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El Dínamo

José Piñera sitúa el origen de la “catástrofe” en el gobierno de su hermano

“El gobierno anterior rompió el foco que había caracterizado a las políticas públicas desde 1975 al señalar, sorpresiva e inexplicablemente, que la desigualdad era el problema principal del país. Esa creencia condujo a la paralización de las reformas estructurales y al innecesario y dañino desanclaje de la tasa de impuesto a las empresas”, indica el ex ministro del Trabajo de la dictadura, en el relanzamiento de su revista "Economía y Sociedad".


Nacional

4 de noviembre, 2016

Autor:

Jose Piñera  ARCHIVO

Tan fugaz como “llegó”, se fue. José Piñera, ante el escándalo del “jubilazo” de Gendarmería, que dio paso a las críticas al sistema de Administradoras de Fondos de Pensiones (AFP) estableció una agenda en los medios de comunicaciones en Chile, que tuvo de agraz y de extraño.

En TVN tuvo una de las entrevistas más tensas que se recuerden del último tiempo, y después de grabarla, rompió el pacto de exclusividad y se apresuró a dar otra entrevista en Ahora Noticias (Mega). Pero aparentemente no logró comunicar lo que quería, por lo que tal y como anunció, en esta jornada relanzó su revista, Economía y Sociedad, la que comenzó a publicarse en 1978.

Según publica Diario Financiero, llegó la “quinta época” de su revista, tal como él la llama, donde a través de 35 páginas de papel cuché, vuelve a enfatizar respecto del cambio que ha enfrentado nuestro país desde la época en la que él ofició como ministro del Trabajo de la dictadura.

Se supone que se va a publicar dos veces cada semestre, y si uno se suscribe, existe la posibilidad de sostener “conferencias-conversación” con el propio José Piñera. Un gancho irresistible. 

En la actual edición se puede ver una editorial que trata de lo que está en juego en el país.

Revisa a continuación una de estas, titulada: “Chile: lo que está en juego

El extraordinario gráfico que ilustra nuestra portada admite varios títulos: “El despegue de Chile tras 165 años de crecimiento mediocre”; “El verdadero monumento a los Chicago Boys”; “La verdadero monumento a los Chicago Boys”; “el poder de las ideas para transformar un país”; o simplemente “el cohete” como se le llamó en un programa de televisión. Nuestra preferencia: “Derrotando la pobreza con la libertad”.

Reducir la pobreza desde, aproximadamente, 50% de la población a un 7,8% es un logro extraordinario, consecuencia directa de un modelo económico que elevó el PIB per cápita (a PPP) de los chilenos 6 veces, desde 4.000 a 24.000 dólares, y que focalizó los programas sociales de los más pobres”.

El principio fue la libertad económica. En el prestigioso ranking de “Libertad Económica Mundial” que compila anualmente el Instituto Fraser de Canadá, en 1970 Chile ocupaba el lugar Nº54 del mundo, entre 54 países. Hasta el sufrido Congo, Nº50 en el ranking, tenía más libertad económica que Chile.

La revolución liberal iniciada en 1975 transformó tan profundamente al país que en 2008 Chile ocupó el lugar Nº5 del mundo, entre 141 países. Superó, incluso, a EE.UU. que se ubicó en el Nº6. El Congo siguió en la oscuridad en el puesto Nº137.

La historiadora Sol Serrano capturó lúcidamente el impacto de esta transformación cuando sostuvo, ya en 1995, que “la sociedad chilena, en los últimos 20 años, ha cambiado a una velocidad desconocida respecto de sus 500 años de vida anterior. Y este gran cambio es lo más grande que ha habido en la historia”.

La tragedia es que hoy está en juego este “gran cambio” en la historia de Chile. Está amenazado el horizonte de mayor prosperidad para todos y la paz cívica que tanto anhela el país.

La libertad económica en Chile ha comenzado su descenso. El gasto público se expandió en 60%, desde 17% del PIB hace diez años a 27% del PIB en la actualidad. La tasa de impuestos a las empresas aumentó en otro 60%, de 17% a 27%. La reforma tributaria también eliminó de golpe el gran incentivo a la reinversión de las utilidades introducido por ex ministro Hernán Büchi. Todo ello, junto a la expectativa de una mala reforma laboral, frenaron abruptamente la inversión y el crecimiento. Durante el cuatrienio de la presidenta Bachelet el avance económico será, en el escenario optimista, un pobrísimo 2% anual.

Lo más grave es la caída del llamado “crecimiento potencial” del país. Así lo describe el economista Juan Andrés Fontaine: “hasta mediados de los años noventa, nuestro potencial de crecimiento habría sido de 7% al año; cae luego hasta 4% entre el 2000 y el 2012; a contar del 2014, desciende al 3%. Lo nuestro es una declinación sistemática –por ya 20 años- en el dinamismo productivo.

Para el ex ministro de Hacienda de la presidenta Bachelet, Andrés Velasco, la caída de la tasa de crecimiento potencial “es una catástrofe! Y es una catástrofe nacional que está recibiendo cero atención del mundo político, algo que corre para la Nueva Mayoría y Chile Vamos”.

En el origen de esta “catástrofe” se encuentra un error fundamental compartido por los dirigentes políticos de derecha e izquierda. El gobierno anterior rompió el foco que había caracterizado a las políticas públicas desde 1975 al señalar, sorpresiva e inexplicablemente, que la desigualdad era el problema principal del país. Esa creencia condujo a la paralización de las reformas estructurales y al innecesario y dañino desanclaje de la tasa de impuesto a las empresas.

Por otra parte, en algún momento entre su primer y segundo gobierno, Michelle Bachelet leyó al sociólogo francés Pierre Rosanvallon y quedó fuertemente impactada. El autor del ensayo “La sociedad de los iguales” identifica a la desigualdad como la gran enfermedad del siglo XX. Pero no postula una imposible igualdad de resultados económicos, sino más bien una igualdad civil de dignidad y derechos. En sus propias palabras, “De lo que se trata es de vivir como iguales reconociendo la singularidad de cada cual” y en esa singularidad caben una multitud de diferencias, incluyendo el talento para generar ingresos en un mercado competitivo.

La erosión del modelo comenzó, entonces, cuando se cambió el foco moral de las políticas públicas y se priorizó disminuir la desigualdad en los ingresos, en perjuicio de reducir la pobreza. Está comprobado que intentar disminuir la desigualdad de rentas con altos impuestos y excesivas regulaciones estatales, destruye lo que Keynes llamaba a los “animal spirits” de los emprendedores y deteriora la inversión, lo cual inevitablemente, reduce el crecimiento y, por tanto, la posibilidad de derrotar la pobreza. Estos años serán la mejor prueba de lo errado y costoso de este camino.

Después de todo, nadie muere de desigualdad, mientras que, en estos días, comprobamos que 1.300 niños han muerto, en último término, de extrema pobreza.

Agrava esta equivocación el hecho de que la Revolución Liberal y su dinámica de alto crecimiento con empleo creciente ya estaba reduciendo la desigualdad de ingresos en Chile. Así lo explica el profesor y experto Claudio Sapelli: “La CASEN 2015 viene a confirmar una tendencia que ya lleva 15 años como es la caída en el índice de Gini. Lo que estaba pasando es que la suerte de las generaciones más jóvenes sí se ha vuelto más equitativa, pero no se notaba porque todavía en la población hay generaciones muy desiguales, como las de nuestros abuelos, que obviamente están ahí y tienen que ver con un país que cambió mucho en estos años. Entre 2000 y 2015 hay una caída muy importante en términos históricos. Hay pocas experiencias en el mundo de bajar en un porcentaje tan alto, cerca de 15% en un período de 15 años, ya que estos índices se mueven muy lentamente. Entonces, este cambio chileno, de esta magnitud, y en un período relativamente corto, es un cambio muy importante”.

El doble error de colocar la reducción abrupta de la desigualdad de ingresos como el enemigo principal de una sociedad justa, en lugar del objetivo de derrotar la pobreza, y de utilizar como instrumento clave las alzas agresivas de impuestos, en vez del fomento del pleno empleo y la educación de calidad, produjo una tormenta perfecta. La inversión ha caído por ya 15 meses consecutivos, la economía está casi paralizada, el desempleo ha comenzado a subir y las cuentas fiscales se han deteriorado. El descontento creciente amenaza la economía y la estabilidad.

En el mundo, y especialmente en América Latina, se observa con perplejidad lo que está ocurriendo en nuestro país. Se sabe, se reconoce y se celebra que, como señala el historiador Claudio Véliz, “el umbral de una nueva era económica mundial se cruzó hace más de tres décadas con los cambios de política económica en Chile a partir de 1975, y en Gran Bretaña a partir de 1979”. Sería una tragedia que Chile iniciara nuevamente, después de tantos esfuerzos de tantos chilenos, el camino de regreso al subdesarrollo.

En este panorama desolador, hay un destello de esperanza: Aunque el “milagro” económico chileno de crecer al 7% ha sido sepultado por la clase política, todavía vive el modelo económico de libre mercado.

Por esa razón, un golpe de timón que incluya señales fuertes y claras de rectificación podría iniciar la recuperación del crecimiento. Si no es la actual presidenta y su equipo quien lo da, tendrá que ser la primera tarea del gobierno que asumirá el 2018.

La posibilidad de liberar a otros dos millones de chilenos de la desesperación de la pobreza y seguir construyendo una sociedad con libertad para todos, está en juego. No podemos permitir que, como en el mito de Sísifo, Chile esté condenado a la frustración cada vez que se acerca a la cima.

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