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POP

"Un profesor de yoga como maestro de ceremonia", por Santiago Maco

Por 28 de Noviembre de 2010

Es viernes. Se acaba mi primera semana de trabajo y mi secreto intrascendente se resolvió en graciosas conversaciones personales. En cinco días, la oficina entera lo supo. Récord. Uno es pitoniso, tiene ese séptimo sentido gay (como el del Hombre Araña) e intuye lo que viene. Y no me equivoqué. Laura, una directora de arte de 25 años, fue la primera en darse cuenta y preguntar: “¡Tienes anillo! ¿Hace cuánto que estás casado?”. Le respondí que no me había casado todavía. “Me lo regaló Manuel, mi novio. Llevamos cinco años juntos”.

 

Simple, rápida e inesperada. Una verdad como supositorio. A Laura se le puso la cara colorada y sus ojos se despegaron de los míos y fueron en busca de algo perdido dentro de su cabeza. Es un efecto corto, un leve shock, porque luego se recomponen. Siempre es lo mismo. “¡Qué buena onda! ¡Me encantó! ¿Cómo fue que te pidió? ¿Dónde se conocieron?”. Esa es la parte dos, pero la más entretenida. Cuando un ser heterosexual descubre que existe el amor entre los gays y lo encuentra lo más que hay.

 

“Me propusieron matrimonio la noche del terremoto –le digo-, me pruebo el anillo y comienza a temblar”. Y ella, muy genial me pregunta: “¿Pensaste que era la emoción, los nervios? Porque cuando a mí me pidió matrimonio el Jose, casi me muero. O sea, temblaba yo, la mesa, la copa, todo”. Me imagino. Veo a esta niña recién salida de la universidad con el vestido de novia en la mochila y su Jose pidiéndole que se case con un anillo sumergido en la copa de champán. “La verdad, es que en ese minuto pensé que Dios existe realmente, que odia a los maricones y que el terremoto era una señal divina de que el matrimonio gay sí es pecado”.

 

No entendió la broma. Parece que fueron muchas palabras juntas en una misma oración: Dios, existir, odio, maricones, matrimonio gay, pecado y terremoto. Me metí en la pata de los caballos. No sé si me equivoqué al hablar de Dios o al decir “maricones”. Al final, una mujer -por muy vestida en Top Shop que esté-, sigue llevando el cuerpo de Cristo adentro. Una tallita tan facilona, ni muerta. A mujeres como Laura les encanta que su nuevo compañero de oficina sea un gay que se va a casar, pero siempre y cuando sea “algo simbólico”. Íntimo, con los más cercanos. Con un profesor de yoga como maestro de ceremonia, porque no nos da ni para tener a la notaria rubia que aparece en la tele. Menos todavía, pensar en publicar las fotos en las sociales del diario, como lo hizo ella.

 

“Vas a tener que irte a Argentina para poder casarte”. Perra. Le dije que íbamos a casarnos en España, porque Manolo es catalán. Le expliqué que habíamos arrendado una casa preciosa en Formentera y que íbamos a celebrar durante una semana completa. “Pero, ¿cómo? No va a llegar nadie, qué lejos. Te conviene esperar a que Piñera saque el Acuerdo de Vida en Común que prometió en campaña y te casas acá, obvio”. Hija de la gran…   

 

 

(*) Santiago Maco es un publicista gay de 30 años, trabaja en Santiago en una de las agencias más importantes del mundo. Fue a un colegio católico/británico y durante dos años vivió en Italia, mientras estudiaba arte. No deja de ser conservador: ha tenido sólo dos relaciones largas en su vida y ahora lleva cinco años de noviazgo con Manuel, un catalán.  

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