Martes, 21 de mayo de 2013

Una caída en bicicleta

/ Agencia Uno/ Agencia Uno

Un amigo me dijo: Todos sufrimos una caída fuerte en la vida, lo interesante, es levantarse. Espero de corazón que ésta haya sido. Una historia sobre ponerse de pie y volver a pedalear.

                                                                                                                                                                                                                                           Por Patricia Vargas

Había escuchado algunas historias divertidas y otras no tan serias, sobre caídas en bicicleta. Por lo general se trataba de eventos en ciclovías con autos mal estacionados, peatones imprudentes, espejos irrumpiendo el paso de ciclistas y ciertas condiciones etílicas no recomendables.

No había oído historias de accidentes terribles que le hubiesen sucedido a amigos cercanos. Formaban parte del mito.  Un par de domingos atrás, cruzando la Alameda por un lugar donde no debí hacerlo, sufrí una de aquellas.

Era mi primera vez cruzando la Alameda de noche, iba acompañada, y cumplía un año desde que aprendí a pedalear. Íbamos rápido, contentas luego de todo un domingo ocupadas en actividades muy entretenidas. Primero avanzó una de mis amigas experimentadas, luego la otra, y cuando era mi turno de cruzar la calle, tomé la curva rápido.

Al cruzar, vi que un auto avanzaba, me asusté porque no vi intenciones en él de darme la pasada. Entonces titubeé y frené tan fuerte, que literalmente me tiré un piquero en la principal avenida de Santiago.  Recuerdo que sentí el golpe del asfalto en mis rodillas, vi las luces de un Transantiago, mi bici tirada en medio de la calle y la expresión petrificada de la amiga que venía detrás de mí, quien en perfecto castellano me dijo: Párate rápido.

Aquí la historia podría reducirse a una llanta abollada, dos rodillas ensangrentadas, un jeans roto y la palidez y silencio perpetuo aquella tarde noche; sin embargo, no terminó ahí.

Producto de la adrenalina, cuando nos reunimos para evaluar daños y cambiar el modus operandi de pedalear hasta Providencia; pese al golpe, todo parecía andar bien. Acordamos seguir por una calle tranquila hasta Santa Isabel donde el papá de una de ellas, nos recogería a todas. Al pedalear, sentí mi bici rara. Sin saber que le sucedía, acomodé el sillín que obviamente ya no estaba en su lugar.

Anduve un par cuadras más lento de lo habitual, quizás por el dolor o el susto. Hasta que una de mis amigas me dijo: Usa mi bici mejor. Trasladamos su alforja para que yo no llevara peso, y al avanzar un par de metros en nuestras bicis intercambiadas, mi parrilla recién comprada ese día, se quebraba y caía en la avenida. Tras recoger escombros y re acomodarnos de nuevo, reírnos un poco ante tanta desgracia, nos dimos ánimo porque ya emprendíamos  el retorno a casa.

Cuando empezábamos a pedalear por la ciclovía de Santa Isabel, vimos vidrios molidos, barricadas humeantes, y destrozos de diversa consideración. Nos pareció raro, porque era un domingo. Luego supimos de las manifestaciones que hubo ese día en el sector. Por las condiciones, obviamente debimos aumentar las precauciones al pedalear.

De repente, no conformes con el panorama desolador que ya cargábamos, el conocido picor del humo lacrimógeno se hizo presente. En un segundo, nuestro andar se transformó en un festival de estornudos y ojos lagrimeantes. Yo creo que una de mis lágrimas por la caída, se fueron camufladas por ahí.

Cuando al fin, después de todo el esfuerzo, llegamos al punto de encuentro, y en la farmacia de la esquina, pude comprar cosas para el dolor y para limpiar mis heridas, me di cuenta que había llegado hasta ahí sin tanto miedo.

Pese a la mala experiencia, recibí contención, cariño, y apoyo práctico para solucionar el embrollo de devolverme a mi casa herida y con una bicicleta en mal estado.

Pese a la pena, la rabia y la impotencia de no haber sabido como reaccionar de mejor manera, y evitar el accidente, mis amigas se transformaron en un factor clave que me impidió desmoronar. Mientras una empatizaba con mi dolor y me preguntaba permanentemente si estaba bien, las otras dos se ocupaban de dirigir la ruta, y tomar decisiones acerca de lo que era mejor para mi y para todas.

Hoy puedo decir que estamos bien. Mi bici está reparada y yo estoy sana. Como me dijeron alguna vez, del suelo no pasé. Sé que tuve suerte. No me pasó nada tan severo y fui afortunada al contar con apoyo y afecto.  Un amigo me dijo: Todos sufrimos una caída fuerte en la vida, lo interesante, es levantarse.  Espero de corazón que ésta haya sido. Una historia sobre ponerse de pie y volver a pedalear.

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