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"En los últimos días lo que más se ha escuchado -ellos como nosotros– no es ni más ni menos que el racismo puro. Uno que hace tiempo no se veía en las calles, y hace más de un siglo no se escuchaba desde la Casa Blanca".

Robert Funk

Por


Cientista político Universidad de Chile.

He dedicado horas profesionales y personales tratando de explicar los Estados Unidos a estudiantes, amigos, audiencias televisivas. A pesar de no ser estadounidense, he tratado de dar vuelta una y otra vez la visión estereotípica que albergan tantas chilenas y chilenos. Muchos ven solo intervenciones en América Latina y películas de cowboy. Puro Chicago Boy, nada de Art Institute of Chicago. Saben lo que hizo Kissinger, pero se niegan a imitar a King. Y no hay dictadura en el mundo que por la cual, de alguna forma, culpan a la CIA.

Hace rato, pero especialmente después de su conferencia de prensa de ayer, Donald Trump ha hecho todo lo posible por dar vuelta mis argumentos. Estados Unidos bajo su gobierno pareciera justificar todos los prejuicios. Triunfalista, Trump se imagina ser un emperador, pero carece totalmente de las bondades del gobernante que describe di Castiglione en El Cortesano. Se imagina el centro de un nuevo Versailles, pero su Versailles es la copia de Las Vegas, enchapado en oro barato. Se las da de gran líder empresarial, cuando uno por uno los más importantes CEOs del país lo abandonan, retirándose en horror por lo que ven y escuchan.

En los últimos días lo que más se ha escuchado -ellos como nosotros– no es ni más ni menos que el racismo puro. Uno que hace tiempo no se veía en las calles, y hace más de un siglo no se escuchaba desde la Casa Blanca.

Las protestas del fin de semana se realizaron en torno a la polémica de una estatua. Resulta que de a poco, las comunidades del sur de los Estados Unidos han optado por quitar de los espacios públicos estatuas o memoriales a líderes de la Confederación de Estados Unidos – los estados que secesionaron en el Siglo 19, acto que terminó en guerra civil. Nadie ha obligado a las autoridades a tomar estas medidas, pero se dan cuenta que en pleno Siglo XXI es un sinsentido homenajear a personajes que representan un estado que atropelló los DDHH de las personas.

Pero sigue habiendo una minoría no pequeña para los cuales dichas estatuas representan tanto un momento histórico – la independencia de los Estados Confederados – como una idea, y resulta que la idea es compartida por sectores que hoy apoyan al presidente de los Estados Unidos. Es una idea atávica, donde todo lo pasado fue mejor, en gran medida porque en el pasado los que siempre dominaban, en gobierno, en el mundo de los negocios, en la sociedad, eran hombres blancos.

No debiera sorprender, por lo tanto, que los que marcharon en oposición a la remoción de las estatuas eran, casi todos, hombres blancos. Muchos, demasiado jóvenes como para recordarse de las distintas luchas por los derechos civiles que ha vivido el país.

Y no debiera sorprender que las banderas bajo las cuales marchan, son aquellas que representan momentos históricos en que los hombres blancos gobernaban, y mataban, a nombre del estado. La bandera de los Estados Confederados de América, y la bandera de Alemania Nazi.

Para el resto del mundo, símbolos del racismo, el anti-Semitismo, la esclavitud y el genocidio.

¿Y cuál fue la reacción del Presidente de los Estados Unidos? ¿El presidente que tuitea furiosamente cuando un ejecutivo de su Consejo Asesor renuncia, o que reacciona instantáneamente cuando alguien dice algo que no le agrada en CNN?

Primero nada. Por un par de días, incluso después de que atropellaran a la joven Heather Heyer, el Presidente siguió jugando golf. Luego publicó una declaración denostando la violencia por ambos lados – es decir, por el lado del racista que atropelló una mujer, y por el lado de los que protestaban a favor de la tolerancia y la diversidad.

Cuando la Casa Blanca se dio cuenta que esto no sería suficiente, Trump leyó otra declaración preparada, más específicamente denunciando el racismo. Minutos más tarde, sin embargo, cuando el público siguió criticando el manejo de la crisis por parte de su administración, Trump tuiteó “Hice declaraciones adicionales sobre Charlottesville pero me doy cuenta que nunca se satisfarán los medios de #FakeNews….gente realmente mala!”.

El mensaje: la gente realmente mala son los medios, no los que matan en nombre del racismo. “Dije lo que tuve que decir, no me solucionó el problema, por lo que vuelvo a atacar.”

Trump confirma que no solamente habla, sino que gobierna, pensando solamente en ese 25-30% de la población que lo apoya – esos que sueñan de un mundo mejor: un mundo donde no hay que competir con China; donde los inmigrantes, si es que hay, son Cristianos y Europeos; donde los gays, si es que hay, no se ven ni mucho menos se casan; donde los Afroamericanos, si es que hay, trabajan en las casas, no en la Casa Blanca.  

Lo que confirma su comportamiento del fin de semana recién pasado es que Trump no solamente gobierna para ese sector machista, homofóbico, racista y xenófobo – él comparte esas actitudes. Trump se dio mil vueltas, en distintas declaraciones, por defender gente marchando bajo la bandera nazi. Siempre supimos que su padre era miembro del Ku Klux Klan, que su empresa constructora fue acusada de prácticas racistas, que en la década de los 80 Trump publicó un aviso de página completa en el New York Times acusando a un par de jóvenes afroamericanos de un crimen del cual después fueron absueltos. Sabíamos, pero se le dio el beneficio de la duda. Total, su hija se casó con un judío. Se terminó el beneficio de la duda.

Hay miles de razones que explican cómo llegamos a este punto.

Lo que no se entiende es por qué, hoy, en Chile, se recibe su representante, el vicepresidente Mike Pence. Hoy la presidenta Bachelet recibe en La Moneda – la casa de todas y todos, como le gusta decir – a un representante de un gobierno machista, homofóbico, racista y xenófobo.

Los que seguimos queriendo a los Estados Unidos, que ven con tristeza lo que ocurre, y que esperamos que la fuerza institucional permita que sobreviva este período oscuro, esperamos también que la Presidenta le comunique a Pence que las y los chilenos no compartimos los objetivos ni las actitudes de su país, y hasta que cambie, ni Pence ni Trump son bienvenidos en Chile. De lo contrario, no se entiende.

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