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Opinión

Zaffirio contra Mouffe: El desprestigio del populismo latinoamericano

Zaffirio contra Mouffe: El desprestigio del populismo latinoamericano Zaffirio contra Mouffe: El desprestigio del populismo latinoamericano

El populismo puso en el centro a los sectores populares y esa fue, en palabras de Álvaro García Linera, su potencia plebeya. Colocar en el centro de la política las necesidades de los sectores más postergados, de los condenados de la tierra. Potencia popular que con errores y aciertos caló profundo en la identidad sociopolítica latinoamericana.

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Periodista. Magister en Comunicación. Especialista en políticas públicas y pueblos indígenas. Ex funcionario del Fondo Indígena. Consultor de FLACSO, BID y OIT. Vicepresidente Nacional del PPD.

El populismo ha padecido del desprestigio de moros y cristianos en teoría política, sin embargo algunos pensadores contemporáneos han intentado una relectura basada en sus potenciales fortalezas y es recuperado en estos tiempos de descrédito político en un contexto de democracia licuada.

Hace unos días en el programa de TV Estado Nacional en 15 segundos el panelista y cientista político Eduardo Saffirio deslizó una descalificación a la politóloga belga Chantal Mouffe sin ni siquiera un argumento. Fue un sablazo artero. Sin argumentación ni reflexión. Una frase como la que suele usarse en los cafés políticos para despachar de un plumazo ciertos debates áridos que es mejor saltar, por desconocimiento o porque tienen tan profundas raíces que tomaría largo tiempo precisar.

La descalificación de los estudios sobre el populismo me pareció injusta, lo mismo que la descalificación a Chantal Mouffe, quien fuera además compañera de otro importante pensador del populismo, el argentino Ernesto Laclau (fallecido en 2014) quien dedicó buenos años de su vida a escudriñar en la categoría política del populismo como una respuesta a la crisis de representación de la democracia latinoamericana. Esa democracia seria, estructural e institucionalizada que por extraño desacierto de las masas o de los abusos de la clase política sufre tanto desprestigio en América Latina hoy.

No persigo aquí profundizar mucho sobre los estudios del populismo pero quizás consiga al menos interesar al lector ávido para evitarse las descalificaciones irresponsables y abrirse a pensar y problematizar, que debiera ser el objetivo de un programa crítico de las ciencias sociales.

La versión de populismo que ventila Zaffirio es una tradicional; aquella que lo acusa de venir a degradar la Democracia. Que ha sido superada hace un rato, por cierto. Hay muchas otras formas de pensar y valorar las experiencias latinoamericanas conocidas como Populismo. En esa reflexión se inscribe por ejemplo Enrique Dussel en sus “Cinco tesis sobre populismo”.

Fue casi medio siglo de experiencias, desde la Revolución mexicana de 1910 hasta mediados de los años 50. Es difícil explicar sin el populismo la raigambre popular y progresista de gobiernos como el de Juan Domingo Perón (1946-1955) en Argentina, de Lázaro Cárdenas (1934-1940) en México o de Getulio Vargas (1937-1945/1951-1954) en Brasil. Populismo caudillista dirán algunos. Claro! Y cuántos cambios no se explicarían si la figura fuerte de un líder. Eso no lo hace débil. Ese reformismo superficial que no venía a cambiar las estructuras profundas de dominación, porque el populismo no era revolucionario y no gozaba de prestigio en la academia marxista, del tipo estructuralista de Althusser y Harnecker, ni gozaba de la simpatía de la teoría de la dependencia que enarbolaba el desarrollismo, por no disponer el Populismo de base material económica que lo sustentara.

El populismo puso en el centro a los sectores populares y esa fue, en palabras de Álvaro García Linera, su potencia plebeya. Colocar en el centro de la política las necesidades de los sectores más postergados, de los condenados de la tierra. Potencia popular que con errores y aciertos caló profundo en la identidad sociopolítica latinoamericana.

Al impulso del populismo le debemos quizás buena parte del desarrollo industrial del siglo XX; al populismo le debemos la irrupción de las masas, de las grandes masas obreras y campesinas en la escena política. Claro, dirá Ud, no sólo al populismo. Cierto. Pero lo que muchos teóricos lationamericanos han intentado rescatar de esas experiencias profundas y políticas es su potencialidad de transformaciones y de compresión de la actuación del sujeto popular.

Esas transformaciones que sirvieron a nuestros países y que son leídas hoy, casi un siglo más tarde, con frialdad teórica, pero con la frescura que otorga la historia profunda de nuestras sociedad complejas. El populismo re-encanta, más aún cuando es condenado y despreciado por la “teoría política clásica” y las democracias formales y tecnocráticas. Tan formales que se olvidan de los postergados y sirven de autorreproducción de las élites políticas o como simples administradores de las relaciones de poder dominantes y tradicionales.

El populismo tiene también un potencial explicativo que convoca, y así quedaron encantados Chantal y Laclau. Este último escribió un importante tratado “La Razón Populista” que ha servido a los politólogos contemporáneos para entender un poco más Latinoamérica. Chantal Mouffe, teórica de la democracia directa, del feminismo plural y las teorías de la hegemonía profundizó estas relaciones en Europa y en América.

Pensándolo bien, me parece que Zaffirio lo que descalifica no son las reflexiones en torno al populismo, sino más bien a Chantal Mouffe, quien es una reconocida inspiradora de experiencias como la del Podemos español. Las envidias no hay que disfrazarlas de crítica teórica, creo yo. Hay que mirar con ojos asombrados, como unos niños que se acercan a una fogata y se preguntan por qué arde.

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