Ciencia + gastronomía: De cómo las algas chilenas se transformaron en un plato codiciado

Desde Punta Arenas, el científico Andrés Mansilla y el Chef Luis González han recuperado recetas con cochayuyos, huiros o luches. Destacan que las algas estimulan las glándulas endocrinas y la circulación, favorecer la eliminación de toxinas y fortalecer los huesos. Además son ricas.

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Ciencia + gastronomía: De cómo las algas chilenas se transformaron en un plato codiciado
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En la austral región de Magallanes, un botánico y un chef se unieron en un proyecto que a partir de la ciencia, intenta rescatar una historia y un patrimonio culinario, potenciar el turismo, beneficiar a los pescadores artesanales, ayudar a combatir la obesidad y generar una cocina sana y sabrosa. Todo a partir de las algas.

Desde Punta Arenas el científico de la Universidad de Magallanes, Andrés Mansilla, observó que los turistas asiáticos bajaban de los cruceros que recorren los canales australes “con ganas de comer algas como nosotros comemos pan”, consigna BBC Mundo.

“Pensamos en qué podíamos ofrecerles rescatando lo nuestro. No podíamos instalar restaurantes de sushi o McDonald’s, teníamos que hacer que las algas se comieran desde nuestra cultura”, agrega.

Y es que las algas han formado parte de la cultura alimentaria del cono sur desde tiempos previos a las llegada de los españoles y en Chile estuvieron presentes en la dieta hasta que, a mediados del siglo XIX, cuando las recetas y el tiempo para cocinar, llevaron a que comenzaran a ausentarse.

Con esta idea en mente, Mansilla, con estudios de doctorado en algas marinas, inició una investigación junto a profesores y alumnos con miras a definir las propiedades particulares de las algas de la zona.

Las algas se consumen en muchos lugares. Por ejemplo, el huiro, que en Norteamérica se cultiva y vende como “kelp”. El luche, popular como el nori en los rollos de sushi. El cochayuyo, con nombre en quechua (“planta de mar”) aún está presente en las dietas a lo largo del cono sur.

Sin embargo, en la Universidad de Magallanes, descubrieron que  gracias el frío de la región sub antártica, llegando al Cabo de Hornos, las algas se vuelven únicas, particulares: tienen más antioxidantes, son altas en fibra, proteínas, vitaminas y minerales como el zinc y el calcio.

Según los estudios de Andrés Mansilla, las algas pueden equilibrar al organismo, estimular las glándulas endocrinas y la circulación, favorecer la eliminación de toxinas y fortalecer los huesos. Son algas que además, surgen y crecen en uno de los ambientes más limpios del planeta.

“Y son sabrosísimas”, subraya el experto y profesor.

El restaurante y el notable efecto secundario

A continuación el cocinero de oficio, Luis González, fue el encargado de liderar a los chefs de la región que se dieron a la tarea de recuperar y renovar las recetas.

Instalado en Punta Arenas, dueño del restaurante “El Remezón”, González tiene la experiencia de varias pasantías en restaurantes europeos, una de ellas en el “cuarto caliente” del célebre y desaparecido “El Bulli” de Ferrán Adriá.

“En lugares como El Bulli y otros yo aprendí a buscar, y comprendí que los restaurantes más exitosos son los que le dan valor a lo propio. Lo que fue rico hace 50 años, seguirá siendo rico ahora. Y en los libros de cocina de hace 20 años, donde señoras burguesas achilenaban recetas europeas, o rescataban las tradicionales, siempre había su plato de algas”, explica.

Luego Mansilla detalla que “nosotros capacitamos a los chefs en los laboratorios de la Universidad. Elegimos las algas más ricas en proteínas y vitaminas. Les enseñamos a identificarlas. Se fascinaron con los colores. A veces íbamos a recolectar algas con ellos a la playa, para que las diferenciaran. Y empezaron a probar las recetas. Hubo algunas que no había cómo arreglarlas, pero otras eran muy buenas. Y las incluyeron en las cartas de los restaurantes, para ver cómo funcionaban”.

De allí salieron recetas como “Hamburguesas de luche”, “Tomates rellenos con “o”, “Risotto de cochayuyo”.

“Las recetas están funcionando no sólo en mi carta, sino en varias cartas. Los turistas asiáticos, de Japón, China, van directo a las algas. Y los vegetarianos, o los veganos, que quieren salir de la rutina”, dice el chef González.

Hoy el mismo grupo se plantea nuevos desafíos. Apuestan por orientar las recetas a los niños “para combatir el sobrepeso infantil, que es fuerte en Magallanes” dice el profesor Mansilla.

En el extremo del continente, a más de 2.000 kilómetros de la capital chilena, Santiago, las verduras “son malas y caras”, dice.

“Estamos armando galletones, snacks”. El objetivo es introducir recetas con algas en las comidas de hospital y aprovechar que es un alimento sano y más barato que una proteína animal. También hay un intento por recuperar una historia.

“Esto es parte de un programa de conservación bío cultural”, subraya Mansilla.

“En Chile las algas son consideradas como de segunda línea, en esta zona la centolla o el erizo son los top. A pesar de la enorme biodiversidad que tenemos en comparación al Atlántico, pensamos en las algas como estorbos en la playa, no las consideramos mucho. Pero es distinto en la cocina oriental. Y algunos piensan que la longevidad en Asia está asociada al consumo de algas”, agrega.

Por su parte el chef, apunta que “la cocina es una cadena que pasa de abuelas a madres y cuando se corta es difícil retomarla”.

“Con las algas se produjo ese lapso, pero hoy las nuevas generaciones buscan una comida más sana y más variada. Me pasa mucho que me he encontrado con gente que hoy prepara cochayuyo y recuerda cómo se los cocinaba la mamá”, sentencian. 

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