

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