Durante las dos semanas de vacaciones de invierno en el Sidarte se impartía una obra infantil llamada “Una mañanita partí” de una compañía llamada Teatro de Ocasión. Esta obra tiene una gran particularidad: está dirigida a niños de 0 a 5 años, cosa que acá en Chile no se ve mucho. En general, casi todas las obras infantiles comienzan desde el rango de los 3 años.
Esta obra parte como una investigación del proyecto “Viajando a la estimulación de la primera infancia” de la propia compañía en co-producción con Teloncilloteatro, provenientes de España.
Como resultado de esta experimentación vemos un espectáculo lleno de colores, música e imaginación interpretada por 2 actores y un músico, todos ellos carismáticos y expresivos.
Ana, una niña muy simpática, emprende un viaje hacia la naturaleza. Ahí se encuentra con distintos animales, olores y sensaciones que comparte con la audiencia. Siempre con música que acompaña sus aventuras, Ana también canta y baila junto a Oliver, su acompañante y es ayudada por Gaspar quien toca la mayoría de los instrumentos: guitarra, xilófono, clarinete, percusión, zampoña y otros.
La música lleva el hilo de la historia y crea atmósferas ricas en texturas y pigmentos. Es un elemento absolutamente protagónico durante esta travesía que permite a los niños despegar con su imaginación. Así, acciones como sacarle leche a una vaca, oler flores, ver mariposas, nadar bajo el mar, caminar por el desierto se convierten en peripecias vividas por los personajes al igual que experimenta un niño en su más tierna infancia: como la primera vez.
La compañía utiliza materiales como telas, embudos, cartón, guantes, baldes, cuerdas para componer distintos objetos que utilizan los personajes. El escenario entonces se convierte en un espacio de absoluta permeabilidad donde entran y salen objetos que se transforman, desaparecen y vuelven a convertirse en lo que son.
El embudo se convierte en la cara de un enorme pájaro con alas de tela que vuela por los aires del desierto para luego desarmarse y guardarse en los baúles que están en los costados del escenario. Esa misma tela en unos instantes vuelve a salir del baúl y es a continuación, un camello jorobado, una cuerda es una serpiente, un papel es una medusa, etc.
El espectáculo completo tiene un afán pedagógico: desde como se disponen lo más pequeños en el escenario (hay colchonetas muy cerca del escenario) hasta la inclusión de ellos en la historia. Antes de comenzar la obra los actores se presentan y dan a conocer un manual instructivo de cómo deben comportarse los niños en el teatro. Esto, con mucho humor y sutileza. Los vestuarios, movimientos, textos se conforman de una manera tal que los niños quedan como hipnotizados de estimulación sensitiva.
La función completa está llena de detalles que denotan que la compañía se ha interiorizado con una educación libre, simbólica y multifacética que estimula la imaginación, la creatividad, la tolerancia y los mil lenguajes que un niño en su primera infancia puede desarrollar.
Ver la cara de los niños durante el espectáculo, que dura alrededor de 35 minutos, me parece que es la mejor recompensa que pueden recibir quienes forman parte de esta preciosa experiencia de gran valor formativo tanto para niños como adultos.

