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“Quiltras”: pequeño extracto del libro que se transformó en uno de los más leídos en Chile “Quiltras”: pequeño extracto del libro que se transformó en uno de los más leídos en Chile

En El Dínamo te regalamos este verdadero fenómeno en ventas escrito por la periodista nacional Arelis Uribe.

Nacional

“Quiltras”: pequeño extracto del libro que se transformó en uno de los más leídos en Chile

Por 10 de Enero de 2017

Este viernes 13 de enero, la periodista Arelis Uribe estrenará su popular libro “Quiltras” (Editorial Los Libros de la Mujer Rota) en Valparaíso, luego de un éxito de ventas de su primer trabajo de cuentos. Será presentado por el escritor Daniel Hidalgo y la periodista Dafne Moncada.

“Yo creo que todo lo que escribo viene de una misma sensibilidad que tiene que ver con las distintas violencias que sufren identidades específicas en nuestra sociedad: las juventudes, las mujeres, la disidencia sexual, los mapuche, los animales, las regiones de Chile. Creo que todo eso cabe perfectamente en una historia”, asegura la autora en una de sus entrevistas. Acá un extracto de uno de los cuentos con compone este hit de ventas.

Extracto del cuento Quiltras:

“Me acuerdo del comedor lleno de caca de paloma. Me acuerdo de las manchas, eran como la mezcla de blanco y gris en la paleta de un pintor, pero secas y poniéndose verde oscuro, fosilizándose en el techo, en el suelo, en las ventanas, en la mesa al lado de nuestros tapers con arroz con huevo o con porotos con rienda, calentados en el único microondas del casino. Me acuerdo que todo era cemento o era tierra. Me acuerdo del baño, con las tazas vomitando litros y litros de agua, regurgitando lo que alguien había depositado hace días, semanas o meses. Me acuerdo que había que entrar al baño aguantando la respiración o respirando por la boca. Los pies chapoteaban y una se mojaba igual que en los días de lluvia, cuando la Gran Avenida se inundaba. Todavía se inunda así. Me acuerdo que había que pedirle confort al inspector en el recreo y todo el colegio te veía hablar con el viejo de delantal blanco, pasándote un pedazo de papel medio café, áspero y enrollado, y lo que originalmente pretendías hacer en privado se hacía público. Me acuerdo de la biblioteca siempre cerrada. La única vez que entramos nos robamos dos libros. Yo uno de Fuguet porque su nombre me sonaba de la radio y tú uno de Hemingway sin saber quién era. Me acuerdo de las salas frías en invierno y apestosas en verano. De los bancos rayados, de los vidrios rotos, de la pizarra quebrada.

Me acuerdo de ti, de tu primer día de clases. Llegaste y no le conversaste a nadie, sólo le respondiste a quien te habló. Te sentaste cerca de las tres amigas que quedaron embarazadas. Una seguida de la otra, en orden, como si se hubieran puesto de acuerdo. Te preguntaron por qué te habías cambiado de colegio. Yo también me pregunté por qué llegabas al curso casi a mitad de año. Te escuché dar una explicación corta, no la que le hubieras dado a tu mejor amiga, ésa que dejaste en tu colegio anterior y que, más tarde, reemplazaría yo. Dijiste que te habías venido a Santiago con tu mamá y por eso te habías cambiado de colegio. Sólo eso. Luego supe que nunca habías querido el cambio, que tu ex colegio era mucho más caro, grande y bonito que el honorable Liceo Polivalente Ministro Abdón Cifuentes de La Cisterna. Después supe lo de tus papás, que tu mamá había echado a tu viejo porque ya no quería ser la esposa-amante de su ex marido, que se buscó un pololo y encontró a un viejo gordo que se pasaba los domingos tirado en la cama durmiendo la mona. Supe que tenías una hermana de tu misma edad, hija de tu papá en una familia paralela, pero que ella estudiaba en un liceo emblemático mientras tú estudiabas acá, con las palomas haciéndose caca en el comedor y en el gimnasio y en las salas y en el baño y en las mesas y en nosotros. El trío de futuras mamás te preguntó cómo se llamaba tu ex colegio y abrieron unos ojos enormes cuando dijiste Buin English School College o algo así. Te preguntaron si hablabas inglés y dijiste que sí, que sabías rezar y no sé por qué empezaste el Padre Nuestro, Our father, who are in heaven. Y ellas con la boca abierta, por la risa o el pánico. Te pidieron el Ave María y tú obediente empezaste Holy Mary, mother of god y al final, como buena niña, te persignaste In the name of the father and the son and the holy ghost, amén. Todavía me acuerdo, todavía sé rezar como tú, porque yo no rezaba ni en español, pero al escucharte quise aprender. Me imaginé que dios podría escucharme mejor en inglés, que rezar en otro idioma podría acortar las largas distancias, podría ser un carrier que facilitaría la forma en que le enviaría a dios mi enorme petitorio de demandas y quejas. Recé mucho, pero las ayudas nunca llegaron. Quizá porque mi inglés nunca ha sido bueno.

Al otro día te hablé, te dije que almorzáramos juntas y de ahí no nos despegamos más. Teníamos cosas en común. Nuestras casas eran como réplicas. Quizá todas las mamás solas se parecen, se caen en las mismas tonteras, se buscan hombres parecidos. Mi mamá había enviudado hace años de mi papá; tu mamá estaba separada. Eran dos mujeres abandonadas, pero la mía no tenía pololos chantas. En cambio tú dormías con el pestillo puesto y los fines de semana te ibas donde tu abuela porque con el copete y el carrete en tu casa no podías leer ni hacer las tareas. Mi mamá no tenía pololo pero tenía a mi hermano, que era lo mismo, con la diferencia de que ni ella ni yo íbamos a poder expulsarlo de nuestras vidas, nunca. Mi mamá era nana, la tuya vendía productos Avon. Tu papá era camionero y como tenía su propia máquina igual ganaba bien, pero dejó de ayudarlas cuando tu mamá lo echó. Fue su venganza. Mi papá había tenido un negocio de pollos asados en Estación Central, que funcionó hasta que se enfermó. De ahí todo se jodió. El cáncer no se acaba si la persona se muere, sigue en forma de deudas, de embargos y de vivir de allegados. Tú también vivías en una casa ajena cuando recién te viniste a Santiago, una especie de palomera a la que nunca me invitaste a entrar y que me mostraste por fuera. Apuntaste al entretecho y dijiste ésa es mi pieza, pero pieza no significaba dormitorio, sino hogar. Al tiempo te cambiaste a un departamento en El Parrón cerca de Santa Rosa, que pagaba la nueva pareja de tu mamá.

Lo bueno fue que nos juntamos. Se te ocurrió que podíamos hacerle las tareas a las más porras del curso y cobrarles luca por cada guía resuelta. Una vez, le cobré dos mil quinientos a la Yamna Parra por una línea de tiempo que la muy maldita jamás me pagó. Todavía me acuerdo y me duelen las dos lucas. Yamna Perra le decíamos después. También empezamos el preu. Tú lo encontraste y yo te seguí. Quedaba en Beauchef y nos hacían clases los estudiantes de primero de Ingeniería (o Injeniería), de Historia y de Literatura. Era la raja ir a la universidad sin ser universitaria, entrar a ese edificio gigante y milenario, vestidas con ropa de calle y jugar a que el futuro era prometedor si es que estudiábamos. Era lo máximo pasar al Parque O’Higgins después de clases los días sábado, escuchar cómo gritaba la gente en Fantasilandia y comer empanadas fritas paradas afuera del metro.

Los viernes en la tarde nos íbamos a tu casa y hacíamos alfajores para vender en los recreos del preu, así teníamos plata para tomar helado y para pagar el colectivo si volvíamos muy tarde a San Bernardo, yo, a San Ramón, tú. Tierra de santos la Gran Avenida. Me acuerdo que nos sentábamos a pensar cómo hacer cundir el chocolate de los alfajores. Partimos cincuenta y cincuenta con la manteca, de ahí cuarenta y sesenta y al final le poníamos como medio pan de manteca por una punta miserable de chocolate.

En esa época te pusiste a pololear. De todo el curso, te quedaste con el más flacuchento y ñoño, te quedaste con el Francisco.

El Francisco andaba con el Jonás para todos lados. Yo fui compañera suya desde séptimo, el parcito no se separaba nunca. Pensábamos que eran fletos y los molestábamos, pero cuando apareciste tú en cuarto y empezaste con el Francisco, nos dimos cuenta de que sólo eran mamones. Además, lo confirmaste. Tu mamá había salido a un bingo con su pololo y el Francisco fue a tu casa y lo hicieron en tu pieza, tirados en el suelo. Luego cada uno se puso la ropa del otro y jugaron a cambiarse los roles, tú te hiciste bigotes y él se pintó los labios y las uñas y se fue así a su casa, vestido de mujer, pero en taxi porque le dio miedo caminar por Fernández Albano y cruzarse con los nazis en el camino. Yo no me había acostado con nadie porque no tenía dónde y el basquetbolista que me agarraba en el preu nunca se avispaba a invitarme a su casa. Entonces nos apretujábamos en el metro o en el pasto del parque y eso era lo más cercano que había estado de mi primera vez.

Te pusiste a pololear y lo ideal hubiera sido tú con el Francisco y yo con el Jonás, pero era raro el loco, buen amigo, lo quise harto, pero no era como para tener algo más. Igual hacíamos hartas cosas. Los pololos y sus mejores amigos, los cuatro juntos. Nos iban a buscar al preu a veces y caminábamos hasta la Alameda, viendo esas casas enormes del Santiago antiguo, soñando con arrendar una porque íbamos a ser amigos para siempre. Y jugábamos a escondernos del Francisco o a sacarte los cuadernos de la mochila y rayarte un punto y escribir con letras enormes DISCULPA POR EL PUNTO y a cantar tirados en el pasto. Si andábamos con plata, comíamos completos en un carrito del Club Hípico y con el vuelto íbamos al local de taca-tacas que estaba en la otra cuadra. Si andábamos sin niuno, que era la mayoría de las veces, entrábamos al supermercado y robábamos pan y robábamos cajas de Vizzio, que pensábamos que eran los chocolates más finos que alguien podía comer en el mundo.

Hasta que el Francisco estuvo de cumpleaños”.


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