Por Kristina Cordero
Las suegras tienen muy mala reputación. Han sido objeto de burlas y caricaturas en infinitas rutinas cómicas y películas de Hollywood. Para mí, la comediante norteamericana Joan Rivers fue la que plasmó la dinámica suegra-nuera cuando dijo: “Le dije a mi suegra, ‘mi casa es tu casa’ y ella me contestó ‘ya, entonces vete de mi terreno.’”
La relación suegra-nuera es, definitivamente, territorial. Con mi suegra, Isabel, la situación era al revés. Fui yo la que invadí su vida; fue ella la que me abrió su casa. Cuando aparecí en su vida yo era recién llegada a Santiago.
Mi marido y yo estábamos buscando casa e invadimos la suya, que ya alojaba ella, su marido, hijos y un perro nuevo. Isabel hizo como si nuestra llegada con mis múltiples maletas y rutinas propias era una causa de infinita entretención, a pesar de que fue una invasión de espacio y privacidad. Mi suegra adora a mi marido, su hijo mayor. Él fue cómplice de ella en muchas aventuras y desventuras que incluyeron exilio, separaciones, enfermedades. Son muy unidos y ella quiso que fuera feliz.
Y con esa magia que tienen las mamás veteranas y sabias, supo que si yo estaba bien, él estaría feliz. Suena simple y obvio, pero creo que pocas suegras lo entienden. Ella supo acercarse y distanciarse, dar cariño, respeto o apoyo según el caso, sin resultar calculado. La relación entre nosotras, a pesar de las expectativas y presiones inherentes, surgió de manera espontánea y emocional pero siempre, por los dos lados, con cuidado a la hora de manejar esas emociones.
Mi invasión duró poco; encontramos departamento a los dos meses. Pero ese tiempo en tan íntima cercanía nos marcó mucho. Un día, cuando el perro recién adoptado me había destrozado un par de sandalias, no pude más y me puse a llorar delante de Isabel. No por las sandalias, por supuesto. Isabel entendió mi soledad y me abrazó.
Mi llanto y ese abrazo rompieron el hielo para siempre entre nosotras. Yo no lloro delante de cualquiera, y mi suegra entendió ese llanto como una señal de confianza. La confianza de una amiga, tal vez de una hija.
Ahora, yo soy la nuera: no soy ni amiga ni hija. Esas fronteras las tengo claras, ella tiene hija y amigas, y yo tengo madre y amigas. Pero algo pasó en esa intimidad forzada que vivimos. Para mí, con mi propia mamá tan lejos, tuve la oportunidad de inventar una variante de la relación madre-hija, distinta a la que tengo con mi madre y tal vez más libre de los dramas que comparto con ella. Y sí, tiene algo de amistad: en ciertos momentos yo he podido corresponder cuando ella ha llorado y esa confianza la valoro, porque tiene algo de la de una amiga.
Entonces, sí, la relación entre suegra y nuera es, necesaria y naturalmente un conflicto entre territorios ancestrales y recién comprados. Pero si uno es capaz de abrir su terreno -como lo hizo tan gentilmente mi suegra- no sé si se borran las fronteras, pero por lo menos no son zonas de tanto conflicto, estereotipo o caricatura.

