Una de las incógnitas de cada elección presidencial estadounidense es la selección de los candidatos a la vicepresidencia. Es bastante curioso, porque en general los votantes no toman sus decisiones electorales en base a quien podría llegar a ocupar el segundo cargo más importante del país.
Sin embargo, una vez establecido el abanderado principal, la opción del ‘número dos’ ofrece señales importantes respecto las prioridades de la campaña, cómo evalúan sus fortalezas y debilidades. Se suele buscar candidatos complementarios. Los que provienen del norte del país buscan a alguien del sur (Kennedy/Johnson), viejos eligen a jóvenes (Bush/Quayle), y jóvenes a viejos (Bush/Cheney). El fin de semana pasado, el candidato Republicano, Mitt Romney, eligió a Paul Ryan.
Ryan, congresista del estado de Wisconsin, es un favorito de la extrema derecha del partido, el Tea Party, y es relativamente joven. Su juventud, claridad ideológica y habilidades comunicacionales le dan a la campaña de Romney mucho de lo que le ha faltado hasta el momento. Como un duro en la lucha en contra de la deuda fiscal, será mucho más atractivo para el sector más derechista del Partido Republicano. Por todas estas razones, Ryan parece haber sido una buena opción.
El problema es que al optar por alguien que satisfaga a una parte de su propio partido, Romney ha hecho una elección sectaria, cuyos beneficios podrían ser bastante limitados. Es como si los sabios del partido estaban preocupados por un posible quiebre entre moderados y extremistas, y optaron por salvar al partido. Más que pensar en ganarse la república, Romney hizo una elección Republicana.
Como devoto del ‘egoísmo racional’ de Ayn Rand, Ryan cree en un rol mínimo para el estado, obsesión que viene de una convicción acerca de la importancia de la preservación del individuo en contra de las influencias negativas de la sociedad. Para Ryan, en los Estados Unidos actualmente se está atacando a ‘la moralidad del capitalismo’, y el país no enfrenta amenaza más peligrosa que la deuda nacional.
Siempre ha existido estos duros fiscales entre los Republicanos. Ronald Reagan tuvo un discurso parecido, y para las elecciones del 2000 George W. Bush hablaba de la necesidad de reformar la seguridad social (el sistema público de pensiones) por el riesgo que presentaba la dinámica demográfica de una generación de Baby Boomers ad portas de jubilar.
Sin embargo, tanto bajo Reagan como Bush hijo, la preocupación fiscal fue más discursiva que real: En los ocho años de Reagan la deuda federal aumentó de un 26 a un 41 porciento del PIB, mientras que durante el gobierno de Bush la deuda subió de un 34 a un 40 porciento del PIB (o 53% si se incluye 2009). En ambos casos, un gran contribuidor al aumento de la deuda fue gasto en defensa, materia que no parece ser una preocupación para los duros fiscales. Más les preocupa cuanto gasta una abuela en el podólgo.
En vez de atacar al sistema de seguridad social, Paul Ryan aboga por una reforma profunda del seguro de salud para mayores de edad, Medicare. Las razones son las mismas – un temor al aumento en costos que representa el envejecimiento de la población y una convicción de que el estado no debiera proveer esos servicios. La propuesta de Ryan es que se entreguen vouchers a los mayores de edad, en vez de garantizarles atención médica a través de un programa estatal, limitando así el gasto (y, obviamente, el nivel o cantidad de atención médica que cada uno pueda recibir).
Queda inmediatamente en evidencia por dónde Obama podrá atacar – y ya esta atacando – a Ryan. Lo presentará como alguien más preocupado por los números que por las personas, alguien ideologizado y desconectado de los problemas reales de la ciudadanía. Podrá demostrar que, aunque no sea muy popular, introdujo una amplificación de la cobertura pública en el sistema de salud, que beneficia en particular a los sectores mayores y más pobres. Obama podrá demostrar, además, que bajo su gobierno la deuda como porcentaje del PIB disminuyó (de unos 25% a 23%).
Por último, la amenaza específica que representa el desmantelamiento de Medicare para ciudadanos de tercera edad tendrá un efecto particular en el estado de Florida, donde muchos estadounidenses se jubilan. Florida es uno de los cinco o seis estados que cualquiera de las dos campañas tendrán que ganar para llegar a la Casa Blanca. Entre el discurso anti-inmigrante de Romney y el discurso anti-abuelito de Ryan, difícil ver cómo los Republicanos podrán ganar ese estado.
La única conclusión razonable es que Romney ha decidido sacrificar Florida, y tal vez la elección, para mantener la unidad del partido, pero el costo es más que solamente entregarle la reelección a Barack Obama. Es entregarle el Partido Republicano al Tea Party, lo que implicará un giro fundamental en el universo político de los Estados Unidos.
