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El Dínamo

Siguiendo la luna, crónica de una chilena en Masa Crítica Buenos Aires.

Más ciclistas se unen y solo falta prenderle fuego al Obelisco para que esto parezca un auténtico Malón Mapuche. Me sumo al ritual y no paro de pensar en Chile. En mi país Masa Crítica es coordinada por organizaciones de ciclistas...


D-Ciudad

8 de mayo, 2014

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Siguiendo la luna, crónica de una chilena en Masa Crítica Buenos Aires.

21:15 horas

Voy atrasada. Debo estar a las 21.30 en el Obelisco para unirme a Masa Crítica Buenos Aires, un grupo de cientos de ciclistas que se juntan una vez al mes —aquí y en muchas ciudades del mundo— para recorrer las calles y visibilizar el uso urbano de la bicicleta. Pero son las 21.15, estoy en el barrio de Caballito, a casi una hora del centro de la ciudad y confirmo que no hay forma de llegar puntual. Para nadie y menos para mí que soy extranjera y entonces me pierdo porque mido mal las distancias y los tiempos. Soy chilena. Santiaguina. Para traer mi bici de Santiago a Buenos Aires tuve que envolverla en plástico con burbujas de aire, desinflar ambas ruedas y desmontar la delantera. Una vez que lo hice le dije “buen viaje, Nena” y la subí al avión para venir. Al buscar el equipaje ella fue la primera en salir en la cinta. La vi y me sacó una sonrisa. La alcé con delicadeza. Revisé que estuvieran bien los pedales, que el marco se viera intacto y que las ruedas parecieran sanas y salí del aeropuerto con ella sobre el carro de maletas.

Mi bici se llama Nena en honor a las fans de Sandro. Traerla a Argentina era casi un acto de justicia, así que acá estamos. Juntas y en Buenos Aires. Apuradísimas. Calculo que llegaré cuarenta minutos tarde, lo que es un problema por partida doble. Por un lado, hay un entrevistado que me está esperando. Y por otro, temo que Masa Crítica se vaya sin mí. No puedo permitirlo. Acelero. Una subida brutal en la ciclopista —eso que los porteños llaman bicisenda— de la calle Valle me deja exhausta. Mi bici no tiene cambios y me tuve que parar en los pedales para enfrentar la pendiente. Lo logro y mi temperatura sube. Siento el calor en la espalda. Quiero desabrigarme pero no hay tiempo. Quiero tomar agua pero no hay tiempo. Quiero arreglarme la ropa interior incomodísima que llevo pero no hay tiempo. Tengo que pedalear y pedalear y rogar que algo extraño retrase al grupo y yo alcance a llegar. En Chile, Masa Crítica comienza relativamente puntual: se convoca a las 20 horas, a las 20.30 un líder con megáfono da el vamos y a las 20.31 todos comienzan a pedalear.

En realidad, en muchos lugares se hace esto mismo. La idea nació del documental de Ted White “Return of the scorcher”. En él un ciclista de San Francisco cuenta que en la esquina de una ciudad china los ciclistas espontáneamente se esperaban unos a otros para poder cruzar grupalmente una avenida dominada por los autos. En septiembre de 1992 esta técnica de pedalear todos juntos dio origen a la primera versión de Masa Crítica San Francisco y por los siguientes años se expandió a ciudades de todos los continentes. Acá en Buenos Aires se reúnen la primera luna llena del mes. Domingos, feriados, lluvia y calor no importan. En efecto, una luna redonda, repleta, sigue mi apurado camino.

Acelero, aunque cada tanto tengo que frenar porque la ciclopista tiene obstáculos. Basureros, montones de hojas y escombros, autos estacionados, hoyos abismales. Cruzando la calle Moreno una familia cocina unos choripanes y los vende. La parrilla está justo en el medio de mi camino. Muero por ese choripán. Pero también me molesta. Aunque he tenido escenas peores. Hoy en la mañana, varios vendedores tendieron sus mercaderías sobre la ciclopista de Perón, en pleno barrio de Once (algo así como la unión de las zonas comerciales santiaguinas Meiggs, Patronato, Independencia y Rosas). Como no tengo campanilla me tuve que abrir paso:

—¡Ciclopista! ¡Ciclopista! —dije con volumen alto pero no desafiante.

—¡En el orto me meto tu ciclopista! —me respondió un vendedor.

Cerré mi boca y seguí. Era yo contra cientos de personas haciendo sus vidas y en cuya mente la bicicleta debe ser eso que se regala a los niños en Navidad. Pero yo no voy paseando. Yo me transporto en bici. Y ahora más que nunca, tan atrasada, necesito que la gente entienda que así como hay autos, motos y micros, esto es una bici y es mi opción para moverme, y para usarla necesito un metro y medio de ancho. No pido nada más para llegar al Obelisco. No sé cuántos ciclistas habrá ahí: en Santiago casi no bajan de 4 mil, en Montevideo está empezando y son cincuenta. En La Paz, Bolivia —a más de 3.600 metros sobre el nivel del mar— no son más de diez. Igual me da lo mismo cuántos sean. Debo apurarme, llegar y hablar con mi entrevistado que de seguro ya debe estar ahí. Esperándome.

Pasé Avenida Jujuy. Ya son las 22. Media hora más tarde de lo pactado. Aumento la energía de mis piernas. Sigo derecho en todos los semáforos. Rojo, amarillo y verde dan exactamente igual. Tengo la espalda mojada y la boca seca. Ahora tomo la ciclopista de Carlos Calvo que es peor que la anterior. Dos niños patean en ella una pelota de fútbol. El juego es que la pelota no se vaya del carril. Mi carril. Me salgo de él y sigo por la calle. Dos minutos más tarde un automovilista me grita:

—¡Subite a la bicisenda, pelotuda! ¡Después andás diciendo que matamos a los ciclistas!

Dicen que los chilenos somos callados, cabizbajos, introvertidos. Dicen también que los argentinos son gritones, que todo lo exteriorizan sin gota de pudor. Ninguna descripción me importa:

—¡¡Argentino ahueonao’, métete el Obelisco por el hoyo!!

Por suerte para mí fueron palabras al viento. El auto aceleró luego de insultarme y a lo más su conductor debe haber visto mis labios moverse por el espejo retrovisor. Jamás pudo leer mi puteada chilena. Es otro idioma. No me importa. Me siento más liviana luego de soltar mi arenga. Esa liberación aligera mi pedaleo y extrañamente voy más rápido. Al fin veo la Avenida 9 de Julio. La tomo y me voy por la calle. No hay ciclopista pero si hubiera tampoco querría usarla. Solo pienso en el Obelisco. Ya lo veo. Nada más unas cuadras y estaré ahí. Pero hay trabajos en la calle y varias piedritas han quedado dispersas por el suelo. La rueda de un auto blanco pisa una de ellas y me llega en la mejilla izquierda. Pierdo levemente el equilibrio. Toda la escena la ve el copiloto. Cuando recupero mi eje escucho desde el auto:

—Cuidado, morocha, mirá que si te caés yo te recojo y nos casamos.

Llego al Obelisco y —sorpresa— todas las bicis todavía están ahí. Mis labios están secos. Siento el sudor en mi torso. El frío no existe. Miro la hora desconcertada. Son las 22.20. Cincuenta minutos más tarde de la hora de salida. Pero a diferencia de Chile, veo que acá no parecen demasiado preocupados por salir puntual. Muchos fuman marihuana. Otros venden latas de cerveza. Nadie piensa todavía en partir. Esto es Masa Crítica Buenos Aires.

biciamo

22:50 horas

Me bajo de la bicicleta y observo asombrada. No hay indicios de un comienzo próximo. Los cuatrocientos o quinientos asistentes son en su mayoría jóvenes. No veo a ningún niño. Debe ser porque los niños sólo van a la Masa Crítica Diurna, los primeros domingos de cada mes. Entonces el ambiente es más familiar. Acá, en cambio, predominan personas entre veinte y cuarenta años. Muy pocos llevan casco, luces o reflectantes. Yo, que uso todo eso, parezco una astronauta. Tampoco se ven muchas bicis sofisticadas. En general se usan bicis de paseo —los argentinos las llaman “playeras”— pesadas y con manubrios enormes. A veces sus conductores andan en ellas no muy rápido, como quien recorre la costanera mirando el mar. Si en Chile los taxistas te gritonean por andar sin casco, aquí en cambio se ríen abiertamente de él:

—Che, está lindo tu gorrito —me dijo un taxista mirándome el casco.

—Ah, bueno, gracias —le respondí mientras conducía mi bici por calle Bolivia.

—Y, contame, ¿era el último que quedaba?

Mi casco es rojo con puntos blancos, como un hongo.

—Eh… no, a mí me gusta.

—No, si está bárbaro, vos sí que tenés personalidad.

—Mmm —sonrío, es chistoso el viejo—, no sé, igual es por seguridad.

—¿Seguridad? Miralo, nena, es una joda. Al menos tiene los colores de River.

El conductor aceleró el taxi y se fue. Por las veinticinco cuadras que seguí pedaleando, me miré en todas y cada una de las vitrinas en las que me reflejé. Concuerdo con él. Me parezco al hongo de Mario Bross. Por eso, una vez que llego a la multitud de Masa Crítica me saco automáticamente el casco. No quiero verme ridícula. Encuentro a mi entrevistado y hablamos brevemente:

—¿Y a qué hora empezamos? —le pregunto de inmediato.

—Cuando la gente quiera empezar —me responde con tranquilidad.

Miro para buscar a algún líder pero no puedo identificar a ninguno. Solo veo a un joven vestido de negro con una tela agujereada puesta a modo de antifaz que se cuelga como Tarzán del mástil que está frente al Obelisco. Grita como poseído y da vueltas alrededor del fierro, agarrado a su liana. Minutos después un grupo de unos diez ciclistas se baja a la calle dando vueltas en círculos al Obelisco. Mientras lo hacen gritan “ulululululu” como una tribu de indios. Desde donde me encuentro algunos responden a su llamado: “ulululululu”. Paulatinamente más bicis los siguen. El grupo aún es pequeño y dar círculos en plena calle Corrientes con 9 de Julio no es una alternativa segura. Los bocinazos no se hacen esperar y se escuchan los primeros intercambios; desde dentro de un taxi sale una voz:

—Correte, pelotudo, andá a laburar pendejo y la concha de tu hermana.

Más ciclistas se unen y solo falta prenderle fuego al Obelisco para que esto parezca un auténtico Malón Mapuche. Me sumo al ritual y no paro de pensar en Chile. En mi paísMasa Crítica es coordinada por organizaciones de ciclistas. Se pueden reconocer líderes que indican la partida, dan recomendaciones y comunican lo que representa esta reunión: una fiesta para inculcar que la calle nos pertenece a todos, no solo a los autos. Por el megáfono se habla de las luchas para mejorar el ciclismo urbano –la disminución de la velocidad máxima de los automóviles, el respeto por la bici como medio de transporte, los juicios a automovilistas que han matado a ciclistas-, se entregan instrucciones de seguridad y se indica el recorrido. Se aplaude y se parte, todos a un mismo tiempo. El comienzo es tan lento que muchos pierden el equilibrio al no poder poner la bici en movimiento. Parecen niños aprendiendo a andar. Pero ahora estoy acá gritando “ululululu” y sigo al enmascarado Tarzán que está a cada minuto más endemoniado. Una vez que todos se han unido el grupo decide que ya es tiempo de partir y arrancamos todos por la Avenida 9 de Julio.

Miro esta calle repleta de bicis y pienso que esto es exactamente el sentido original del concepto Masa Crítica. El término alude a un fenómeno físico. “Masa crítica” es la cantidad mínima de material necesario para que se mantenga una reacción nuclear. En el ámbito social el mismo concepto sirve para denominar una cantidad mínima de personas necesarias para que un fenómeno concreto tenga lugar. En Santiago, mi ciudad, además hay un extra: la multitud no adquiere presencia solo por su cantidad, sino por el grado de organización que hay detrás. Todo está planeado, pensado y ejecutado. Miembros de varias organizaciones se han juntado previamente para trazar el recorrido, se ha probado el estado de las calles, se han contemplado los posibles riesgos. Todo es asistido por el grupo de Asistencia en Ruta, ciclistas que visten como guardias de seguridad y portan todo lo necesario para socorrer en caso de accidente, pinchazo de una rueda u otra eventualidad.

Algunos de ellos llevan equipo de paramédico. Se comunican a través de un radio, cuidando minuto a minuto la seguridad de los asistentes. Son como unos Robocop del mundo ciclista. Pero en Buenos Aires no hay nada de eso. Nada más se juntan, gritan como indios y pedalean. Aun así, pasa lo mismo en ambas ciudades: la gran cantidad de ciclistas hace que el ordenamiento de la ciudad cambie y que los autos sean, por unas horas, los animales débiles de la selva urbana y los ciclistas los nuevos dueños del lugar.

Las enormes diferencias entre mi país y Argentina me hacen recordar una escena. Hace unas semanas una compañera de curso acá en Buenos Aires —cuarenta y tantos, pelo crespo teñido de rubio, cuencas de los ojos pronunciadas, caderas anchas— me dijo antes de comenzar la clase:

—¿Sabés lo que más me gusta de Santiago?

Yo esperé su respuesta con una sonrisa e imaginé algunas alternativas en mi mente: la vista de la cordillera, el cerro Santa Lucía, comer mariscos en el Mercado Central. Pero dijo otra cosa.

—Que en Chile se respira el orden —al decirlo cerró los ojos y exhaló con cara de satisfacción al pronunciar “orden”—. Porque acá los militares pasaron al pedo, pero allá, nena, se nota que pasaron.

En eso entró la profesora saludando agitadamente. En toda la clase no pronuncié una palabra. Al final no me despedí, agarré mi bicicleta y partí. Arriba de ella entendí porque la declaración de esta mujer me dolió tanto: porque es verdad. Mi país es excesivamente normado. Por eso en vez de gritar “ulululu” y ser libre sobre mi bici, busco a un líder que me guíe.

Me asusta que sea así.

23:30 horas

Pedaleo rápidamente para alcanzar la punta de Masa Crítica y ver cómo es eso de que nadie sabe qué recorrido seguiremos. Me doy cuenta de que la vanguardia del grupo, efectivamente, no sabe por qué calles ir. Lo deciden en el camino. A veces cuando llegan a una esquina se detienen para deliberar y aprovechan para tomar un poco de cerveza o prender un porro. Los de atrás hacen lo mismo. Trato de distinguir quiénes dirigen al grupo. Uno de ellos es el Chapu. Dice que no es líder pero es lo más similar a uno. Parece más chileno que argentino: es bajo, moreno y levemente panzón. Pero hace unos días, hablando con él por Facebook me di cuenta de que es porteño.

“La Masa nocturna es más bardera, hay más violencia. El mes pasado un taxista entró a la Masa y pisó a tres ciclistas” escribió casi orgulloso.

“Sí, lo vi en internet, es justamente una de las cosas que me interesa abordar”.

“Tarde llegaste a abordarlo –respondió-, ya fue y no creo que vuelva a pasar”.

Lo encontré un pelotudo. Si la vida fuera como la concibe el Chapu, llevo los últimos diez años perdiendo el tiempo. Estudié Historia, todo a lo que me dedico “ya fue y no creo que vuelva a pasar”. Para más dentro de un rato, luego del pedaleo, sabré que el Chapu estudia el profesorado de Historia.

Pero eso no lo sabía entonces, cuando tuve mi intercambio por chat.

“No importa la primicia, sino la historia que hay detrás” insistí en el Facebook.

“Es que acá no hay historia, ni nada que investigar —escribió él—. Otra minita de un país de rubios vino a hacer lo mismo que vos, sí, una crónica, y nunca entendió que acá no hay líderes para entrevistar. Esto es muy distinto a Masa Crítica en Chile, la de acá es mucho más jodona, es una fiesta, esto es Argentina, tenemos más sangre corriendo en las venas”.

La conversación no duró mucho más. Acordamos vernos en la siguiente Masa Crítica. Quería escuchar todo esto en persona.

Ahora, en pleno pedaleo, me pongo a un lado del Chapu:

—Hola, yo soy Belén.

—Cuál Belén, ah, vos sos la minita que escribe… ¿todo bien?

—Si, todo bien.

El Chapu acelera y simplemente se va. Se nota que no quiere hablar conmigo. Aún cuando en un rato vuelva, una y otra vez, y termine invitándome a fumar porro. Entre otras cosas.

—Andate conmigo a un after —propondrá con la ceja arriba, como Gardel en versión mestiza.

Diré que no. A todo diré que no.

Pero eso ocurrirá después. Ahora veo al Chapu merodeando la Masa sobre su bici. Las noches de calor viste polera del Chapulín Colorado. Cuando hace frío, se pone algo de manga larga del mismo personaje. Se pasea con cierta autoridad y habla con todos. No será un líder, pero es un caudillo. Recorre la Masa alentando a gritos para que tapemos las calles. No le interesan el orden ni los modales. Cuando un comentario de Facebook no le gusta suele utilizar frases como “me chupa un huevo”, “chúpame la pija bien chupada”, “si tenés un problema conmigo bloqueame, jipi mantenido. Si no buscame en la Masa, me ubicás por la remera, todos saben quién soy”.

Junto a él, en la punta, va un ciclista muy equipado, va también Tarzán —que motiva a los demás con algún otro grito salvaje de vez en cuando—, y figura, por último, el Ejecutivo Crítico. Él viste traje negro y corbata, calcetines y casco naranjas y en combinación con su bicicleta plegable. Parece un empresario exitoso. Saluda a todos y bloquea el paso de los autos siempre con el pulgar arriba, como un gran comerciante o un auténtico político. Es idéntico a Piñera. Su sonrisa fingida y su personaje tan aprendido lo hacen igual al presidente de mi país.

El Ejecutivo Crítico nunca deja de actuar. Trata a cada persona, sea de la Masa o no, como si fuera un posible votante o comprador. Cuando hablé con él por Facebook se movió con soltura:
“Sr. Ejecutivo Crítico, ¿cómo nació su personaje?” pregunté.

“¿On the record u off the record?”

“Como usted prefiera”.

“On the record: Es importante que el candidato a presidente transmita confianza y solidez a través de su presencia, por eso siempre se lo ve con sus mejores prendas. Por ejemplo el traje de ayer es Armani Collezzioni.

Off the record: yo iba a la Masa sin disfraz, y veía que muchos iban disfrazados y se divertían… entonces abrí mi placard para ver que podía ponerme, y encontré esto”.

Luego terminó con un emoticón de mano con pulgar alzado.

“¿Cuénteme y a qué se dedica usted, señor Ejecutivo Crítico?”

“On the record: trabajo para lograr una Masa cada día más crítica y para eso se debe laburar 24X7”.

“¿Off the record?”

“Arreglo computadoras”.

Ni el Chapu, ni Tarzán, ni el Ejecutivo Crítico tienen mando de Masa Crítica Buenos Aires. La influencian, a ratos la dirigen, pero nadie reconoce en ellos una autoridad clara. No dan declaraciones cuando llega la tele. No se hacen responsables de nada que no tenga que ver con sí mismos. Y eso, a la gente de acá, le encanta. Tanto les encanta que hace pocos días el grupo Viajeros de los Vientos, un par de ciclistas argentinos que está recorriendo el mundo en bicicleta, fueron a Masa Crítica Santiago de Chile y escribieron lo siguiente: “De todas las Masas Críticas del mundo hay una que es nefasta y mentirosa. Son las masas adueñadas. Líderes ocultos que manipulan asambleas que se dicen horizontales y se elevan a otro nivel en círculos inaccesibles, tomando decisiones por nosotros que nunca autorizamos. Haciéndonos creer que se tiene que pedir permiso para circular por las calles, o marcando siempre un recorrido pre impuesto, tornándonos en ovejas que las arría de sus narices el pastor, privándonos de ser los protagonistas de nuestra propia vida, y de nuestra ciudad”.

Fue tal el malestar de la comitiva argentina ante la organización del evento en Santiago, que decidieron hacer su propia Masa Crítica, libre y espontánea: llegaron cuatro personas.

1:30 de la madrugada

Llevamos mucho rato pedaleando. No tengo idea de dónde estoy. Mi ropa interior me mata más a cada vuelta que da la rueda. Creo que cuando llegue a Chile voy a someterla a la Inquisición y la quemaré para purificarme del dolor que siento en este momento. Quisiera irme en este instante. No sé hasta cuándo va a durar esto, pero debo seguir porque irme sola con esta desorientación podría ser fatal. Estoy en eso, balbuceando mi incomodidad, cuando todos se ponen a cantar: “Siguiendo la luna no llegaré lejos, tan lejos como se pueda llegar”. Al unísono suenan Los Fabulosos Cadillacs, todos le bailan a la luna llena y a nadie le importa que estemos en un barrio residencial cantando en la madrugada de un día jueves. Los perros ladran y hay gente que se asoma: “¡Vamos, chicos!” gritan unos. “Dejen de romper los huevos, manga de pelotudos”, gritan otros. No hay términos medios. Masa Crítica no pasa desapercibido. No sólo por su estilo más avasallante, sino también por su frecuencia: si en todas las ciudades esto se hace una vez al mes, acá se realiza cuántas veces los ciclistas quieran. Eso genera conflictos. Algunos, horribles.

En marzo de 2013 tres ciclistas fueron atropellados por un taxista que irrumpió a gran velocidad en la Masa. Yo no estuve –“tarde llegaste a abordarlo”, como dijo el Chapu- pero hay un video que lo registra claramente: es de noche y Masa Crítica Buenos Aires avanza por Figueroa Alcorta. La grabación del celular muestra la avenida con unos quinientos ciclistas y al medio, un intruso. Es el taxi que avanza por la mitad de la calle sin afán de frenar. Adelante —sabré con el correr de los días— lleva a Federico Morris, 15 años, agarrado firmemente al capó. Atrás —y esto sí se ve en la grabación— salen chispas de una bici que se enganchó a la carrocería y que se arrastra por el asfalto toda una cuadra. El conductor sigue su carrera como si la calle le perteneciera, como si no tuviera sobre la cubierta del motor aun chico queriendo bajar. La gente le abre el paso porque no hay señal de que vaya a detenerse. ¿Qué piensa Diego López, taxista, 55 años, mientras aprieta el volante de su Volkswagen? ¿Escucha los gritos de la gente al otro lado de la ventanilla? ¿Desea agotar las fuerzas de Federico, quien se agarra del espacio que deja la compuerta del capó? ¿Ve al final a su mujer esperándolo en la cama? ¿Quiere besar en la cabeza a su hijo y luego dormir, dormir y no recordar nada de lo que pasó esa noche?

Nada de eso muestra el video. Nada más que avanza, se orilla hacia la izquierda de la pista y sigue arrasando. La policía intenta seguirlo, pero la Masa, luego de ser violada por el remís, se une sin dejarle espacio para entrar. López logra salir de la multitud, acelera y dobla hacia la derecha. El video termina cuando el dueño del celular que graba pronuncia su sentencia: “Que hijo de puta”. El taxista se entregaría a la justicia una semana después. Y —con cincuenta infracciones anteriores— quedaría en libertad unas horas más tarde.

En otra ocasión ocurrió algo similar aunque menos dramático. Al final de la Masa un auto se llevó por delante la rueda trasera de una bici y la deformó. El ciclista lo enfrentó exaltado y exigió que se le pagaran los daños de inmediato. Ante la negativa del conductor, el afectado subió al techo del auto y saltó muchas veces gritando como un loco:

—Pasame la guita, loco, dame la plata ahora, quiero mi guita ahora.

Adentro del auto, bajo los saltos de quien gritaba, iba el pequeño hijo del conductor.

Por cosas como esta Masa Crítica en Buenos Aires no es muy querida. Basta ver los comentarios en Facebook cuando Federico fue atropellado: “Lástima que no lo atropelló un camión”. “Taxistas, a meterse a las bicisendas para eliminar a todos estos pelotudos”. Otro, al más puro estilo de un cuento de Cortazar escribió: “Ojalá algún día las cadenas de sus bicis cobren vida y los ahorquen a todos”. Es tanto el rechazo que genera esta manifestación que en abril se creó un grupo de Facebook llamado “Huevazos Masivos a Masa Crítica”, que invitaba a bombardear con huevos a los ciclistas participantes. La iniciativa se quedó solo en la idea. Pero la idea está. La rabia también.

¿Por qué hay tanto enojo? Lo que más molesta a automovilistas y peatones es que el grupo de ciclistas no respeta los semáforos. No está bien, pero mientras ando pienso que la medida tiene asidero: la gracia de andar en bici en grupo es que la sensación de fragilidad desaparece. Uno ya no es un humano en una máquina endeble, andando a centímetros de enormes máquinas de acero. La masa protege porque juntos somos menos débiles. En ese sentido, cortar la Masa por una luz roja rompe la colectividad y la fragilidad vuelve a ser nuestra condición. Más allá de eso, alegar porque las bicicletas no respetan las reglas me parece cuestionable. En efecto no las respetan porque esas reglas están hechas para un mundo donde el auto domina y gana por la ley del más fuerte. Eso es lo que Masa Crítica quiere cambiar, aunque escuchando al ciclista que va atrás mío y que conversa con un skater, no sé si vaya a modificarse:

—Che, ya tomamos las dos botellas de vino.

—Sí, boludo, ya sé, para la próxima traemos whisky o vodka, a ver si pega más y nos quita el frío.

3 de la madrugada

No sé en qué momento dejé de sentir el dolor que me producía mi ropa interior. Corre un viento tibio y podría seguir pedaleando hasta que amanezca. Vamos por Niceto Vega y la ciudad es nuestra. No hay autos. No hay peatones. Un ciclista que lleva en su parrilla un amplificador va programando música: Ráfaga, Los Auténticos Decadentes, Gilda, pero sin previo aviso nos sorprende y comienza a sonar, a todo parlante, La Cabalgata de las Valkirias, de Wagner. La vida en bici es una batalla y nosotros con esta música de fondo galopamos en las bicis con aire de victoria, aunque sea solo por unas horas. Metros más atrás se escucha una voz alta como si usara micrófono: “¡Esto es cultura, señores!”. La gente se ríe a carcajadas, despega las manos del manubrio, las alza, su tronco se endereza y otro grita más fuerte: “Somos libres, señores, somos libres”. Nos miramos unos a otros, sonrientes, cómplices. Son las mismas miradas que he visto de este y del otro lado de la cordillera.

Falta poco para terminar. Mi espalda ya no está dolorida y no tengo frío. Me pregunto por qué me gusta tanto andar en bici. Qué hizo que no dudara en desarmarla y traerla hasta acá. Recuerdo a un amigo que me dijo hace poco: “Belén, no hay nada más rico que ir en cleta y desabrocharte la camisa”. Creo que esta es la ocasión perfecta. Chequeo: ¿blusa abotonada? Sí ¿Poca gente a mi alrededor? Sí ¿Me importa un carajo que gente me mire en un país que dejaré dentro de tres meses? Sí. Me desabrocho el primer botón. No siento nada. El segundo. No es mucha la diferencia. El tercero. Se me ve totalmente el sostén. El cuarto. Acabo de entender a mi amigo. El aire tibio me pega en los pechos y me abraza entera. La temperatura es perfecta y el placer de seis horas de ejercicio me tiene los músculos distendidos. Todo mi cuerpo es un relajo. Mi mente está en calma. Solo me mira la luna llena. Me respondo. Es por esto que ando en bici. Porque siento: calor, frío, rabia, satisfacción, libertad, autocontrol. Porque siento.

Ya veo el Obelisco. Me abotono la blusa. Avenida Corrientes está iluminada. Miro la hora y son las 3.30. En Chile esto dura hasta pasada las 23. Tengo temperado desde el rostro hasta la punta de los pies. La gente se baja de sus bicis y se estira como despertando de un sueño largo. Pregunto al Chapu cuántos kilómetros hicimos: “Algo así como 38”.

Todo es tan impreciso. Se escuchan las últimas latas de cerveza abriéndose, se trituran los últimos cogollos en el moledor. En medio del humo de la marihuana se lee en el Obelisco: “En este sitio en la torre de San Nicolás fue izada por primera vez la bandera nacional”. Yo también prendo uno, para no desentonar.

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