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Opinión

Al borde del pantano

Al borde del pantano Al borde del pantano

"El Estado debe elevar significativamente su eficacia, pero también es inevitable que obtenga más recursos. Ambos son desafíos muy complejos, sin soluciones simples".

Por


Director Escuela de Negocios Universidad Mayor

6 de Noviembre de 2019

Hace 6 años publicamos un libro “Progreso Económico con Insatisfacción Social”, en el que se reconoce los inmensos avances en el bienestar material de todos los chilenos, pero que las desigualdades, el crecimiento en expectativas y necesidades está superando las posibilidades del país.

Se requiere mejoras sustantivas en atención de salud, disminuir la contaminación, equipamiento de barrios, disponibilidad y acceso a medicamentos, más seguridad, más subsidios y un estándar más humano en locomoción colectiva, mejores pensiones, obras de regadío, etc. etc. El Estado debe elevar significativamente su eficacia, pero también es inevitable que obtenga más recursos. Ambos son desafíos muy complejos, sin soluciones simples.

El sistema político se ha quedado corto, o no está dando el ancho, en esos grandes problemas. La tendencia es a dar respuestas simplistas, casi enteramente basadas en lo ideológicamente deseado, sin soporte en las evidencias. El caso de subir o bajar los impuestos corporativos es un clásico; unos afirman que la inversión subirá automática y velozmente al bajar los impuestos; otros que subirlos no tiene efectos en el dinamismo económico.

Ni en las políticas públicas ni en el comportamiento social se enfatiza lo suficiente, ni se toma muy en serio, la sensación de abusos que cada vez está más extendida. La típica respuesta que “se debe a mala comunicación” es absurda y anula cualquier cambio de rumbo. No tenemos un sector empresarial con gran espíritu competitivo ni sancionador a propietarios o ejecutivos abusadores.

Las impresionantes manifestaciones de gran descontento han hecho que casi todos estén convencidos que es necesario modificar políticas y conductas. Pero continúan las marchas, los disturbios y el vandalismo. Ya no es posible convocar a manifestaciones masivas sin responsabilizarse por los graves problemas que generan los vándalos. Es cierto que existe gran insatisfacción, por los abusos, los bajos ingresos, la desigualdad, pero las personas comunes y corrientes, los más viejos, los estudiantes, los empleados, los pequeños empresarios, en su gran mayoría se están manifestando cansadas de estos nuevos abusos a la dignidad y a las posibilidades económicas. Conmueven los reclamos por la falta de locomoción colectiva, de atención a los enfermos, pérdida de ventas, en definitiva, por estar pasándolo muy mal en las ciudades más grandes. Parecen gritar ¡Déjenos tranquilos!

La insistencia por desplazar el debate político del Parlamento a los movimientos sociales (expresados en gremios o grupos de interés), respalda más movilizaciones y significa que no se consideran las restricciones. Ello termina beneficiando a los grupos más organizados y con mayor capacidad de movilización. Algunos han sostenido que los graves incidentes son un estallido que representa que lo económico (los precios) ha dejado de ser el eje ordenador del sistema. No obstante, si esa pérdida de relevancia significa que no se consideran las restricciones, de recursos financieros y de capacidad de las personas, estaremos en una lenta caída por un tobogán inflado de populismo y corporativismo. Al borde de un pantano, no demos un paso adelante.

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