Lunes, 20 de mayo de 2013

Yo puedo tener una familia y tú no

/AgenciaUno./AgenciaUno.

Somos los blancos del apartheid familiar. Los privilegiados. Los que por nacer heterosexuales y con suficiente semen productivo (u óvulos en buen estado), tenemos el sistema a nuestros pies.

Hace un par de noches, mi hija de tres años nos tomó de la mano a mi mujer y a mí y nos dijo “somos familia”. Fue sorprendente. No recordábamos haberle enseñado conscientemente esa palabra y, por eso, que saliera de su boca a una edad tan corta, nos emocionó. Me pasó que al día siguiente de haber escuchado esas frase tan potente de la boca de mi hija, después de saborear decenas de veces la idea de ser una familia, es decir, un núcleo de afecto y seguridad, un espacio donde las caretas no son necesarias y la confianza es la madre de todas las batallas, me sentí tan afortunado como injustamente privilegiado. Tan feliz como culpable.

Me refiero a lo siguiente: las oportunidades no son iguales para todos. Mis derechos son muy superiores solo porque soy heterosexual y fértil. Puedo casarme, puedo tener hijos, puedo ser el poseedor de una libreta de familia, puedo heredar, puedo pedir un crédito hipotecario sumando los ingresos de mi mujer y el mío, puedo estar seguro de que si muero mis parientes no van a llegar al día siguiente e echar a mi señora de nuestra casa.

Así como cuando un profesional exitoso que tuvo la oportunidad de estudiar en un colegio particular dice que su esfuerzo y su talento son los únicos factores que explican sus logros, así de poco cierto es que yo, o cualquiera como yo, tiene una vida burguesa relativamente estable gracias a su empeño, madurez o suerte. La tenemos porque somos los blancos del apartheid familiar. Los privilegiados. Los que por nacer heterosexuales y con suficiente semen productivo (u óvulos en buen estado), tenemos el sistema a nuestros pies.

Pregúntenle a una pareja hétero que no puede tener hijos el proceso kafkiano que les espera si deciden adoptar, pues en este país se privilegia el lazo sanguíneo a niveles dementes: un niño en el Sename podría ser considerado no apto para ser entregado en adopción si tiene un abuelo alcohólico que lo viene a ver una vez cada dos meses. O pregúntenle a una pareja de mujeres lesbianas lo que significa tener un hijo (vía inseminación artificial o pidiéndole el favor a un amigo), cuando la que no es madre biológica tiene cero derechos sobre ese niño. ¿Se imaginan lo que pasa si muere la madre biológica? ¿Alguien le permite seguir siendo familia a esa pobre mujer, que después de perder a su pareja pierde, además, la tuición de su hijo?

Y llegamos a uno de los últimos escalones en término de oportunidades: las parejas de hombres gay. No tienen derecho a nada. Es cierto que hay un proyecto de AVP (Acuerdo de Vida en Pareja) en el Congreso, pero todos sabemos que tiene fecha para el día de las Calendas Griegas. En buen chileno, para ese mismo día. Mientras tanto, no pueden tener comunidad de bienes, no hay pensión en caso de fallecimiento del otro ni hay posibilidad de heredarle, no se puede ser carga en la Isapre ni hay derecho a bienes inembargables. De casarse y adoptar, ni hablar.

Parece increíble, pero en el año 2012 hay cientos de miles de personas en Chile que no tienen derecho a tener una familia. Ya sea con o sin hijos. Porque familia es algo tan simple como claro: un terreno sagrado que jamás nadie debiera intervenir. Y si bien es cierto que muchos se las arreglan para formar sus familias a pesar de todas estas restricciones, hay una obligación pendiente: somos nosotros, los afortunados, los subsidiados, los que no hicimos nada más que nacer con cierta característica sexual, quienes primero debemos levantar la voz para terminar con esta injusticia.

Somos nosotros los que debemos portar la bandera del AVP (lo mínimo) y el matrimonio homosexual, los que debemos presionar para que en Chile la adopción no sea un hecho que ocurre cada muerte de obispo y que, además, se extienda  a las parejas del mismo sexo. Ellos ya han peleado bastante. Ahora nos toca a los hijitos de papá pelear para que todos podamos tener familia.

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