Viernes, 24 de mayo de 2013
Elisa Browne

Desde la butaca

Blog de Elisa Browne

Tus deseos en fragmentos

/m100.cl/m100.cl

La vida misma es un museo con sus múltiples salones que hay que recorrer. Este universo se da también en cada persona. El espacio escénico está lleno de rincones que nos invitan a descubrir y que nos revelan algo del alma humana.

Tengo vagos recuerdos de la obra “Tus deseos en fragmentos” del director Ramón Griffero cuando la estrenaron en el 2003. Si me acuerdo que en ese entonces era una estudiante de teatro y que Griffero era referente obligado a conocer. También recuerdo la intensidad de las actuaciones de Sebastián Layseca y Paulina Urrutia, únicos actores que se repiten el plato esta vez. Y de una estética absolutamente particular dada por un tratamiento espacio-temporal matemático y reflexivo.

Todas estas características no han cambiado en el reestreno que Griffero hace en Matucana 100. Nos enfrentamos ante 5 actores que dialogan con el público y nos hacen participar de un texto rico en poesía y lleno de imágenes que debemos crear en nuestra mente. La escenografía ubicada al final del escenario a modo de pared conceptual, delimitan el espacio y marcan una nueva zona de imágenes espacio-temporales. Este limbo juega también con la iluminación convirtiéndose en diversos cuadros plástico-visuales.

Griffero juega todo el tiempo con la composición de los cuerpos en el escenario. Esto intensifica la idea del museo interno que menciona uno de los personajes. Finalmente la vida misma es un museo con sus múltiples salones que hay que recorrer. Este universo se da también en cada persona. El espacio escénico está lleno de rincones que nos invitan a descubrir y que nos revelan algo del alma humana. La obra misma es un laberinto que se nos invita a recorrer a través de los cuerpos de los actores en el escenario, de los diálogos, de las luces, de la escenografía, de la música y las emociones. Tiene sentido entonces que la obra no tenga una estructura lineal de acontecimientos sino que sea un puzzle que el propio espectador debe armar a su antojo.

Durante toda la obra existe una atmósfera onírica, a veces fantasmagórica, que se funde con el accionar presente de los actores. No sabemos si lo que vemos son deseos, fantasías o experiencias de estos personajes sin nombre. Lo que vemos son fragmentos de humanidad en todas sus dimensiones, tanto corporal como espiritual. Así temas como la sexualidad, muerte, soledad, marginalidad, frustración, amor, ingenuidad, tecnología se esbozan a través de los textos y las relaciones que forman los propios actores entre sí. Relaciones donde siempre prima la expectativa, el deseo de querer compartir de una manera determinada con alguien que se ve siempre frustrado por las expectativas de un otro en cuanto a esa relación. La imposibilidad de que las relaciones de pareja sean el chivo expiatorio de una existencia marcada por el drama de nuestra propia finitud. Deseos quebrados por la realidad del presente. La complejidad misma del ser humano.

Los 5 actores nos ayudan a seguir este imaginario artístico a través de la energía, fuerza y pasión que despliegan en el escenario.

Una vez más Griffero nos demuestra porqué es uno de los grandes de la escena nacional.

Comparte

Otras columnas de Elisa Browne