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Opinión

América Latina en tiempos de pandemia

América Latina en tiempos de pandemia América Latina en tiempos de pandemia

La coyuntura actual puede ser una oportunidad para hacerse cargo de las graves falencias que nos han aquejado desde mucho tiempo (por no decir desde siempre en algunos casos) y que la pandemia está dejando al desnudo.

3 de Mayo de 2020

Aunque la pandemia del COVID-19 no conoce fronteras ni distingue según género, nacionalidad o etnia al contagiar a las personas (aunque la edad sí hace una diferencia), es indudable que sus efectos difieren y diferirán según el país e incluso el continente. Esto ha develado inequívocamente, las fortalezas y debilidades de cada país, en los planos de la economía e institucionalidad, principalmente.

América Latina, dentro de su natural diversidad, comparte varias características que permiten un diagnóstico común, así como la proyección de escenarios en función de esas similitudes. Por eso es pertinente observar los efectos socio económicos y políticos que está teniendo el coronavirus en nuestra región, procurando extraer lecciones para lo que se nos viene en los próximos años.

Para empezar, la región comparte una alta tasa de informalidad en la economía (en muchos países esta supera los 2/3 del empleo). Esto se aprecia en el comercio ambulante presente en todos lados y la cantidad de personas que desarrollan trabajos por cuenta propia. Estas personas deben procurarse el sustento diariamente y, la gran mayoría, por las mismas condiciones de su informalidad, no están insertas en ningún esquema de seguridad social o beneficios del Estado. Por eso, para todos los que comparten esta situación, la imposibilidad de trabajar significa en muchos casos enfrentar el hambre. Los niveles de informalidad, que fueron disminuyendo en paralelo al boom de los commodities hace una década, se revirtieron e incluso aumentaron con la caída posterior de sus precios.

Nuestra región también se ha caracterizado por su poca diversificación productiva e integración económica, dependiendo de la exportación de materias primas a mercados desarrollados o de servicios como el turismo, e incluso de las remesas que mandan los millones de emigrantes latinoamericanos que trabajan en EEUU y otros países.

A la alta informalidad de la actividad económica, se suma la concentración de la riqueza en pocas manos y un elevado nivel de desigualdad, ostentando nuestra región uno de los mayores índices en la materia. Esto se refleja en múltiples aspectos, pero basta mencionar la diferencia en la cobertura de salud entre los servicios privados (pagados y con niveles de países desarrollados) y los públicos (donde la escasez e insuficiencia son la norma).

Si durante la última década del siglo XX y la primera década del actual, se produjo una significativa reducción de la pobreza y un incremento de la clase media como nunca antes, desde la crisis subprime, un segmento relevante de esa clase media ampliada ha vivido la angustia de recaer en la pobreza o derechamente la amargura de experimentarlo.

A las condiciones económicas mencionadas, se suman las características políticas de nuestros países, que comparten el sistema presidencial de gobierno, con el muy local sello del caudillismo siempre rondando o derechamente tomando las riendas del mando. Esto se traduce generalmente en ejecutivos fuertes que no tienen contrapeso, siendo por tanto cada elección un hito de la máxima trascendencia, donde el ganador se lo lleva casi todo. En aquellos países en que ello no ocurre, suele haber muchas veces un entrampamiento fatal, con un presidente que no tiene mayoría en el congreso.

A estas características, que se han agudizado alterando la calidad de la gobernanza, se suma una creciente desafección de la población con su institucionalidad política, al percibir que no se hace cargo de sus problemas reales y que está capturada por una clase política desconectada del resto de la sociedad.

Por último, en materia de integración y a pesar de ser nuestra región la que cuenta con el historial más nutrido en materia del desarrollo de esquemas de este tipo, en términos reales es el continente menos integrado, solo superado por Africa.

En función de los rasgos mencionados, ¿qué ha estado aconteciendo con la pandemia en América Latina? ¿Y de qué debemos preocuparnos y ocuparnos?

En primer lugar, hemos visto la total carencia de coordinación entre los estados al aplicar medidas para enfrentar el coronavirus, desde lo sanitario hasta lo económico. Ello quedó palmariamente en evidencia con el cierre de las fronteras, lo que, en algunos casos, fue notificado con solo horas de anticipación. Si en el mundo las instituciones multilaterales apenas han hecho sentir su voz como regla general, en nuestra región su inoperancia ha sido estruendosa.

Esto impone la urgencia de reestablecer mecanismos de coordinación bilateral y regional que sean efectivos. La crisis ha dejado en evidencia que más allá de las declaraciones y ceremonias a las cuales somos tan propensos, vivimos en un archipiélago donde cada cual está entregado básicamente a su suerte. Esto supone el fracaso de nuestras políticas exteriores y compromete el rol de la región en la configuración de un nuevo sistema internacional.

Por lo pronto, es interesante ver como China ha salido a cortejar a nuestros países con una activa diplomacia pública y de cooperación, donando equipos e insumos de salud. Sin duda que su influencia en la región se reforzará, anticipándose a la recuperación económica entre las potencias y volviendo a consumir materias primas latinoamericanas.

En materia económica, por las características mencionadas de nuestras estructuras productivas y de cobertura social, vamos a enfrentar una aguda contracción y su consecuente desempleo masivo, además del empeoramiento de las condiciones del sector informal. Esto impone a los estados paliar la situación con subsidios y ayuda directa, particularmente al segmento informal, tradicionalmente excluido de toda cobertura social. De la eficiencia de como se haga esto no solo dependerá la subsistencia de millones de personas, sino también la preservación de la paz social y, eventualmente, la recuperación de la confianza en las instituciones. Pero, más allá de la coyuntura, los gobiernos en conjunto con el sector privado, deberán empujar una transformación productiva, promoviendo la diversificación de bienes y servicios, así como de mercados, con un mayor intercambio regional. Puede ser también la oportunidad, al tener que ser rescatadas muchas empresas por los estados, de introducir más competencia y transparencia en sus mercados.

En el ámbito político, la pandemia está presionando por igual a todos los regímenes y su continuidad dependerá de como sorteen estos tiempos difíciles. Si no lo pudo hacer una oposición doméstica ni la presión internacional, las dictaduras de Cuba, Nicaragua y Venezuela podrían desaparecer por las consecuencias de un virus. En el caso de Cuba, el tema de la cobertura de salud ha sido siempre destacado como uno de los grandes logros del régimen, por lo que una alta mortalidad sería un gran golpe a esa imagen y su legitimidad.

Respecto de los gobiernos populistas, particularmente Brasil y México, cuyos mandatarios reaccionaron mal y tarde a la pandemia (en ambos casos minimizando las consecuencias) y cuya conducción sigue errática, podría ser un hito para que la población lo piense mejor al momento de elegir a su próximo gobernante, apreciando más el valor del Estado de Derecho, de la moderación política y de la importancia de mantener instituciones fuertes.

En los países de sello más institucional democrático, el desafío está en preservar esa condición haciendo las transformaciones necesarias para responder mejor al interés de sus sociedades y procurar solucionar problemas que la crisis puede profundizar a niveles intolerables. Ello pasa en gran medida por disminuir las desigualdades y aumentar las posibilidades de ascenso social, asegurando al mismo tiempo la competencia política. En ese tortuoso camino, deberán evitarse las tentaciones y presiones de acudir a la suspensión de derechos y concentrar poder (fundándose en la lógica de asegurar un bien social mayor como ha sido el argumento de los estados de excepción constitucional para combatir el contagio).

La coyuntura actual puede ser una oportunidad para hacerse cargo de las graves falencias que nos han aquejado desde mucho tiempo (por no decir desde siempre en algunos casos) y que la pandemia está dejando al desnudo. De cómo nos hagamos cargo de ellas, dependerá de si repetimos la experiencia de la década del ochenta del siglo pasado, denominada “la década perdida”, o, al contrario, si emergemos como mejores sociedades, con mayor justicia social y democracia.

La tierra del realismo mágico, se merece un mejor mañana.

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