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POP

Sin huevos, por Federico Willoughby

Por 23 de Noviembre de 2010

“Un cercano amigo y colega me dijo una vez, mientras compartíamos un par de cervezas y veíamos morir el día, que el simplemente no confiaba en los hombres que no comen. Que sí, y sin ánimo de ser sexista, había aprendido a entender que las mujeres estén en una permanente dieta y que, por ejemplo, lo que ellas denominan “hacerse un plato” en un asado, no es más que poner en un recipiente un par de hojas verdes, algo de arroz y, si ya había mucha hambre, un poco de pollo magro. “Algo que yo nunca entenderé pero puedo aceptar”, dijo al tiempo que atacaba el Barros Lucos que había pedido para acompañar su brebaje.

 

No alcancé a refutarle que en el fondo las mujeres siempre comen postre, que los pataches nunca se los dan en público… cuando se puso realmente intenso en su teoría. “Federico, lo que no puedo aceptar, no voy a entender y es algo que me es totalmente anti natura, son los hombres que no comen. Esos tipos que no almuerzan porque en el cajón tienen un puñado de frutos secos que pican cual aves en una plaza”, remató y casi al mismo tiempo se bajó la mitad del shop helado que lo estaba esperaba.

 

Y para que andamos con cosas, en ese momento le encontré algo de razón. Okey, que un tipo se alimente de almendras me importa un pepino pero sí creo que el acto de comer no puede nunca ser un trámite y cualquiera que se prive de él, está loco. Pero claro, eso fue antes que, no me pregunten cómo, terminé frente a una enfermera que me sacaba sangre para hacerme una serie de exámenes. Los mismos que determinaron que tenía, por un tema genético, un colesterol propio de un tipo que se toma un litro de aceite al desayuno. “Vas a tener que dejar de tomar vino, moderar tus raciones, hacer ejercicio, dejar la carne, con suerte un pan pita al día, nada de mayonesa, ni queso…¿Hamburguesas? Ja. En otra vida quizás”, fueron las gentiles palabras del doctor.

 

Y aclaro, desde hace años como pocas frituras, salgo a trotar de manera regular, como mucho pescado y la ensalada es mi acompañamiento favorito. Pero claro, también con los años refiné mi gustó por el vino, aprendí preparaciones que sería un delito no comerlas completas, me fascina probar platos y lugares nuevos y en general, cuando se trata de vida social, la abundancia en la mesa es un must. Pero el doctor no me dejó mucha opción.

 

Y sí, curiosamente fue más fácil que lo que pensaba (cerré la boca y ya he bajado todo lo que tenía que bajar), pero, para que estamos con cosas, también es un poco triste. Estar sobrio es fome y un asado, sin poder comer asado, solo se puede catalogar como una exquisita broma de corte divino. Y para qué decirles lo que significa ver morir el día con té verde como acompañante… En fin. Tengo que ir esta semana al doc, y según me sopló un entendido, de haber cumplido la meta, habría una rebaja en la condena y con algo de suerte podré a vivir lo que era mi vida normal por los menos los fines de semana. ¿Mi amigo? No me quiere ver, dice que le doy mala espina”.

 

 Federico Willoughby es periodista. Escribió hace un par de años “Muchos Huevos: Manual de supervivencia para el soltero en la cocina” como una forma de hacer industria a partir de su soltería. No lo logró, pero en el camino aprendió a cocinar como los dioses. Su futuro está en Chicago donde en enero parte un master en la Universidad de Northwestern. Esta es su primera columna en El Dínamo.

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