Fuerte ha sido enterarse por la prensa el nivel de corrupción sucedido en algunos Municipios de Chile, creo que la imagen del alcalde de Arica saliendo esposado de la Municipalidad es decidora y muy fuerte. Hasta el gato estaba metido en algo, no hay nadie que se salve, ni funcionarios ni autoridades.
En Hualpén también hay novedades, y tampoco son muy positivas. Ya lo dijo el Presidente de la Asociación Chilena de Municipalidades, han llegado reformas y modernización al Poder Judicial y a muchos entes del sector público, pero no para las Municipalidades, las que a todas luces necesitan un nuevo estatuto, mayor transparencia y mejor remuneración de sus funcionarios o al menos igualarlos con los de la administración pública.
Todo esto, combinados con una incremento de dos millones de pesos a los Honorables del Senado y con un país que cada día condena más a la política y a sus integrantes por sus vicios.
Los análisis son más bien claros, todos llegan al mismo lugar: la gente se hastió, ya no busca en la política una solución y prefiere salir a la calle. Los casos de Magallanes, Aysén y Freirína son sólo un síntoma de lo que ocurre. Para un ciudadano normal, la política no calza en su vida diaria.
Las personas piensan en llegar a fin de mes con su sueldo, en su hijos, en las cuentas, en el trabajo, en la familia, en el mall, en sus preocupaciones diarias, pero no en política, ni menos en elecciones, ya que la sienten ajena, un mundo de privilegiados que se cuidan entre ellos, que no trabajan por el país y que más encima hay que pagarles un sueldo millonario.
¿Que se vayan todos?. No es una solución, no podemos extirpar la política y olvidarnos de ella: seguimos necesitando de políticos para conducir el país, y eso es una realidad. La pregunta es qué clase de políticos queremos? Probablemente algunos de los que están ahora debieran irse derechamente para su casa, otros reinventarse y la fe está puesta en una nueva generación que, con aire fresco, se enfoque más en el Chile de éste siglo, y mirando hacia adelante.
Para volver a generar un nuevo trato entre la clase política y la ciudadanía, es necesario y se hace imperioso en primer término salir a la calle. Lo que implica estar con las personas, caminar por los barrios, tocar puertas, escuchar, que te conozcan y recibir también un par de retos de gente hastiada con lo mismo de siempre. Pero si no te ven, si no hay calle, es imposible que confíen en ti, en tu discurso y tus buenas intenciones.
En seguida, se acabó la política de las grandes promesas, ya que al no cumplirse generan mucha frustración en las personas y por ende una desafección total con la política, agregando a ello la profecía autocumplida clásica de los chilenos: te lo dije. Es preferible ir cumpliendo de a poco, ir generando resultados de pequeñas batallas, es la única manera de volver a encantar, de generar confianzas para poder exigir un esfuerzo del votante y que de esa manera puedan ir evaluando tu rendimiento paso a paso.
La política del escritorio está de salida. Si las personas no ven un cambio, tanto en los partidos como en los mensajeros de la política, es probable que sigamos volcados en la calle y que los problemas de orden público se hagan pan de cada día. La consecuencia, a la larga, es que nuestras instituciones, nuestros representantes y todo aquello por lo que trabajamos cuando recuperamos la democracia se desmorone y se nos caiga a pedazos.
Los políticos debemos proteger nuestro régimen democrático ya que su fundamento no se basa ni en el número, ni en el sufragio, ni en la representación, sino en la participación de las mayorías en su destino y en las instituciones nacionales. Ese es un deber moral que le debemos hoy a ésta y a la próxima generación de chilenos.
