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Opinión

Alberto Plaza, el observador iletrado

Alberto Plaza, el observador iletrado Alberto Plaza, el observador iletrado

"¿Qué hacer al respecto? Lo principal sería pedirle algo de rigurosidad a quien dice ver efectos de cosas que no ha leído. Es lo mínimo que se le puede exigir a quien quiere refutar una idea o desarmarla consistentemente".

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Columnista.

28 de Enero de 2019

Alberto Plaza se ha convertido en un deslenguado analista de la realidad nacional. Como si nada, a falta de conciertos o discos que se vendan, encontró una nueva faceta para llamar la atención. Ya no es ese bobo cantante de malas canciones con visiones idealizadas sobre lo que debía ser una relación entre un hombre y una mujer, sino que un directo polemista, como les gusta a quienes gozan con afirmaciones falaces por estos días.

Incluso sacó un libro en el que habla de sus ideas. No es un libro muy profundo, es más bien un texto para ser ojeado un par de veces y reírse socarronamente. Pero Plaza no busca que lean su libro, ni que quienes lo siguen hagan un análisis muy profundo sobre algo en particular de nada. El solo opina. Sin ir más lejos, en una entrevista reciente, el trovador de barrio alto dijo que no había leído a Karl Marx ni a Simone de Beauvoir, pero que, como observador (porque eso es lo que cree ser por estos días), ya había detectado lo “efectos” de las ideas de estos dos personajes.

¿Cómo lo habrá hecho? ¿Cómo se habrá enterado de esos “efectos” cuando no ha leído a Marx? Resulta curioso, más aún si es que nos detenemos y nos damos cuenta de que las ideas de este filósofo no están por ningún lado en la realidad actual de lo que podemos llamar izquierda. Si bien algunos creen verlas en todos los lugares imaginables, lo cierto es que el marxismo no ha sido tomado en cuenta ni siquiera por los nuevos movimientos sociales, que son más bien un cúmulo de individualidades en el que no se perciben los antagonismos sociales reales más allá del “no me toques”, “no me hables” y, principalmente, “no me ofendas”. Y esa posición está lejos de hacer visibles las verdaderas contiendas que deben llevarse a cabo.

Pero Alberto realmente no pretende perderse en esas lateras definiciones. Sería caer en debates inentendibles para él y su “rebeldía” reaccionaria. Porque eso es lo que es este otrora creador de soundtracks de malas teleseries y derrotas mundialeras vestidas de triunfos: un reaccionario que, ante la uniformidad discursiva de un progresismo, cree que repetir cosas “mal vistas” por estos días, es ser algo así como ser un provocador o un pensador poco convencional. Pero lo cierto es que no es más que un observador iletrado, marcado profundamente por un conservadurismo poco inteligente y mal desarrollado, cuestión que algunos no notan, ya que les parece algo fresco y renovador escuchar ideas viejas como si fueran nuevas. Y ahí los nuevos “progres” también tienen bastante responsabilidad.

¿Qué hacer al respecto? Lo principal sería pedirle algo de rigurosidad a quien dice ver efectos de cosas que no ha leído. Es lo mínimo que se le puede exigir a quien quiere refutar una idea o desarmarla consistentemente. De lo contrario, solo seguiremos escuchando declaraciones sin ningún sustento real que las pueda establecer como algo siquiera atendible, pero que, sin embargo, tienen mucha resonancia en quienes andan en la búsqueda de “nuevas sensaciones”. Porque eso es Plaza: solo una nueva sensación momentánea que ha logrado satisfacer a quienes no están preocupados de salirse de sus mediocres certezas sobre el bien y el mal, ya que su simpleza argumentativa se los impide.

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