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Yeta

Era que no. Apenas se desató el incendio de Valparaíso, empezaron los comentarios acerca de lo yeta que es la actual Presidenta de la República. Un terremoto como el del norte y una desgracia como la de los cerros porteños fueron el argumento perfecto para quienes necesitan apagar la incertidumbre con una pildorita.

Al igual como sucede con nuestra fascinación por los juegos de azar, a los chilenos nos encanta buscar respuestas fáciles para lo que no está a nuestro alcance. Entonces, la “suerte” domina la agenda. Si quiero decirle chao al jefe o me quiero hacer rico, juego al Loto. Si hay fenómenos que nos cuesta explicarnos, le echamos la culpa a alguien. Antes era Sebastián Piñera, mucho antes fue el presidente Pedro Montt y ahora le toca a Bachelet.

La suerte y la mala suerte son propias de la cultura popular, y a la cultura popular le es complicado acceder a esas complejidades, por ejemplo, problemas sociales; con lo cual aparece una necesidad de simplificar la realidad y se empieza a creer en la suerte”, explica la rectora de una Escuela de Psicología al sitio de BBC Mundo. Ahí mismo hablan de un estudio de los científicos canadienses Peter Darke y Jonathan Freedman, que en los años noventa intentó darle base científica a la fascinación popular por la suerte y que dice que “las creencias irracionales sobre la suerte pueden ser una manera de lidiar con la influencia que tiene la fortuna sobre la vida cotidiana en algunos momentos. Accidentes o desastres naturales están prácticamente fuera del alcance de cualquier control y eso puede generar mucha incertidumbre. Entonces al creer en la suerte, el individuo puede estar buscando mantenerse optimista aún cuando sabe que es imposible tener control sobre ciertas cosas en su vida”. Entendible. Pero triste. Y muy mediocre.

Nos vamos por la tangente. No profundizamos. Entonces volvemos a repetir las mismas desgracias cada cierto tiempo. Total, la culpa va a ser de otro. De un Homo Calamitosus o de un Iettatore, que es de donde viene la palabra yeta. La “Jettatura” (los argentinos le cambiaron la primera letra a J y así llegó a Chile) es el nombre que se da a las influencias malignas o negativas. Se le conoce también como gafe, mal de ojo, mufa. No es exclusivo de nuestra cultura pero eso no es consuelo.

Ya está bueno de echarle la culpa al empedrado, de refugiarnos de las calamidades en la superstición. Es hora de crecer como sociedad, de enfrentar la vida como adultos y de parar el bullying esotérico a las autoridades. Por supuesto que hay que criticarlos, exigirles, fiscalizarlos y cobrarles. Pero con argumentos, no con pendejadas.  

 

 

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