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El Dínamo

Lo que la planificación urbana no puede hacer: Detener el crecimiento de las ciudades

Más que preocuparnos de cómo controlar el crecimiento de las grandes ciudades, la tarea debe ser hacer más atractivas las ciudades intermedias, dotándolas de altos estándares urbanos y buenos servicios, incentivando de esta forma un desarrollo territorial más armónico.


D-Ciudad

17 de junio, 2014

Autor:

verde viña

En estos últimos meses, se ha visto en la prensa y en las redes sociales como ante dos importantes tragedias en el país, muchos hemos salido a proclamar a la planificación urbana, o más bien a la falta de ella, como la responsable de las graves consecuencias que han tenido para la población más vulnerable el terremoto en el Norte Grande y el incendio de Valparaíso.

Siendo esto bastante cierto, no se puede llegar a pensar que a través de las Leyes y Normativas Urbanas, las autoridades locales o nacionales pueden controlar la evolución de las ciudades a su voluntad, por muy buenas intenciones que tengan.

Las ciudades son en la actualidad, y han sido a través de la historia, fuertes imanes que atraen a  las personas a dejar su lugar de origen, sus raíces y a sus cercanos en búsqueda de un mejor porvenir. El sueño de un mejor futuro es el principal motor de las migraciones, y a esas personas que desean tener mayores oportunidades, no se les puede prohibir migrar hacia los centros urbanos.

Así es como hoy en día el  87%  la población nacional es urbana,  el 66% de las personas viven en ciudades de más de 100.000 habitantes y el 45% de la población de Chile vive en una de las tres Áreas Metropolitanas (Gran Santiago, Gran Valparaíso y Gran Concepción).

Si lugar a dudas que la migración excesiva a las ciudades puede generar problemas para los residentes originales, por cuanto se debe compartir el equipamiento urbano con más personas y de no crecer este equipamiento urbano con la misma rapidez que la densificación, se generan mayores tacos, el trasporte público se llena, los precios de las viviendas suben y en general empeora la calidad de vida. Esto lo evidencian las personas que habitan en barrios residenciales tradicionales cuando se empiezan a construir altas torres en donde antes solo estaban las casas de unos cuantos vecinos, y también las personas que han tenido que emigrar a los suburbios aumentando las distancia de sus desplazamientos, buscando más áreas verdes y una vida más apacible.

Resulta bastante tentador pensar en frenar esta migración mediante la planificación urbana, pero lamentablemente esto no es posible como ilustra el siguiente ejemplo:   En 1580 en Londres vivían unas 200.000 personas, la mitad dentro de la amurallada City de Londres (+- 250 hectáreas) y la otra mitad fuera de ella. Existía la preocupación de que Londres estaba creciendo mucho más rápido que (y en desmedro de) la otras ciudades de reino. Los temores de este crecimiento desmedido eran 3: Peste, Fuego, Influencia política del pueblo como multitud.

Esta situación justificó que la reina Isabel I de Inglaterra dictara un decreto real para limitar el crecimiento de Londres, que se renovó y reforzó durante 80 años, pero los efectos no fueron los esperados; la prohibición no disminuyó el atractivo de Londres, por lo que la demanda creció y al estar restringida la oferta inmobiliaria, se le dio un uso más intensivo al espacio disponible. Así, se subdividieron propiedades, se construyeron sótanos, más pisos sobre el nivel de la calle y altillos, lo que tuvo como resultado más hacinamiento y enfermedades. Posteriormente la peste de 1665 y el gran incendio de Londres de 1666, que destruyó 2/3 de la ciudad, forzaron  la eliminación de la medida.

Más que preocuparnos de cómo controlar el crecimiento de las grandes ciudades, la tarea debe ser hacer más atractivas las ciudades intermedias, dotándolas de altos estándares urbanos y buenos servicios, incentivando de esta forma un desarrollo territorial más armónico.

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