Viernes, 24 de mayo de 2013

Una suerte de suegra

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Mi llanto y ese abrazo rompieron el hielo para siempre entre nosotras. Yo no lloro delante de cualquiera, y mi suegra entendió ese llanto como una señal de confianza. La confianza de una amiga, tal vez de una hija.

 Por Kristina Cordero

Las suegras tienen muy mala reputación. Han sido objeto de burlas y caricaturas en infinitas rutinas cómicas y películas de Hollywood. Para mí, la comediante norteamericana Joan Rivers fue la que plasmó la dinámica suegra-nuera cuando dijo: “Le dije a mi suegra, ‘mi casa es tu casa’ y ella me contestó ‘ya, entonces vete de mi terreno.’”

La relación suegra-nuera es, definitivamente, territorial. Con mi suegra, Isabel, la situación era al revés. Fui yo la que invadí su vida; fue ella la que me abrió su casa. Cuando aparecí en su vida yo era recién llegada a Santiago.

Mi marido y yo estábamos buscando casa e invadimos la suya, que ya alojaba ella, su marido, hijos y un perro nuevo. Isabel hizo como si nuestra llegada con mis múltiples maletas y rutinas propias era una causa de infinita entretención, a pesar de que fue una invasión de espacio y privacidad. Mi suegra adora a mi marido, su hijo mayor. Él fue cómplice de ella en muchas aventuras y desventuras que incluyeron exilio, separaciones, enfermedades. Son muy unidos y ella quiso que fuera feliz.

Y con esa magia que tienen las mamás veteranas y sabias, supo que si yo estaba bien, él estaría feliz. Suena simple y obvio, pero creo que pocas suegras lo entienden. Ella supo acercarse y distanciarse, dar cariño, respeto o apoyo según el caso, sin resultar calculado. La relación entre nosotras, a pesar de las expectativas y presiones inherentes, surgió de manera espontánea y emocional pero siempre, por los dos lados, con  cuidado a la hora de manejar esas emociones.

Mi invasión duró poco; encontramos departamento a los dos meses. Pero ese tiempo en tan íntima cercanía nos marcó mucho. Un día, cuando el perro recién adoptado me había destrozado un par de sandalias, no pude más y me puse a llorar delante de Isabel. No por las sandalias, por supuesto. Isabel entendió mi soledad y me abrazó.

Mi llanto y ese abrazo rompieron el hielo para siempre entre nosotras. Yo no lloro delante de cualquiera, y mi suegra entendió ese llanto como una señal de confianza. La confianza de una amiga, tal vez de una hija.

Ahora, yo soy la nuera: no soy ni amiga ni hija. Esas fronteras las tengo claras, ella tiene hija y amigas, y yo tengo madre y amigas. Pero algo pasó en esa intimidad forzada que vivimos. Para mí, con mi propia mamá tan lejos, tuve la oportunidad de inventar una variante de la relación madre-hija, distinta a la que tengo con mi madre y tal vez más libre de los dramas que comparto con ella. Y sí, tiene algo de amistad: en ciertos momentos yo he podido corresponder cuando ella ha llorado y esa confianza la valoro, porque tiene algo de la de una amiga.

Entonces, sí, la relación entre suegra y nuera es, necesaria y naturalmente un conflicto entre territorios ancestrales y recién comprados. Pero si uno es capaz de abrir su terreno -como lo hizo tan gentilmente mi suegra- no sé si se borran las fronteras, pero por lo menos no son zonas de tanto conflicto, estereotipo o caricatura.

Vía
MOMWO
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