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El Dínamo

Un juez en el desierto: El olvido del hombre que encontró la fosa de Pisagua

La muerte del juez Nelson Muñoz, defensor de los DD.HH, llevó a diversas autoridades y organizaciones a movilizarse para que su nombre no quede en olvido.


País

11 de junio, 2014

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Aquejado de un cáncer al páncreas, el ex juez de Pozo Almonte, Nelson Muñoz,  falleció el domingo a los 70 años. En 1990, el ex magistrado pampino fue quien descubrió la fosa clandestina de Pisagua donde fueron hallados 19 cuerpos de ejecutados políticos en los albores de la dictadura. Pese a que para muchos Muñoz murió olvidado en medio de la amnesia de las instituciones, quienes lo conocieron de cerca aseguran que su labor fue imperecedera, tanto como su astucia a la hora de defender esta causa histórica.

En la ciudad de Labranza, en Temuco, el juez aprovechó sus últimos años junto a su esposa Lucía y una pequeña hija, de apenas nueve años, la menor entre los otros dos hijos mayores de su primer matrimonio. Allí desarrolló su faceta más íntima y desconocida, dedicándose por entero a literatura, su segunda pasión alejada de los tribunales.

“No hay extensión más grande que mi herida, lloro mis desventuras y sus conjuntos, y siento más tu muerte que mi vida” son los versos del fragmento de Elegía de Miguel Hernández con los que comienza ‘El caballo bermejo’ el libro novelado de Nelson Muñoz, un texto que dedicó a sus padres e hijos, Ignacio y Lorena.

El hallazgo de la fosa clandestina de Pisagua, su otra historia de dolor, también quedó plasmada en aquel libro, sentidas páginas donde refleja el impacto que ese acontecimiento generó en su vida.

Pese a que le apasionaba escribir, en su juventud, Nelson Muñoz Morales optó por ingresar a estudiar Ciencias Jurídicas en la Universidad de Concepción y se tituló como abogado en la década de los setenta. Al poco tiempo comenzó a ganar notoriedad y terminó siendo un nombre clave en el esclarecimiento de uno de los hechos más escabrosos ocurridos bajo el gobierno de Pinochet.

Sin embargo, su valiente labor en la causa de Pisagua también le trajo como consecuencia una amonestación de sus superiores de la Corte de Apelaciones de Iquique. Por eso, en 1991, Nelson Muñoz tomó una decisión drástica y optó por retirarse del poder judicial abrumado “por los casos y la injusticia en las causas de Derechos Humanos”.

La fosa de la crueldad

Los hechos que desencadenaron su renuncia comenzaron a gestarse durante los primeros meses de 1990, en una época de transición donde el poder de los militares aún se sentía en el ambiente.

Muñoz se encontraba trabajando como juez de la localidad de Pozo Almonte cuando el 31 de mayo de ese año llegó hasta su escritorio una denuncia por inhumación ilegal presentada por la Vicaría de la Solidaridad. La acusación suponía la existencia de entierros clandestinos realizados en Pisagua durante la dictadura.

La denuncia derivó rápidamente en una investigación judicial, el juez se trasladó a terreno y comenzó a trabajar junto a un antropólogo, un arqueólogo, un ingeniero químico y algunos “paladores”. El primer día de trabajo sólo se hallaron restos humanos de un periodo antiguo, precolombinos. La búsqueda dio resultados infructuosos hasta el 2 de junio de 1990. Ese día, al excavar en otro lugar en el sector nor-poniente del Cementerio de Pisagua, ubicaron los cuerpos.

La escena fue desgarradora. En total encontraron 19 bultos agrupados en una fosa común que medía 2.10 metros de ancho y 2 metros de profundidad. La sal que empapó la arena conservó los cuerpos, sus rostros, con los ojos vendados y claras huellas de balas y dolor. Una postal de caras y osamentas marcadas por gestos vívidos del horror padecido. Era la época de la transición, Augusto Pinochet aún figuraba como comandante del Ejército, y su estrecho vínculo con los muertos enrareció aún más el ambiente.

Rosemarie Bornand, abogada de Derechos Humanos y de la desaparecida Vicaría de la Solidaridad, conoció desde cerca la labor del juez, antes ya se había topado con él como alumna de la Universidad de Concepción, pero describe esos días, como si fueran ayer. Recuerda que el magistrado sentía que el éxito de esa investigación pesaba sobre sus hombros y se esforzó por proceder de la mejor manera posible. “Uno entiende que a cualquiera lo hubiese marcado la escena, la situación, la premeditación de una fosa bien excavada y el orden de los cuerpos apilados, más aún el detalle que por su momificación los cuerpos eran muy reconocibles, todo eso fue una conmoción para él,  sumado a su responsabilidad profesional que se destacó por la agilidad y credibilidad que le dio a la denuncia, aún cuando como juez estuvo poco tiempo, insisto, a cualquiera que hubiera estado en la fosa de Pisagua el caso le habría  tocado de esa forma, de una manera impresionante como le pasó al juez”, evoca.

Sin embargo, a Nelson Muñoz no le tembló la mano y su labor se transformaría en un ejemplo de coraje y a la vez en un triste recuerdo de cómo el poder militar utilizó sus últimas influencias para tapar el hallazgo, prueba fehaciente del horror que vivieron los grupos contrarios al régimen. Las imágenes de las fosas abiertas dieron la vuelta al mundo y las presiones políticas terminaron por sacar a Muñoz de la causa.

Mireya García, vicepresidenta de familiares de AFDD también recuerda muy bien ese episodio, sobretodo el temple y carácter del juez, de quien tampoco olvida su compromiso con el caso. “Pese a que era una persona responsable y decidida, fue muy cauto y astuto para lo que significaba enfrentar al poderío militar con un caso de esa naturaleza en que demostraba, de esa forma tan expuesta, el horror cometido. Creo que fue esa misma inteligencia del juez la que finalmente tuvo como resultado la recuperación de tantos cuerpos (…) El olvido es parte de esta centralización donde los jueces de regiones que han sido tan importantes en algunas causas quedan relegados a segundo y tercer plano”, comentó.

Campo de la muerte

El hallazgo de Pisagua remeció el frágil ambiente político. Aún se respiraba el olor a pólvora del régimen y reinaba la desconfianza por el miedo a que los cuerpos fueran removidos del lugar.

Fue un escándalo que demostró de modo irrefutable: cómo militantes y personalidades de izquierda fueron ejecutados sin más excusa que la de una falsa fuga. Gracias a la habilidad del juez Muñoz y su estoicismo, las osamentas fueron vigiladas y lograron ser enviadas intactas al Servicio Médico legal.

La eficacia de su gestión sacó ronchas y generó un rápido movimiento de influencias en las altas esferas del poder. Se nombró como ministro en visita al juez Hernán Sánchez Marré, en un intento de retirar al juez Muñoz. Más tarde, y con más tropiezos, la investigación se vio interrumpida por una petición de incompetencia que hizo la Justicia Militar y el caso pasó al Séptimo Juzgado Militar de Arica, aplicando la ley de amnistía en 1992. Los abogados de la Vicaría apelaron la decisión dictada por la corte marcial recurriendo la Corte Suprema, sin embargo esta optó por confirmar la amnistía.

Pese a que su labor en este caso duró tres días, Muñoz, terminó abrumado por la injusticia con que eran tratadas las causas de derechos humanos. Sin embargo, con tan escaso tiempo de trabajo, pero mucho tesón, el magistrado pampino dejó una marca indeleble en el sistema judicial chileno.

“Chile es curioso, estamos acostumbrado a la desidia sobre todo en esos años, en el inicio de la transición, inicios de los noventa, conviviendo aún con la dictadura, digamos con Pinochet como comandante en jefe. En un ambiente bastante complejo, el juez Muñoz fue valiente, lo curioso es que uno cataloga de valentía lo que es al actuar de los jueces, cuando esa es una tarea y él, sin duda, develó la magnitud de la masacre que se vivió en el país durante 17 años. Creo que todos seguimos viendo las imágenes de la fosa, seguimos viendo la conmoción por lo que allí se descubrió, la magnitud de cómo el desierto reflejaba el horror en las osamentas de las víctimas (…) Fue una gran acción que permitió desnudar una realidad que por años se había ocultado”, dice la presidenta de la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos (AFDD), Lorena Pizarro.

A su juicio, el olvido a la labor de este juez no viene de parte de los familiares de las víctimas, sino de las instituciones que representan y de quienes están encargados de valorar estas acciones. “Siempre hemos reconocido, en aquellos jueces, y en este caso, que hubo profesionales que se la jugaron, porque la mayoría no lo hizo, siempre se nos dio con la puerta en las narices. Sentimos una satisfacción tremenda cuando el juez Cerda fue nombrado Ministro de la Corte Suprema, lo que pasa es que en ocasiones se le boicoteó, algo similar a lo ocurrido con Muñoz, eso se define en una frase ‘pacto de silencio’. Los jueces que intentan jugársela por la verdad, son aquellos que se comprometen con la información que reciben”, agrega la dirigenta.

En la misma línea, el ex abogado de la Vicaría y Caso Frei, Álvaro Varela, comenta que labor del juez Muñoz fue extremadamente relevante pues Pisagua se trató de un hallazgo que no sólo tuvo impacto nacional, sino también impacto en el mundo. “Es cosa de recordar lo que fue ver esas imágenes, las fosas abiertas, la verdad es que había que tener coraje para seguir adelante. Incluso en esa época el sistema político se subyugó al poder militar, por lo tanto cuando los jueces querían hacer determinadas acciones no contaban con el apoyo del régimen político. Son acciones valientes que dependen mucho de la calidad moral de quien las desarrolla, eso es lo que refleja este juez”, comentó.

Sin esperar reconocimiento público, Nelson Múñoz pasó sus últimos días dedicado a escribir y a la lectura. Fueron días apacibles en compañía de su familia, lejos de las presiones, de la política y de ese lugar del norte que tanto lo marcó.

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