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Opinión

A propósito del fin de HidroAysén: Pelos a la cautivante sopa de la electromovilidad

A propósito del fin de HidroAysén: Pelos a la cautivante sopa de la electromovilidad A propósito del fin de HidroAysén: Pelos a la cautivante sopa de la electromovilidad

  Nuestro modelo de vida (en general) es una gran estafa piramidal ecosistémica de corte intergeneracional: la economía –el puntal de casi todas las decisiones- solo se sustenta en la medida que vamos agotando el futuro vital global. 

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Periodista Coalición Ciudadana Aysén Reserva de Vida (ARV) y Patagonia sin Represas

Hace poco más de un mes los ministros de Energía, Medio Ambiente y Transportes insistieron mediante una columna conjunta en las ventajas de la electromovilidad.   Y a mediados de noviembre, se lanzó una agrupación que busca fomentar la movilidad eléctrica en Chile.  En ella participan, entre otros, a ENEL, Automóvil Club de Chile, ENGIE, el Centro de Innovación UC, el Centro Energía UC, Europcar, Chilquinta, Nissan, Siemens, BYD, BMW, Albemarle, Pro Cobre Chile, Sixt Rent a Car y la Asociación Gremial de Generadoras de Chile.

Llámase electromovilidad a la incorporación de la electricidad al sistema de transportes, reemplazando los combustibles fósiles de todo tipo (gasolina, petróleo, gas).

El objetivo, ir limpiando la matriz con la idea de que la energía utilizada provenga de una matriz de fuentes renovables.  Y claro, aunque así suena bastante bien está claro que resistirse a hablar de renovables con apellido (no convencionales) se enfoca fuertemente en tener como respaldo fundamental sistemas hidroeléctricos mayores, represas incluidas.

Este sueño, el de la electromovilidad, está íntimamente ligado al discurso público de la industria: la utopía “full electric”.  Donde no solo el transporte sino una parte importante de los procesos de la sociedad utilicen electricidad.  Menudo negocio para los dueños del interruptor.

A riesgo de sonar majadero, el relato que se intenta instalar sigue representando un problema al no enfrentar los problemas de fondo que nos han llevado a que como colectivo humano seamos responsables del calentamiento global, la acidificación de los océanos.  Y que al 2020, dos tercios de las especies se haya extinguido.  Es la llamada sexta extinción, de la cual tenemos una cuota relevante de culpa. Sí, culpa.  O, mejor dicho, nuestros modelos de sociedad, incluidos los de desarrollo.

Por ello, el título de la columna de los ministros de Michelle Bachelet es clarificador: “Movilidad eléctrica para un crecimiento sustentable”.  Planteamiento que la Presidenta ha utilizado en múltiples ocasiones, como cuando firmó a principios de octubre el decreto de creación del Parque Nacional Cerro Castillo: “Tengo la certeza de que es inevitable transitar a un desarrollo basado enel equilibrio entre actividad económica y sustentabilidad ambiental. Porque si no logramos ese equilibrio, no va a haber progreso. Para lograrlo hay que insistir en una alianza público-privada, para crear oportunidades de crecimiento verde, o cuando estamos hablando de los océanos se habla de crecimiento azul, de generación de empleo”.

Crecer, crecer, ese es nuestro deber.  En términos estrictos, el único motivo físicamente justificable para seguir impulsándolo es el constante aumento de la población humana.  Porque la precariedad material de algunos se debe, en la mayoría de los casos, a una desigual distribución de los recursos (riqueza le llaman).  Y, más aún, porque se aspira en todos los niveles a un estilo de vida que no es universalizable y que si avanzamos a aquel, alguien deberá pagar la cuenta. Ejemplo de ello son las zonas de sacrificio que en Chile dramáticamente conocemos.

Un debate sobre el crecimiento (en muchas matrices mentales, ad infinitum) debiera incorporar el análisis de una redistribución de las cargas y beneficios materiales, y la adaptación a los ciclos de la naturaleza.  Así, quizás no debamos requerir seguir exprimiendo los ecosistemas y el planeta como si de una vaca lechera se tratara. Una madre con un número limitado de ubres, por tanto no es viable ir sumando día a día un ternero más para ser alimentado por aquella supuesta despensa infinita.  En este ejemplo, tales voraces lactantes son en la práctica todas las infraestructuras que creamos para artificializar lo natural, prisma bajo el cual necesariamente todos los ecosistemas algún día serán cancha.  Es así como cierta elite (y ciudadanos en particular) piensan el planeta.  Sumado a la noción que es, luego del proceso productivo, un gran vertedero.   Capacidad de carga y resiliencia, casi nunca están en su léxico.

Y claro, esto que suena catastrófico (e irresponsable) está más que demostrado.  Nuestro modelo de vida (en general) es una gran estafa piramidal ecosistémica de corte intergeneracional: la economía –el puntal de casi todas las decisiones- solo se sustenta en la medida que vamos agotando el futuro vital global.  Ejemplo claro son los ejercicios sobre la huella de carbono y los planetas que necesitamos para vivir.

Por ello esto de la electromovilidad y lo full electric genera ciertos resquemores. En parte alguna se aprecia entre sus impulsores un debate sobre el modelo de desarrollo global, de tipo consumista y economicista, poco colectivo y que monetariza la naturaleza. ¿Dónde el ahorro y la eficiencia como puntal? ¿Dónde pensar en un sistema de desarrollo menos intensivo en demanda y uso de energía?  ¿Esfuerzos potentes por autogeneración con ERNC, incluso?  ¿La diversidad de fuentes, comprendiendo los ciclos de la naturaleza cuyo comportamientos han sido las verdaderas fuentes de vida?  En esto, lamentablemente y a la luz del proceso electoral en curso, no vemos diferencias profundas entre las principales coaliciones en disputa.

Un interesante artículo que aborda incluso la fabricación de baterías para este tipo de transportes, ilustra en cómo esta supuesta panacea no necesariamente equilibra la balanza.

Y todo esto obviando incluso que hoy por hoy nuestra matriz  sigue siendo sucia, con 29 termoeléctricas a carbón que continúan no solo contaminado el aire y matando lentamente a miles de compatriotas, sino también aportando al cambio climático al ser responsables del 91 % de las emisiones del parque eléctrico nacional.

Así, lo que emerge es un gran nuevo negocio para quienes están mejor preparados para el mundo productivo (el tipo de mundo productivo que tenemos hoy) y que normalmente son los mismos que han abogado para que estemos donde estamos.  No, en realidad no son ellos. Es una forma de pensar.  Una forma que es preciso matizar.

De no tener un ojo alerta y crítico en este debate, tendremos electromovilidad y todos felices, pero no habremos cambiado un ápice de las razones estructurales que nos han traído hasta acá.  Y ejemplos de aquello ya tenemos demasiados.

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